Graciela decidió ir a la quinta a limpiar mientras su marido estaba “de viaje por trabajo”.

Graciela decidió ir a la quinta a limpiar mientras su marido estaba “de viaje por trabajo”. Pero cuando llegó, la sorpresa no estaba en el polvo ni en las telarañas.

Hacía rato que quería ir. La casita de fin de semana, cerca de Chascomús, había quedado cerrada todo el invierno. Seguro había hojas secas en la galería, humedad en los cuartos, tierra sobre los muebles y olor a encierro en la cocina. Los chicos estaban con la abuela, ella había conseguido dos días libres, y su marido, Sergio, supuestamente llevaba tres días en Córdoba por una reunión.

Graciela pensó que era perfecto.

Metió en un bolso productos de limpieza, trapos, guantes, un buzo, mate, yerba y una novela que venía postergando desde hacía meses. Se imaginó la tarde: ventanas abiertas, pava en el fuego, silencio de campo y un rato para ella.

El viaje le llevó un poco más de dos horas. Cuando el auto agarró el camino de tierra, el sol ya estaba bajo. Las quintas vecinas estaban casi todas cerradas. Había olor a pasto seco, eucalipto y humo a lo lejos.

Graciela sonrió.

Necesitaba esa calma.

Pero al frenar frente al portón, sintió que algo se le cerraba en el pecho.

El portón estaba apenas abierto.

Y al costado, bajo el árbol, estaba la camioneta de Sergio.

No podía ser.

Sergio tenía que estar en Córdoba. En un hotel. En una reunión. En cualquiera de esos lugares que había usado de explicación.

Graciela bajó despacio. En la entrada vio una cartera de mujer sobre una silla de plástico. Negra, chiquita, fina. En el piso, unas sandalias claras que no eran suyas.

Desde adentro llegaba olor a café, vino y perfume dulce.

Después escuchó una risa.

— Ay, Sergio, sos un caradura — dijo una voz de mujer.

Graciela se quedó dura en el pasillo. Sintió las piernas pesadas, la boca seca. Por un momento quiso retroceder. Volver al auto. Hacer de cuenta que no había visto nada.

Pero no.

Dio un paso y miró hacia el living.

Sergio estaba en el sillón con la camisa a cuadros que ella le había regalado para su cumpleaños. A su lado había una mujer de unos treinta y pico, pelo largo, maquillaje perfecto, sweater claro. En la mesita baja, una botella de vino abierta, dos copas y un plato con frutas.

No se estaban besando.

No estaban abrazados.

Pero Sergio le agarraba la mano.

Y con eso alcanzó.

Graciela tosió.

Sergio se dio vuelta de golpe. Se quedó blanco.

— Gra… ¿Qué hacés acá?

Ella lo miró. Miró a la mujer. Miró las copas.

— Vine a limpiar — dijo. — Aunque parece que la mugre era otra.

La mujer soltó la mano de Sergio.

— Yo me voy.

— No — dijo Graciela. — Ya que estás en mi casa, por lo menos decime cómo te llamás.

Sergio se levantó.

— No hagas un escándalo.

Graciela lo miró fijo.

— Vos mentiste, trajiste a una mujer a la quinta, abriste vino y le agarraste la mano. Pero el escándalo lo hago yo por aparecer.

La mujer bajó la cabeza.

— Él me dijo que estaban separados.

Graciela largó una risa sin alegría.

— Mirá vos. Anoche me pidió que le mandara foto del boletín de Tomi y me dijo “te amo” antes de dormir. Bastante cariñoso para estar separado.

— Paula, no le sigas — dijo Sergio.

Paula.

La mentira ahora tenía nombre.

Graciela fue hasta la mesa, agarró las dos copas y tiró el vino en la pileta. Después abrió la ventana.

— Esta quinta está a mi nombre — dijo. — Era de mi viejo. Vos siempre la llamaste “nuestra” porque te convenía, pero hoy me viene bien recordarte que no sos dueño de todo.

Sergio tragó saliva.

— Hablemos.

— No. Andate.

— No es lo que pensás.

— Es lo que vi. Y ya no necesito que me expliques lo evidente.

Paula agarró la cartera. En la puerta se frenó.

— Perdón. Yo creí que…

— Creíste lo que te convenía creer — respondió Graciela. — Ojalá la próxima vez mires mejor dónde te sentás.

La mujer salió.

Sergio quedó solo en el living.

— ¿Era necesario tratarla así?

Graciela sintió que algo le ardía en el pecho.

— Qué lindo. Te preocupa que ella se sienta mal. A mí me trajiste a esta escena sin anestesia.

Entonces él empezó a justificar. Que no había pasado nada. Que se sentía solo. Que ella siempre estaba con los chicos, el trabajo, la casa. Que ya no lo miraba igual. Que él necesitaba sentirse hombre.

Graciela escuchó todo.

Después dijo:

— Yo también me sentí sola. Y no usé tu ausencia como permiso para traicionar.

Sacó el celular.

— ¿A quién llamás?

— A mi hermano.

— ¿Para qué?

— Para que vengas menos valiente cuando haya testigos.

Su hermano llegó en cuarenta minutos. Mientras tanto, Graciela abrió ventanas, lavó las copas, tiró la fruta y puso la pava. El perfume ajeno se fue mezclando con aire frío.

Cuando el hermano entró, Sergio cambió de tono.

— Esto es un tema nuestro.

— Entonces no hubieras traído invitada — le contestó.

Sergio se fue antes de la noche.

Graciela se quedó.

No leyó la novela. No tomó mate tranquila. Se sentó en la cocina con una libreta y escribió: abogada, cuentas, chicos, colegio, llaves, auto, papeles, casa.

A la mañana siguiente llamó a Sergio.

— Mañana vuelvo a la ciudad. No para perdonarte. Para organizar la separación. A los chicos se lo vamos a decir juntos, sin detalles. Pero si intentás hacerme quedar como loca, voy a contar la verdad.

— No destruyas la familia.

— La familia no se destruye cuando una mujer descubre una mentira. Se destruye cuando un hombre la mete en la casa.

Las semanas siguientes fueron un desastre. Los chicos lloraron. La suegra dijo que “por los hijos hay que aguantar”. Sergio mandó flores, después mensajes agresivos, después audios llorando. Graciela escuchó algunos. Después dejó de hacerlo.

Lo más difícil fue volver a la quinta con los chicos. Pensó que el sillón, la mesa, la ventana iban a dolerle. Pero ellos salieron corriendo al fondo, pidieron milanesas y buscaron las paletas viejas. La quinta seguía siendo suya.

Sergio había ensuciado un recuerdo, pero no podía quedarse con todos.

Cambió la cerradura. Compró una funda nueva para el sillón. Pintó la galería. Plantó lavanda al lado del portón. Colgó luces cálidas afuera, de esas que Sergio siempre decía que eran “una pavada”.

Una noche de verano, con los chicos dormidos, se sentó en la galería con mate. El celular vibró.

Sergio.

Graciela miró el nombre hasta que se apagó.

No atendió.

Había ido a limpiar la quinta.

Terminó limpiando su vida.

Y entendió algo: cuando una abre las ventanas después de años de mentiras, el aire fresco al principio duele.

Pero después no querés volver a respirar encerrada.

 

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