—¡Mamá, don Refugio metió a la gata en una mochila y se la llevó en la troca!
Marisol entró a la cocina sin quitarse los tenis, con la lonchera colgando de un solo hombro y la respiración entrecortada de quien acaba de correr seis cuadras. Su mamá, Yolanda, estaba picando cebolla junto a la estufa —tenía los ojos rojos, pero era por la cebolla, no por otra cosa— y ni siquiera alcanzó a voltear del todo cuando la niña ya estaba hablando.
—¿Qué gata, mija?
—¡La gris, la de la mancha blanca en el pecho! ¡Vivía en su casa! ¡La metió en una mochila y se la llevó en la troca!
Para entender el susto de Marisol hay que conocer primero a don Refugio Salcido, el vecino de la casa de la esquina en la calle Alamitos, en el sur de Phoenix, Arizona. Setenta y tres años, viudo desde hacía tres, con un hijo que le hablaba los domingos por diez minutos y luego se despedía con un "cuídese, apá" que sonaba más a compromiso que a cariño. La cerca de su patio llevaba desde el verano pasado con el pestillo roto —se le zafó cuando empujó la puerta con el hombro porque traía las manos ocupadas con dos cubetas de agua— y desde entonces la puertita se mecía sola con el viento, dando golpecitos secos contra el poste, como si alguien tocara sin decidirse a entrar.
Don Refugio se había acostumbrado a todo. A que la troya de tomates se le llenara de quelites porque la espalda ya no le aguantaba agacharse. A que el aire acondicionado de la ventana sonara como si tuviera piedras adentro. A que su casa oliera a café recalentado casi todo el día, porque hacía una jarra grande el lunes y la iba estirando hasta el jueves.
La gata llegó en septiembre, en pleno calor de Arizona, cuando el termómetro todavía marcaba cuarenta grados a las seis de la tarde. Se sentó en el porche una tarde, con una oreja rasgada y esa mancha blanca en el pecho como si trajera puesto un mandil a medias, y se quedó viendo la puerta. No maulló. No se restregó contra nada. Nomás se sentó, como quien llega a una cita y espera su turno.
—Yo no tengo ni pa' mí —le dijo don Refugio, parado en el umbral, con las manos en la cintura.
La gata no se movió. Él regresó adentro, sacó del refrigerador un pedazo de tilapia que le había sobrado del viernes, lo puso en un plato de unicel y se lo dejó afuera. La gata comió, se lamió las patas y volvió a sentarse en el mismo lugar exacto.
—Pos siéntate ahí entonces —dijo él, y cerró la puerta.
Para octubre la gata ya dormía adentro. No porque él la hubiera invitado, sino porque una mañana abrió la puerta del cuarto y la encontró enroscada sobre el tapete de la entrada. Nunca supo cómo se metía —las puertas estaban cerradas— hasta que notó que la ventanita del cuarto de lavado no cerraba bien del todo. No la arregló.
Marisol tenía nueve años y cursaba cuarto grado en la Escuela Primaria Roosevelt. Todos los días caminaba de regreso a casa por el callejón, porque le quedaba más corto, y la cerca sin pestillo de don Refugio quedaba exactamente en su camino. Siempre volteaba a ver el patio —no por chismosa, sino porque atrás de la casa había un mezquite viejo y en otoño, hacía años, ella y su primo recogían las semillitas para hacer collares. Ya no había semillitas que recoger, pero la costumbre de mirar se le había quedado.
Ese jueves, Marisol venía saliendo de la escuela cuando vio a don Refugio parado en el porche con una mochila de lona en las manos. La mochila se movía. Adentro algo rascaba, un sonido sordo, como uñas contra madera. Don Refugio no la vio. Bajó los escalones, cruzó el patio hasta la troca —una Chevy Silverado del noventa y ocho, cubierta de una costra de tierra del desierto— abrió la puerta trasera, puso la mochila en el asiento y regresó a la casa.
Marisol se quedó parada junto a la cerca, sin moverse. El corazón le latía como si hubiera corrido, aunque estaba quieta. Ella había visto a esa gata antes, asomada en la ventana de la sala, viendo hacia la calle. Una vez le había hecho adiós con la mano y la gata había ladeado la cabeza, como si no entendiera el saludo.
