Mi hija se reía de mi bicicleta usada. Luego me pidió ir con mis amigas “locas”
Compré la bicicleta un martes de mayo, después de ver un anuncio en el tablón del supermercado.
“Bicicleta de señora. Buen estado. 80 euros.”
Era roja, con una cesta un poco torcida y un sillín ancho que parecía prometer misericordia. Yo tenía sesenta y tres años, una rodilla que crujía cuando cambiaba el tiempo y tres años de viudez encima.
Mi hija Elena pensó que había perdido la cabeza.
— Mamá, ¿para qué quieres una bicicleta?
— Para montar.
— No seas graciosa.
— No estoy siendo graciosa. Estoy siendo ciclista.
Puso esa cara que ponen los hijos adultos cuando creen que sus madres se han convertido en un problema de seguridad pública.
Vivimos en Santander. Mi marido, Antonio, murió de cáncer después de treinta y nueve años juntos. Durante mucho tiempo mis días fueron iguales: desayuno, mercado, cementerio, televisión, cama. Elena venía cuando podía. Al principio mucho. Luego menos. No porque no me quisiera. Porque la vida tira.
Lo que pasa es que la soledad también tira.
Un día me descubrí hablando con la foto de Antonio no para contarle cosas, sino para repetir siempre lo mismo:
— Hoy tampoco ha pasado nada.
Ahí me asusté.
Por eso llamé por la bicicleta.
La vendía una mujer que decía que la había comprado con ilusión y la usó una vez porque “Santander tiene demasiadas cuestas para mis sueños”. Me la llevé andando hasta casa. Al día siguiente empecé a practicar en un aparcamiento vacío.
Me caí una vez.
Bueno, no me caí del todo. Fue más bien una rendición lateral.
Me levanté antes de que nadie viniera.
A la tercera semana ya iba hasta el paseo marítimo. Allí conocí a Marisa, una mujer de sesenta y ocho años con casco amarillo y una campanilla en forma de flor.
— Vas muy seria — me dijo.
— Estoy intentando no morir.
— Entonces ven con nosotras. Morir sola es aburridísimo.
“Nosotras” eran Marisa, Begoña y Tere. Tres mujeres que salían en bici los sábados, paraban cada poco, tomaban café y llamaban “aventura” a cualquier camino que no conocieran.
— Vamos hasta Liencres — me dijeron.
— Está lejos.
— Lejos es quedarse en casa cuando quieres salir.
Fui.
Me dolieron las piernas, el orgullo y partes del cuerpo que no sabía que podían doler. Pero cuando llegamos a ver el mar desde arriba, con el viento golpeándome la cara, sentí algo que hacía años no sentía.
Ganas de mañana.
Nos hicimos inseparables. Elena las llamaba “tus locas del pedal”.
— Mamá, te van a llevar por mal camino.
— Ojalá. Ya he conocido demasiado bien el camino de siempre.
Cada sábado salíamos. Reíamos. Nos quejábamos. Comíamos tortilla fría en bancos, hablábamos de menopausia, nietos, médicos, maridos muertos, maridos vivos que daban más trabajo que los muertos, y de todas las cosas que las mujeres dejan para “cuando haya tiempo”.
Un día Marisa dijo:
— El tiempo no aparece. Se roba.
Y yo empecé a robarlo.
Volví a coser. Saqué mi máquina del rincón. Me hice una bolsa para el manillar. Luego otra para Begoña. Luego otra para Tere. De pronto tenía encargos. Pequeños. Alegres. Con telas de colores que Antonio habría llamado “demasiado llamativas”.
Elena empezó a mirar distinto.
Al principio preguntaba:
— ¿Vas a ir otra vez?
Luego:
— ¿Qué tal la ruta?
Después:
— ¿Marisa es la que se cayó en una fuente?
El sábado pasado hicimos cuarenta kilómetros. Para algunas personas no será nada. Para mí fue como cruzar un país. Llegamos a la playa, nos sentamos en la arena, nos quitamos las zapatillas y brindamos con café de termo.
Begoña subió una foto de las cuatro.
Elena me llamó por la noche.
— Mamá, estás guapísima.
— ¿No parezco un tomate con casco?
— Un tomate feliz.
Se rió, pero luego se puso seria.
— ¿Puedo ir con vosotras el domingo?
Casi se me cae el móvil.
— ¿Con mis locas?
— Sí. Necesito aire.
El domingo apareció con una bicicleta alquilada y unas gafas de sol enormes. A los siete kilómetros dijo:
— ¿Siempre vais así de rápido?
Marisa respondió:
— Vamos despacio. Lo que pasa es que tu madre ya no se arrastra por la vida.
Elena me miró. No dijo nada.
Más tarde, junto a un mirador, se sentó a mi lado.
— Perdona por haberme reído.
— Me querías cuidar.
— Sí. Pero también me daba miedo que ya no me necesitaras.
— Te necesito, Elena. Pero no para respirar por mí.
Lloró un poco. Yo también.
Luego subimos a la bicicleta y seguimos.
Ese domingo entendí que los hijos también tienen que aprender a soltar a sus padres. No para perderlos. Para permitirles vivir sin pedir permiso.
Yo sigo echando de menos a Antonio. Hay días en que su ausencia se sienta a mi mesa antes que yo. Pero ahora tengo algo que contarle.
— Hoy subí una cuesta.
— Hoy Elena vino conmigo.
— Hoy no esperé a que pasara la tarde. Fui yo quien pasó por ella.
Y eso, a mi edad, no es poca cosa.
