Gracias por abrir

Me llamo Mercedes, tengo setenta y dos años, y durante mucho tiempo pensé que mi vida ya no tendría capítulos nuevos.

No lo pensaba con amargura. Simplemente, a cierta edad una empieza a creer que lo importante ya ocurrió: el amor, la boda, los hijos que no llegaron, la enfermedad, la despedida, los entierros, las mudanzas interiores que nadie ve.

Yo vivía sola en una casa pequeña de las afueras de Zaragoza. Mi marido, Tomás, había muerto doce años antes. Desde entonces, la casa se había convertido en un lugar demasiado ordenado. Todo estaba limpio, todo estaba en su sitio, todo sonaba poco.

Me despertaba a las seis, preparaba café, barría el patio, regaba las macetas y hablaba con ellas.

— Tú, lavanda, no te crezcas — decía. — Que hueles bien, pero tampoco eres la reina de España.

Mi vecina una vez me escuchó y me preguntó si estaba bien.

— Perfectamente — respondí. — Las plantas no interrumpen.

Pero la verdad era otra: hablaba con ellas porque nadie más me contestaba dentro de casa.

Una tarde de otoño, mientras recogía hojas secas del patio, sonó el timbre.

Abrí la puerta y encontré a una niña menuda, con el pelo revuelto, pecas y una taza azul agarrada con las dos manos.

— ¿Usted es Mercedes?

— Sí.

— La que habla con la lavanda.

Respiré hondo.

— Veo que mi fama crece.

La niña levantó la taza.

— Traigo azúcar.

— ¿Y puedo saber por qué?

— Mi mamá dice que usted siempre parece amable. Y que a veces las personas amables se quedan sin visitas. Yo no tengo visitas, pero tengo azúcar.

Me quedé mirándola.

— ¿Cómo te llamas?

— Alba.

Alba vivía en la esquina con su madre, Irene. Su padre se había marchado cuando ella era pequeña. Irene trabajaba limpiando habitaciones en un hotel y algunas tardes hacía horas extra. Alba pasaba tiempo con una vecina mayor, pero aquella semana la vecina estaba enferma. Así que la niña, con una lógica que solo tienen los niños, decidió presentarse en mi casa con azúcar como si aquello fuera una credencial diplomática.

La invité a entrar.

Le preparé leche con cacao. Alba se movía por el salón mirando todo con curiosidad. Se detuvo ante la foto de Tomás.

— ¿Era su novio?

— Mi marido.

— ¿Se murió?

— Sí.

— ¿Y usted no se enfadó?

La pregunta me sorprendió.

— Mucho.

— ¿Con él?

— Con la vida.

Alba asintió como si lo entendiera.

— Mi mamá también se enfada con la vida cuando se rompe la lavadora.

Ese día me hizo reír tanto que al anochecer me dolían las mejillas.

A partir de entonces vino casi a diario. Siempre con preguntas o necesidades imposibles.

— ¿Tiene una goma?

— ¿Tiene canela?

— ¿Tiene una linterna?

— ¿Tiene un mapa de tesoros?

— No.

— Entonces podemos dibujarlo.

Mi casa empezó a desordenarse de una forma maravillosa. Había dibujos en la nevera, piezas de puzle debajo del sofá, migas de bizcocho sobre la mesa. Alba puso nombres a todo: la escoba era Doña Flaca, el reloj Señor Tic, mi gato Rufino se convirtió en Croqueta con Patas.

Rufino, que llevaba años despreciando a la humanidad, aceptó a Alba después de que ella le diera un trozo de jamón escondido.

Irene venía a recogerla al atardecer, siempre con gesto de disculpa.

— Mercedes, no quiero que abusemos.

— No abusáis. Me hacéis compañía.

Un día respondió:

— A veces me da vergüenza necesitar tanta ayuda.

— La ayuda no debería dar vergüenza — le dije. — Vergüenza debería dar vivir al lado de alguien solo y no llamar nunca.

Con el tiempo, Irene también empezó a quedarse. Tomábamos café. Hablábamos. Ella me contaba sus miedos: no llegar a fin de mes, no ser suficiente, no poder darle a Alba una infancia menos estrecha. Yo le contaba de Tomás, de los años buenos, de los malos, de cómo la casa se vuelve enorme cuando se va la persona que la llenaba.

El día más importante llegó sin aviso.

Alba apareció con la mochila colgando y una cara que no era suya.

— En clase hay que llevar una foto con los abuelos — dijo.

— Ah.

— Yo no tengo.

Se sentó a mi lado y, sin mirarme, preguntó:

— ¿Usted podría venir?

— Alba, yo no soy tu abuela.

— No, pero sabe hacer tortilla, tiene gato y me guarda los dibujos. Eso cuenta más que muchas cosas.

No pude hablar.

Fui.

La profesora me recibió como “abuela de Alba”, y yo no corregí a nadie. Alba me presentó orgullosa:

— Es mi abuela Mercedes. No de sangre, pero sí de puerta.

Aquella frase se me quedó para siempre.

Meses después, Irene recibió una oferta para trabajar en Huesca. Mejor sueldo, contrato fijo. Lloró al contármelo.

— Es una oportunidad. Pero Alba dice que si nos vamos, usted vuelve a quedarse sola.

Quise ser generosa.

— Yo estaré bien.

Era mentira.

Alba apareció esa tarde con la taza azul.

— Si nos vamos, se la dejo.

— ¿Para qué?

— Para que cuando la vea se acuerde de abrir si llamo.

Al final no se fueron. Irene encontró un puesto en Zaragoza con horarios más humanos. Yo empecé a recoger a Alba del colegio los jueves. Luego también los martes. Después ya nadie preguntaba. Era natural.

En Navidad me regaló un dibujo. Estábamos las tres: Irene, Alba y yo. También Rufino-Croqueta con Patas y la taza azul, enorme como una luna. Abajo escribió:

“Gracias por abrir.”

Hoy ese dibujo está en mi pasillo.

Mi casa ya no es perfecta. A veces hay pegamento en la mesa, un calcetín infantil en el sillón, cacao en el mantel y una niña que entra diciendo:

— Mercedes, tenemos una crisis.

La crisis suele ser hambre o deberes.

Tengo setenta y dos años y he aprendido que la vida puede empezar de nuevo sin hacer ruido. No siempre llega con viajes, premios o noticias extraordinarias.

A veces llega con una niña de pecas, una taza azul y una frase que te desarma:

— Las personas amables no deberían quedarse sin visitas.

 

Like this post? Please share to your friends:
Odissea
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: