Después de dos citas me propuso mudarse conmigo.

Después de dos citas me propuso mudarse conmigo. Luego dijo una frase que me hizo entender que no quería amor: quería casa

A los cincuenta y dos años una cree que ya no va a ponerse nerviosa frente al espejo por un café.

Pero ahí estaba yo, con el rímel en la mano, tratando de verme arreglada sin parecer desesperada. Mi gato, Benito, estaba sentado sobre la lavadora, mirándome como si fuera juez de mi dignidad.

— Es solo un café — le dije.

Benito movió la cola como diciendo: “Ajá.”

Después de mi divorcio salí con algunos hombres. Uno me enseñó fotos de su rancho durante una hora. Otro, al tercer mensaje, me preguntó si yo era “mujer de casa”. Le contesté: “De casa sí, pero no de servicio.” Nunca respondió.

Con Tomás fue diferente.

Lo conocí en una tiendita del barrio, en Puebla. Yo estaba frente a las bolsas de lentejas intentando recordar si todavía tenía arroz integral o si solo tenía la intención de comer sano. Él sostenía una caja de té verde con jazmín.

— Disculpe, ¿este té sale bueno?

Miré la caja.

— Si le gustan los perfumes de tía elegante en bautizo, sí.

Se rió.

Una risa limpia. Sin pose.

Era alto, bien vestido, con canas bonitas y zapatos cuidados. No era de novela. Pero parecía estable. Y a cierta edad, la estabilidad puede confundirse peligrosamente con ternura.

Me preguntó por una panadería. Le hablé de una donde vendían conchas recién hechas, demasiado dulces, pero necesarias para días tristes.

— ¿Me acompaña?

Dudé.

Fui.

Tomamos café. Me contó que era divorciado, que su hija vivía en Querétaro y que acababa de mudarse por la zona. Yo le hablé de mi hijo, que trabaja en Monterrey, de mi empleo en una oficina contable y de Benito, que cree que el departamento está a su nombre.

Esa noche escribió:

“Irene, gracias por el café. Me dio mucho gusto.”

Nada de corazones. Nada de “hermosa”.

Le mandé captura a mi amiga Lupita.

“No te ilusiones, pero se ve decente”, respondió.

La segunda vez caminamos por el parque. Finales de octubre, aire fresco, hojas mojadas. Tomás traía paraguas y lo inclinaba para cubrirme más a mí.

Hablamos mucho. Él escuchaba sin interrumpir, cosa rara. Luego preguntó:

— ¿Y tú qué quieres, Irene?

Me tomó por sorpresa.

A las mujeres de mi edad nos preguntan por hijos, por trabajo, por enfermedades, por si vivimos solas. Pero casi nadie pregunta qué queremos.

Dije la verdad:

— Quiero no tener que ser fuerte todo el tiempo.

Tomás bajó la mirada.

— Yo también estoy cansado de la soledad. Uno no debe quedarse arrumbado como maleta vieja.

Sentí un nudo en la garganta.

Al despedirnos, tomó mi mano.

— Eres una mujer excepcional.

Llegué a casa y repetí esa frase en la cocina. Benito maulló, exigiendo cena, para recordarme que lo excepcional no paga croquetas.

En la segunda cita formal fuimos a una fondita cerca del mercado. Caldo, arroz, servilletas de papel. Nada elegante. Quizá por eso me sentí tranquila.

Entonces Tomás dejó la cuchara.

— Irene, lo pensé bien. No deberíamos perder tiempo.

— ¿En qué?

— En vivir juntos.

Me quedé quieta.

— Tomás, es nuestra segunda cita.

— Por eso. No somos chamacos. A nuestra edad uno sabe rápido.

— Yo apenas sé que le pones limón a todo.

Sonrió, pero sus ojos se pusieron duros.

— Hablo en serio. Tú tienes departamento propio, ¿verdad? Está perfecto. Buena zona, cerca de mi trabajo. Y a ti te conviene. Un hombre en casa siempre hace falta.

Ahí algo dentro de mí se apagó para encender otra luz.

No dijo “quiero cuidarte”.

No dijo “quiero conocerte”.

Dijo: “tú tienes departamento”.

— ¿Y tú dónde vives? — pregunté.

— Rentando un cuarto. Temporal. El divorcio me dejó complicado.

— ¿Y quieres mudarte conmigo después de dos citas?

— No lo pongas así. Soy una persona seria.

— Eres una persona que apenas conozco.

Se molestó.

— Irene, una mujer a tu edad debería agradecer que alguien quiera algo formal.

La mente se me quedó en blanco.

Pero no por miedo.

Por claridad.

Vi todo: su maleta en mi sala, sus camisas en mi clóset, su “yo también vivo aquí”, mis recibos, mi refrigerador, mi cama, mi paz invadida. Vi cómo después vendrían frases como “no seas exagerada”, “ya estamos grandes”, “¿quién más te va a querer?”

Respiré.

— No.

— ¿No qué?

— No te vas a mudar conmigo.

Se rió con desprecio.

— Te asustaste.

— No. Te escuché.

— ¿Y qué oíste?

— Que no buscas pareja. Buscas techo.

Su cara cambió.

— Vas a terminar sola.

Me levanté.

— Puede ser. Pero sola en mi casa, no acompañada por alguien que la quiere ocupar.

Pagué mi parte y salí.

Lloviznaba. Se me mojó el pelo, y seguro el rímel quedó fatal. Pero yo caminaba con una calma extraña. Como si hubiera cerrado una puerta justo antes de que entrara el frío.

Tomás escribió varios días.

“Me malinterpretaste.”

“Yo iba en serio.”

“Eres desconfiada.”

“No todos los días un hombre propone algo formal.”

Le respondí una vez:

“Lo formal no empieza pidiendo mudanza. Empieza respetando tiempos.”

Después lo bloqueé.

A la semana, Lupita me mandó una publicación de un grupo de mujeres de la colonia. Una señora preguntaba por un tal Tomás que después de pocas citas quería irse a vivir con ella. En los comentarios, una dijo que él se le instaló dos meses y nunca pagó nada. Otra contó que no quería devolver las llaves. Otra escribió: “Ni le abras.”

Me senté en mi cocina con un café.

Miré mi departamento: mi mesa, mis plantas, mis libros, Benito dormido en el sillón como si él pagara la renta.

Mi espacio.

Mi silencio.

Mi llave.

Y por primera vez en mucho tiempo, estar sola no me dio tristeza.

Me dio tranquilidad.

No dejé de creer en el amor. No quiero volverme piedra. Pero sí dejé de pensar que cualquier hombre amable merece entrar hasta la cocina de mi vida.

A los cincuenta y dos una todavía puede enamorarse. Claro que sí.

Pero también puede decir no.

Puede cuidar su casa, su cama, su paz, su gato y su corazón.

Porque el amor no llega con maleta en la segunda cita.

El amor toca la puerta con respeto.

Y si no abres todavía, no se enoja.

Like this post? Please share to your friends:
Odissea
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: