A los sesenta y dos me compré una bicicleta usada.

A los sesenta y dos me compré una bicicleta usada. Mi hija pensó que estaba loca, hasta que quiso venir conmigo

Si hace un año alguien me hubiera dicho que iba a levantarme un sábado a las seis para ir en bicicleta hasta el pantano con tres mujeres de mi edad, me habría reído y habría vuelto a mis crucigramas.

Hace un año mi vida tenía una ruta fija.

Casa. Supermercado. Cementerio. Casa.

Mi marido, Ramón, murió tres años antes. Cáncer de páncreas. Cuatro meses desde el diagnóstico hasta el final. Treinta y ocho años juntos, y de pronto una casa en Zaragoza donde todo sonaba demasiado fuerte: la nevera, el reloj, mis propios pasos.

El primer año mi hija Laura venía casi cada día. Cocinaba, me llevaba a comprar, revisaba si tomaba la medicación.

— Mamá, tienes que salir.

— Mamá, no puedes vivir así.

En el segundo año venía menos. En el tercero llamaba. No se lo reprocho. Tiene dos hijos, trabajo en el ayuntamiento, un marido, una vida llena de horarios. Lo entendía.

Pero entender no llena una tarde.

Yo había cosido toda mi vida. Arreglos, vestidos de comunión, cortinas, trajes para vecinas. Ramón llamaba a mi cuarto “el palacio de los alfileres”. Cuando murió, tapé la máquina con una sábana y dejé de aceptar encargos. Era como si las manos supieran seguir, pero yo no.

La bicicleta la vi en un anuncio pegado en la panadería.

“Vendo bici de mujer. Poco uso. 90 euros.”

Era azul, según decía. Con cesta.

Apunté el número sin pensar. Luego me pasé tres días mirando el papel. Me daba vergüenza hasta llamarlo. ¿Qué hacía una viuda de sesenta y dos años comprando una bicicleta?

Al cuarto día llamé.

El dueño vivía en Delicias. La bici era azul claro, con un sillín ancho y una cesta que me pareció de película antigua. Su mujer la había comprado para hacer ejercicio y la usó una tarde.

Me la llevé.

Laura la vio en mi recibidor.

— Mamá, dime que no es tuya.

— Es mía.

— Pero… tienes sesenta y dos años.

— Sí. Y memoria suficiente para recordarlo.

— Te puedes caer.

— También puedo quedarme quieta hasta oxidarme.

No le hizo gracia.

Empecé despacio. Primero alrededor de la manzana. Luego hasta el parque. Luego hasta la ribera del Ebro. Me daban miedo los coches, los perros, los niños que iban más rápido que yo. Al volver, me dolían las piernas, pero era un dolor nuevo. Un dolor que decía: todavía estás aquí.

Una mañana conocí a Amparo.

Tenía setenta años, casco rojo y una energía que habría asustado a cualquier médico.

— Tú eres nueva — dijo.

— Se nota mucho, ¿no?

— Se nota que pides perdón al pedalear.

Amparo me presentó a Sole y a Vicenta. Salían cada sábado. Llevaban termos, bocadillos, crema solar y una capacidad infinita para reírse de sí mismas.

— Vente al pantano de La Sotonera — propuso Sole.

— No puedo hacer tantos kilómetros.

— Nadie puede hasta que los hace.

Fui.

A los diez kilómetros pensé que había cometido una locura. A los quince odié a Amparo. A los veinte empecé a notar el aire como una medicina. Cuando vimos el agua, me eché a llorar.

— ¿Te duele algo? — preguntó Vicenta.

— Sí — dije. — Pero no las piernas.

No preguntaron más.

Desde entonces fuimos grupo. Nos llamamos “Las ruedas sueltas”. A Laura le pareció ridículo. A nosotras, perfecto.

Cada sábado salíamos. A veces lejos, a veces cerca. Hablábamos de maridos muertos, divorcios, nietos, médicos, pensiones y del derecho a hacer tonterías después de los sesenta. Yo volví a coser. Primero una funda para la cesta de la bici. Luego una vecina me pidió un arreglo. Después otra. La máquina volvió a sonar.

Laura empezó a cambiar sus preguntas.

Antes decía:

— Mamá, ¿otra vez con la bici?

Luego:

— ¿A dónde vais este sábado?

Y después:

— ¿Esa Amparo es la del casco rojo?

El sábado pasado hicimos cuarenta kilómetros. Llegamos al pantano con las mejillas encendidas y el pelo aplastado por el casco. Nos sentamos en la orilla, descalzas, comiendo tortilla fría y riéndonos como adolescentes.

Amparo subió una foto. Yo la compartí.

Escribí: “A los sesenta también se puede estrenar viento.”

Laura llamó esa noche.

— Mamá, vi la foto.

— Ya sé que salgo con cara de tomate.

— Sales preciosa.

Me quedé callada.

— ¿Puedo ir con vosotras el domingo?

— ¿Tú?

— Sí. Pero despacio. No estoy en forma.

El domingo apareció con una bicicleta prestada y un casco de su hijo. A los cinco kilómetros ya respiraba fuerte.

— Mamá, ¿cuándo te convertiste en deportista?

— Cuando dejasteis de vigilarme.

Se rió, pero luego, en una parada bajo unos árboles, se puso seria.

— Perdona por tratarte como si fueras frágil.

— Me querías proteger.

— Sí. Pero también me daba miedo que empezaras una vida donde yo ya no fuera necesaria.

La abracé.

— Siempre serás necesaria. Pero no como enfermera de mi tristeza.

Lloró. Yo también.

Aquel día hicimos pocos kilómetros. Pero para mí fue el viaje más largo.

Porque mi hija volvió a verme. No como una viuda que había que cuidar. No como una madre que envejece. Sino como una mujer que, aunque perdió al amor de su vida, todavía puede elegir una carretera.

Ahora mi bicicleta azul duerme en el recibidor. Cada sábado le limpio el polvo, lleno la botella de agua y salgo. Ramón me falta. Me faltará siempre.

Pero ya no camino solo hacia el cementerio.

También pedaleo hacia el sol.

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