Eres floja, Irene, así eres por dentro

“Eres floja, Irene, así eres por dentro”. Él estaba jubilado y sentado todo el día, mientras yo volvía del trabajo a lavar sus platos

Durante mucho tiempo no le conté a nadie cómo vivía con Ernesto.

Cuando mis amigas preguntaban: “Irene, ¿cómo vas con tu señor elegante?”, yo sonreía y decía: “Muy bien, feliz”. Mentía. Porque a los cincuenta y tantos cuesta aceptar que una volvió a creer en palabras bonitas y terminó sirviendo en una casa que no era hogar.

Lo conocí en el cumpleaños de mi hermana Tere, en un salón pequeño de Guadalajara. Ernesto era amigo del esposo de ella. Camisa bien planchada, canas bonitas, voz tranquila. Se acercó, me sirvió vino, me preguntó por mi trabajo y se rio de mis chistes.

Yo trabajaba en una tienda de artículos para el hogar. Todo el día parada, atendiendo gente, acomodando cajas, cargando cubetas, cobrando. No era común que alguien me mirara como mujer. Él me miró así.

— Irene, usted tiene una luz muy bonita — dijo.

Y caí.

Empezamos a escribirnos. Luego salimos. Flores, café, cine, llamadas todas las noches.

— ¿Cómo estuvo tu día, mi vida?

Después de un mes me dijo:

— Vente a vivir conmigo. ¿Para qué estás sola?

En mi departamento vivía mi hija Mariana con su esposo y mi nieto Diego. No podían pagar renta en otro lado. Pensé que era buena idea: ellos se quedaban cómodos y yo empezaba una nueva etapa.

Al principio fue hermoso.

Ernesto hacía café, me llevaba a desayunar, me decía que yo merecía ser cuidada.

Pero después empezó a cambiar.

Una noche llegué del trabajo con los pies hinchados y encontré la cocina hecha un desastre. Platos, vasos, sartén, servilletas. Ernesto estaba en el sillón viendo televisión.

— Ernesto, pudiste lavar aunque sea tus platos.

Me miró como si lo insultara.

— Irene, yo soy hombre. Ya trabajé toda mi vida. La casa es cosa de mujeres.

— Yo también trabajo.

— Estás en una tienda. No exageres.

Me quedé callada.

Luego vinieron las comparaciones.

— Mi exesposa sí sabía planchar.

— Mi mamá a tu edad hacía comida para todos y no se quejaba.

— Esta sopa está desabrida.

— Te ves bien descuidada.

Y la frase que más se repetía:

— Eres floja, Irene. Así eres por dentro.

Él tenía cincuenta y cuatro, jubilado, en casa todo el día. Decía que hacía “asesorías” por teléfono, pero casi siempre estaba en el sillón con el control. Dejaba tazas, calcetines, platos, migas.

Yo llegaba y limpiaba.

Un día me dio fiebre. Casi no podía hablar.

— Hazte algo de cenar, por favor. Me voy a acostar.

Él suspiró.

— Qué bonito. Uno con mujer en casa y de todos modos se queda con hambre. La flojera te gana.

Me encerré en el baño y lloré.

No quería volver con mi hija. No quería decir: “Me equivoqué”. A esta edad una no solo sufre por el amor. Sufre por la vergüenza de haber creído.

Así que seguí.

Hasta que Mariana llegó un domingo con Diego.

Yo había hecho comida. Ernesto estaba sentado, servido, mientras yo recogía la mesa. Entonces dijo:

— Tu mamá es buena, Marianita, pero floja. Hay que estarla empujando.

Mi hija dejó el vaso.

— ¿Cómo dijo?

— La verdad.

Mariana miró mis manos. Rojas, resecas, llenas de grietas por el jabón. Luego lo miró a él.

— Mamá, vámonos a caminar.

En la calle me preguntó:

— ¿Desde cuándo te habla así?

— Ay, hija, no es para tanto.

— Sí es para tanto. Te está haciendo creer que cansarte es un pecado.

Esa frase se me quedó clavada.

Días después llegué del trabajo y Ernesto anunció:

— Hoy vienen mis amigos. Haz algo bueno de cenar. Llegan a las siete.

Traía la bolsa colgada del hombro. Me dolía la espalda. Miré la cocina sucia. Lo miré a él, fresco, sentado.

Y algo en mí se apagó para encenderse de otra forma.

— No.

— ¿No qué?

— No voy a cocinar.

— Otra vez de floja.

— No. De libre.

Se rio.

— ¿A dónde vas a ir? Tu departamento lo tiene tu hija.

— Es mi departamento. Ahí cabemos.

— Yo te recibí.

Lo miré de frente.

— No me recibiste. Me usaste.

Empaqué dos bolsas. Ropa, documentos, una foto de mis papás, mis medicinas. Mariana llegó por mí. Yo iba con vergüenza, pensando que les estorbaba.

Mi yerno tomó las bolsas y dijo:

— Pásele, doña Irene. Esta también es su casa.

Dormí varias semanas en el sillón de mi propia sala. Diego llegaba en la mañana con sus carritos y me preguntaba:

— Abuelita, ¿ese señor ya no te va a regañar?

Ahí entendí que hasta un niño había visto lo que yo quería esconder.

Ernesto me llamó.

Primero para insultarme.

— A tu edad nadie te va a querer.

Después para pedir.

— Irene, vuelve. No sé hacer nada.

Y yo respondí:

— Exacto. Por eso no vuelvo.

Ha pasado un año.

Mariana y su familia ya rentan un lugar chiquito. Yo estoy otra vez en mi recámara. Compré cortinas nuevas, pinté la cocina y los sábados voy a desayunar con mi hermana.

A veces dejo los platos sin lavar hasta la mañana.

Y nadie me dice floja.

Descubrí que estar sola no era lo que me daba miedo.

Me daba miedo darme cuenta de que yo misma estaba dejando que alguien me apagara.

Hoy sé que a cualquier edad se puede cerrar una puerta.

Aunque tiemble la mano.

Aunque duela.

Aunque tengas que dormir un tiempo en un sillón.

Porque peor que una cama vacía es dormir al lado de alguien que te mira como sirvienta y te llama amor solo cuando necesita algo caliente en la mesa.

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Odissea
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