Me dejó una máquina de coser vieja como burla.

Me dejó una máquina de coser vieja como burla. Un año después, esa máquina ganaba más que su sueldo…

Después de doce años de matrimonio, Rodrigo me dejó tras la separación tres ollas, el limpiapiés de la entrada y una máquina de coser vieja.

Lo más cruel fue la máquina.

La dejó junto a la puerta, pesada, negra, con una base de fierro y el cuerpo lleno de rayas. En un costado tenía marcado un número: 8074. Parecía una reliquia abandonada, de esas cosas que nadie quiere mover porque pesan demasiado y porque, a simple vista, ya no sirven.

Había sido de su abuela, la señora Elvira. Ella cosía en esa máquina desde joven. La aceitaba, la limpiaba con un pañito y decía que las máquinas buenas no se botaban, porque siempre llegaba alguien que las necesitaba.

La señora Elvira nunca me tuvo mucho cariño.

No me insultaba. Solo soltaba comentarios chiquitos, de esos que se quedan pegados.

— Antes las mujeres sabían coser y no dejaban que el matrimonio se descosiera — dijo una vez.

Cuando murió, Rodrigo se llevó de su casa unas imágenes religiosas, fotos antiguas y esa máquina. Las fotos se las guardó. La máquina me la dejó.

— Es de mi abuela — dijo, cargando la última caja. — A mí no me sirve.

Se llevó la lavadora, el televisor, el refrigerador, el microondas y hasta la plancha. Todo fue al departamento que arrendó con Camila, una mujer de veintiséis años que trabajaba en una tienda del mall y con la que llevaba más de un año viéndose.

A mí me dejó una máquina vieja, como si fuera el resumen perfecto de lo que pensaba de mí.

Por suerte, el departamento era mío. Me lo había dejado mi mamá. Estaba cerca de la línea del tren, en San Bernardo. De noche, cuando pasaban los vagones de carga, los vidrios temblaban un poco y las cucharas sonaban en el escurridor. Antes casi no lo notaba. Sola, escuchaba todo.

No soy de quedarme llorando días enteros. Trabajo desde cabra chica y sé que la vida no se detiene porque a una le rompan el corazón.

Cuando Rodrigo se fue, me quedé un rato en el pasillo mirando la máquina.

— Ya, Valeria — me dije. — A ordenar lo que queda.

Guardé las ollas.

La máquina la empujé detrás de un mueble, la cubrí con una sábana vieja y me olvidé de ella.

Por cuatro meses.

Seguí trabajando en una bodega. Turnos largos, horas extra, noches. Antes Rodrigo al menos calentaba arroz o tendía ropa si yo llegaba muerta. Ahora me esperaba el departamento vacío, la luz del pasillo y una soledad que hacía eco.

Una madrugada casi me quedé dormida al lado de la línea de embalaje.

Fue un segundo. No pasó nada. Pero me dio tanto susto que al día siguiente renuncié.

El jefe no insistió.

— Vale, estabas al límite — dijo.

Sí. Pero estar al límite sin sueldo era otro miedo.

Los ahorros alcanzaban para poco. Empecé a medir cada gasto. Pan, té, luz, locomoción. Miraba pasar los trenes por la ventana y sentía que todos seguían camino menos yo.

Entonces llamó la Pame, una amiga del liceo.

— Vale, necesito ayuda urgente. Mi gato hizo tira las cortinas. En el arreglo me cobran carísimo. Tú tienes máquina, ¿cierto?

Quise decirle que no era una máquina, sino una burla con pedal.

Pero contesté:

— Tráelas. Veamos qué sale.

Esa noche saqué la máquina. La limpié, le puse aceite, giré la rueda. Al principio sonó dura. Después empezó a moverse.

Tac-tac-tac.

Ese ruido me llevó de golpe a la cocina de mi abuela Teresa. Ella cosía de todo: uniformes, cortinas, vestidos, fundas. Yo me sentaba a su lado y ella decía:

— No tires la tela, niña. Guíala no más. Si la apuras, se chueca.

Arreglé las cortinas de la Pame. No quedaron perfectas, pero quedaron firmes y bonitas. Ella me pagó y además subió una foto.

“Mi amiga salva cortinas”, escribió.

Al otro día me escribieron dos vecinas. Después una compañera de trabajo. Luego una mamá del colegio. Bajos de pantalón, cierres, uniformes, manteles, cortinas, delantales. Yo cosía en la mesa de la cocina. La máquina quedaba junto a la ventana, y cada tren que pasaba la hacía vibrar un poquito.

El primer mes gané casi la mitad de mi sueldo anterior.

El segundo, casi lo mismo.

Compré hilos, tijeras, una lámpara. Abrí una página: “Costuras Valeria 8074”. Pame me tomó una foto junto a la máquina. Salí cansada, con el pelo tomado y una polera vieja. Pero mis ojos estaban distintos.

No parecían pedir permiso.

Después llegaron encargos de bolsas de género, pecheras para una cafetería, cortinas para una vecina que arrendaba cabañas. Una tienda chica me pidió hacer ajustes de ropa. Fui aprendiendo con práctica, con errores y con paciencia.

Al año, la máquina ganaba más que Rodrigo en su trabajo de guardia.

Por supuesto, se enteró.

Me llamó una noche.

— Vale, supe que te está yendo bien.

— Sí.

— Me alegro por ti.

No sonaba alegre.

— Podríamos juntarnos un día. Conversar.

— ¿Para qué?

— No sé. Fueron doce años. Uno se equivoca.

Miré la máquina al lado de la ventana.

— Equivocarse es olvidar comprar pan. Tener otra vida durante más de un año no es equivocarse.

Silencio.

— La máquina… — dijo después. — Era de mi abuela. Igual es un recuerdo de mi familia.

Casi me dio risa.

— Cuando la dejaste aquí, era un cacho.

— No fue así.

— Fue exactamente así.

No respondió.

— Ahora que sirve y da plata, te acordaste de la abuela.

— Valeria…

— No te la voy a devolver, Rodrigo. Tú la dejaste porque pensaste que no valía nada. Igual que hiciste conmigo.

Corté.

Hoy tengo un taller pequeño cerca de la estación. Se llama “8074”. A veces pasan trenes y tiemblan los carretes de hilo. Ese sonido ya no me da pena. Me recuerda que todo se mueve, incluso cuando una cree que quedó detenida.

La gente pregunta qué significa el número.

Digo:

— Es la máquina con la que partí.

Pero para mí significa otra cosa.

Significa que a veces lo que alguien te deja como burla termina siendo la herramienta con la que te reconstruyes.

 

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