A mis sesenta y dos compré una bicicleta usada.

A mis sesenta y dos compré una bicicleta usada. Mi hija creyó que era una locura, hasta que quiso acompañarme

Hace un año mi vida cabía en tres lugares: mi departamento, la tiendita y el panteón.

Mi esposo, Ernesto, había muerto tres años antes. Cáncer. Cuatro meses desde que el doctor dijo la palabra hasta que yo me quedé con su ropa doblada, su silla vacía y una casa en Guadalajara que de pronto se volvió enorme.

Mi hija Mariana venía seguido al principio. Me llevaba comida, me sacaba al mercado, me decía:

— Mamá, no puedes estar encerrada.

Después empezó a venir menos. No por mala hija. Tiene trabajo, dos niños, marido, tráfico, vida. Yo lo entendía. Pero eso no hacía que las tardes dolieran menos.

A las cinco, cuando el sol pegaba en la ventana de la sala, yo me sentaba con mis sopas de letras y sentía que el día ya no tenía nada más para mí.

Yo había cosido toda la vida. Vestidos, bastillas, cortinas, uniformes. Ernesto decía que mi máquina era “la otra mujer de la casa”. Después de su muerte dejé de coser. La tapé con un mantel y la dejé ahí, como si también guardara luto.

La bicicleta la vi anunciada en una cartulina afuera de una papelería.

“Vendo bicicleta de dama. Poco uso. $1,500.”

Tenía foto. Era verde agua, con canastilla.

Me reí sola.

— ¿A dónde vas a ir tú en bici, Lupita?

Pero anoté el teléfono.

Tardé días en llamar. El señor que contestó vivía en Tlaquepaque. La bicicleta era de su esposa, que la usó dos veces y prefirió zumba.

Fui a verla.

Cuando me subí, las piernas me temblaron. Pero también sentí algo que no sentía desde hacía años: travesura.

La compré.

Mariana casi se persignó cuando la vio.

— Mamá, ¿qué hiciste?

— Compré una bici.

— Tienes sesenta y dos años.

— No sesenta y dos siglos.

— Te vas a caer.

— Pues me levanto. Para eso todavía me sirven las rodillas, aunque se quejen.

Empecé dando vueltas a la cuadra. Luego al parque. Luego hasta la avenida donde hay ciclovía los domingos. Me daba miedo todo. Los carros, los baches, los perros, los niños que parecían cohetes. Pero cada vuelta me devolvía un poquito de mí.

Una mañana conocí a Doña Chayo.

Tenía setenta, casco morado y una risa que se oía antes que su timbre.

— ¿Vienes sola?

— Sí.

— Pues ya no.

Así conocí a Lety y a Aurora. Tres mujeres con más historias que kilómetros, aunque kilómetros también tenían. Salían los sábados temprano. Llevaban agua, fruta, tortas, bloqueador y una filosofía sencilla:

— No venimos a competir. Venimos a regresar contentas.

Me invitaron a Chapala.

— Yo no aguanto — dije.

— Entonces paramos. ¿Quién nos corretea?

Fui.

A los diez kilómetros quería vender la bicicleta. A los quince quería vender mis piernas. A los veinte empezó a oler a lago. Cuando vi el agua de Chapala brillando al sol, lloré.

Doña Chayo se acercó.

— ¿Te mareaste?

— No. Es que pensé que ya no me quedaban paisajes nuevos.

Ella me abrazó sin decir nada.

Desde entonces fuimos “Las Reinas del Pedal”. Mariana dijo que era el nombre más ridículo que había escuchado. Nosotras mandamos hacer calcomanías.

Cada sábado rodábamos. A veces lejos, a veces poquito. Hablábamos de maridos, viudez, nietos, achaques, labiales, recetas, sueños atrasados. Me reí como no me había reído desde que Ernesto murió.

También volví a coser. Primero hice una funda para mi canastilla. Luego una vecina me pidió arreglar un vestido. Después otra. Un día quité el mantel de la máquina y le dije:

— Ya descansamos mucho, compañera.

Mariana seguía preocupada.

— Mamá, ¿otra vez vas a salir?

— Sí.

— ¿Y si te pasa algo?

— Me está pasando algo, hija. Estoy viviendo.

Eso la dejó callada.

El sábado pasado rodamos cuarenta kilómetros. No todos de corrido, claro. Paramos por café, por fruta, por fotos y porque Aurora jura que una señora decente no debe ignorar un puesto de gorditas.

Llegamos al lago, nos sentamos en la orilla y Chayo tomó una foto. Cuatro mujeres con cascos, lentes, arrugas, sudor y una felicidad que no se podía disimular.

La subí con el texto:

“Después de los sesenta también se vale estrenar camino.”

Mariana me llamó en la noche.

— Mamá, vi tu foto.

— No empieces con que me veo chistosa.

— Te ves feliz.

Me quedé sin respuesta.

— ¿Crees que el domingo pueda ir con ustedes?

— ¿Tú? ¿Con las Reinas?

— Sí. Pero no se rían si me canso.

— Hija, nosotras nos cansamos desde antes de salir. Igual vamos.

El domingo llegó con una bici prestada y el casco de mi nieto. Después de unos kilómetros dijo:

— Mamá, tú sí tienes condición.

— Tengo terquedad. Se parece.

En una parada, mientras comíamos naranjas, Mariana me tomó la mano.

— Perdón por tratarte como si fueras de vidrio.

— Tenías miedo.

— Sí. Pero también creo que me acostumbré a verte triste. Y cuando dejaste de estarlo, no supe qué hacer.

Sentí que se me apretó el pecho.

— Yo tampoco sabía, hija. Por eso compré una bici.

Ese día no llegamos lejos. Pero llegamos a algo mejor.

A un lugar donde mi hija pudo verme no solo como su mamá viuda, sino como una mujer con piernas, risa, amigas y ganas de seguir.

Ernesto me hace falta. Siempre.

Pero ahora, cuando paso frente al panteón, no siento que mi vida termine ahí. A veces me detengo, le dejo flores y luego sigo pedaleando.

Porque amar a alguien que se fue no significa quedarse enterrada con él.

A veces significa llevarlo en el corazón mientras una aprende, por fin, a sentir el viento en la cara.

 

Like this post? Please share to your friends:
Odissea
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: