Me invitó a su casa del pueblo para “desconectar”.

Me invitó a su casa del pueblo para “desconectar”. Acabé entendiendo que buscaba novia con funciones de criada

Me llamo Isabel y tengo cuarenta y cinco años.

Después de mi divorcio tardé mucho en volver a quedar con alguien. No por falta de ganas, sino por cansancio. A cierta edad una ya no quiere mariposas que duren tres semanas; quiere calma, respeto y que nadie te haga sentir tonta por esperar un poco de ternura.

Por eso me gustó Andrés.

Cuarenta y nueve años, separado, dos hijos mayores, conversación tranquila, camisa limpia, manos grandes y una forma de decir “no te preocupes” que al principio parecía refugio.

Salimos casi medio año. Cine, cenas sencillas, paseos por Zaragoza, cafés después del trabajo. No era un amor de película, pero yo no buscaba película. Buscaba algo habitable.

Cuando me dijo:

— Vente el finde a la casa del pueblo. Estarán mis padres. Así te conocen. Descansamos, hacemos una barbacoa.

Yo dije que sí demasiado rápido.

Preparé una tarta de manzana. Compré vino. Me puse pantalón blanco, blusa azul y sandalias. Sí, sandalias. Para una casa de pueblo. La culpa fue mía por creer en la palabra “descansamos”.

La casa estaba a las afueras de un pueblo de Teruel. Bonita, de piedra, con parra en la entrada. Pero el patio parecía el almacén de una ferretería abandonada: sacos, macetas rotas, cajas, leña, herramientas, una bici sin rueda y una escalera sospechosa.

— Está un poco por hacer — dijo Andrés.

Su madre apareció enseguida.

— Tú eres Isabel.

No fue pregunta. Fue diagnóstico.

Se llamaba Remedios. Me dio dos besos secos y miró la tarta.

— Luego la probaremos.

Andrés dejó mi bolsa en una habitación y se fue con su padre al patio. Yo me quedé con Remedios en la cocina.

— Ya que estás aquí, dame una mano con la ensaladilla.

No me molestó.

Luego fue fregar.

Luego cortar pan.

Luego bajar sillas.

Luego limpiar una nevera pequeña “que olía raro”.

A la tercera tarea entendí que nadie me estaba preguntando. Me estaban incorporando.

— Andrés — dije cuando lo vi pasar con una cerveza —, ¿puedes venir un momento?

— Ahora estoy con mi padre mirando lo de la bomba del agua.

La bomba del agua consistía en dos hombres mirando un tubo sin tocarlo.

Remedios me soltó:

— A mí me gusta ver cómo se mueve una mujer en una casa. Ahí se conoce mucho.

Sonreí.

— A mí también me gusta ver cómo se mueve un hombre. De momento Andrés se mueve poco.

No le hizo gracia.

Por la noche, después de la barbacoa, Andrés me preguntó:

— ¿Te ha caído bien mi madre?

— Tu madre no quería conocerme. Quería probarme.

— No exageres.

— Andrés, me ha dado más instrucciones que mi jefa.

— Es que en mi familia somos de arrimar el hombro.

— Tu hombro estaba apoyado en la nevera.

Se enfadó.

— Yo necesito una mujer sencilla.

— Y yo necesito un hombre que no confunda sencilla con disponible.

Dormí mal. La habitación olía a humedad y a colcha guardada. A las siete de la mañana Remedios llamó a la puerta.

— Isabel, vamos a aprovechar que refresca para limpiar el cuarto de aperos.

Me levanté, me vestí y bajé con la bolsa.

— Muchas gracias por la invitación. Me vuelvo a Zaragoza.

Andrés me siguió a la calle.

— ¿De verdad vas a montar esto por ayudar un poco?

— No monto nada. Me retiro del proceso de selección.

— Mi madre solo quería saber si vales para una vida de verdad.

— Entonces dile que sí valgo. Por eso no acepto una vida donde entro de invitada y me tratan como mano de obra.

Esperé el autobús en la plaza del pueblo. Llevaba mi tarta en una bolsa y una mancha de grasa en el pantalón blanco. Una señora mayor se sentó a mi lado y me dijo:

— Hija, pareces recién escapada.

— Más o menos.

Se rió.

— Pues enhorabuena.

En casa me puse el pijama, comí tarta con una cucharilla y dejé el móvil boca abajo.

Andrés escribió:

“Mi madre es especial.”

“Te lo tomaste mal.”

“Yo pensaba que eras más familiar.”

Le contesté al día siguiente:

“Soy familiar. No soy explotable.”

No volví.

Y no lloré tanto como pensé.

Porque a veces una no pierde una relación. Gana una señal luminosa que dice: “Por aquí no.”

A los cuarenta y cinco, el amor no puede empezar con una prueba de fregona.

Tiene que empezar con una silla ofrecida, una taza servida y alguien que entienda que descansar también es un derecho de las mujeres.

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Odissea
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