El gato del anciano no entendió que su dueño ya no volvería. O quizá lo entendió demasiado bien

El gato del anciano no entendió que su dueño ya no volvería. O quizá lo entendió demasiado bien

Durante años repartí el correo en el mismo barrio de Sevilla.

La casa de don Rafael era una parada pequeña, pero importante. Él vivía solo, en una vivienda baja con persianas verdes y un gato naranja que siempre estaba en la ventana. El gato se llamaba Simón y tenía una oreja rota, cara de mal humor y la costumbre de mirarme como si yo trabajara para él.

Don Rafael me abría despacio.

— Buenos días, Carmen.

— Buenos días. Carta del banco y revista.

— Simón dice que llega tarde.

— Simón siempre dice eso.

Nos reíamos. Poco, pero nos reíamos.

Don Rafael no hablaba mucho. Su mujer había muerto hacía años. Una hija vivía en otra ciudad. Yo no sabía más. Pero a veces me quedaba un minuto, porque en ciertos hogares una conversación breve suena como una ventana abierta.

Un lunes, el buzón estaba lleno.

El miércoles, seguía igual. Las cortinas cerradas. Simón no estaba.

El jueves supe que don Rafael había muerto en su sillón.

Pregunté por el gato.

— Se lo llevó la protectora — dijo una vecina.

Aquella noche no pude cenar. Me imaginaba al animal esperando junto a una puerta que nadie abriría.

El domingo fui a verlo.

Simón estaba en una jaula, encogido sobre una manta. No quedaba casi nada de aquel rey de la ventana. Cuando me acerqué, levantó la cabeza. Me miró. Luego caminó hasta los barrotes y apoyó la cara contra ellos.

Sin maullar.

Sin pedir.

Solo reconociéndome.

Lloré.

La chica de la protectora dijo:

— Los mayores lo pasan fatal.

Yo pensé: no solo los gatos.

Firmé los papeles.

En mi casa se escondió bajo el sofá durante horas. Luego salió, subió al sillón junto a la ventana y miró la calle. Me dolió pensar que buscaba a don Rafael. Pero al rato bajó, vino a la cocina y se frotó contra mi pierna.

Desde entonces me espera cada tarde.

No sustituí a don Rafael.

Nadie sustituye a quien fue hogar.

Pero Simón y yo aprendimos algo juntos: que el amor puede tener más de una ventana. Que perder no significa quedarse para siempre en una jaula. Y que a veces una vida se salva cuando alguien reconoce tu mirada y decide no pasar de largo.

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Odissea
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