Una mochila. La gata adentro de una mochila. Marisol sabía lo que eso significaba, o creía saberlo, porque su abuela Consuelo —que había crecido en un rancho cerca de Douglas, en la frontera— le había contado una vez, con la misma calma con la que hablaba del clima, que allá cuando sobraban gatitos los echaban al canal de riego. No por maldad, decía la abuela, sino porque no había con qué darles de comer a todos. Marisol se había quedado despierta esa noche imaginando una mochila hundiéndose en agua oscura.
Don Refugio volvió a salir. Esta vez traía una caja de cartón. La puso en el asiento trasero, junto a la mochila, se subió a la troca y le dio vuelta a la llave. El motor tosió, escupió humo negro por el escape y la Silverado se arrastró fuera del patio por el portón abierto. Marisol se pegó a la cerca para que no la rozara al pasar. Don Refugio no volteó ni un segundo.
La niña corrió a su casa.
—¡Mamá, don Refugio metió a la gata en una mochila y se la llevó en la troca!
Yolanda dejó el cuchillo sobre la tabla de picar.
—¿Cuál gata, mija?
—¡La gris, la del pecho blanco! ¡Vivía con él! ¡La metió en la mochila y se la subió a la troca!
—Marisol, quítate los tenis. Vas a dejar toda la cocina de…
—¡Mamá, se la llevó a ahogar! ¡O a tirarla al monte!
Yolanda se limpió las manos en el trapo que colgaba del horno y miró a su hija. La niña seguía con la chamarra desabrochada, la lonchera colgando de un hombro, y el labio de abajo le temblaba. No estaba llorando todavía, pero andaba cerca.
—Siéntate, mija. No sabemos para dónde se la llevó. A lo mejor la llevó al veterinario.
—¡Al veterinario no se lleva a nadie en una mochila cerrada! ¡Se lleva en una jaula transportadora!
Y ahí Yolanda no supo qué contestar. Porque la niña tenía razón. Al veterinario no se lleva a un animal metido en una mochila de lona, con las correas cerradas y algo rascando desesperado adentro.
—Está bien —dijo por fin—. Voy a hablar con don Refugio cuando regrese.
—¿Y si ya es tarde?
—Marisol.
—¿Y si ya es tarde, mamá?
Yolanda no contestó. Salió al porche con el trapo todavía en la mano y se quedó viendo la casa de la esquina, esperando que la Silverado apareciera por Alamitos. No apareció. Pasaron veinte minutos, después cuarenta. El sol empezaba a bajar detrás de los palo verdes de la calle, tiñendo el cielo de ese naranja quemado que solo se ve en Phoenix en septiembre. Marisol se sentó en el escalón, abrazándose las rodillas, sin quitar los ojos de la esquina.
Fue el celular el que rompió la espera. Yolanda reconoció el número: era Delia, la señora que atendía la recepción de la clínica veterinaria de la avenida Baseline, donde Yolanda llevaba a su propio perro a vacunar. Se conocían de las juntas de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe.
—Yoli, oye, qué chistoso, aquí está un señor, Refugio Salcido, dice que es tu vecino. Trajo una gata y unos gatitos recién nacidos —dijo Delia, con esa voz que suelta la noticia antes de que uno alcance a prepararse—. La gata parió hace poquito, según el doctor, en su clóset o algo así, y el señor no sabía ni qué hacer. Vino a que les revisaran, a ponerles sus vacunas y a preguntar si alguien quería adoptarlos porque él dice que ya no puede con tantos.
Yolanda se quedó parada en medio de la sala, con el teléfono pegado a la oreja, sin saber si reírse o sentarse.
—¿Gatitos? ¿Cuántos?
—Cuatro. Chiquitos, apenas abriendo los ojos. La caja de cartón la trajo con todo y ellos, envueltos en una toalla. Y la mochila era porque, según él, la gata no se dejaba cargar en brazos, se le zafaba, y en la mochila la traía más segura pa'l viaje.
Cuando Yolanda colgó, Marisol seguía en el porche, todavía con la lonchera al hombro.
—¿Y qué dijo? —preguntó la niña, poniéndose de pie de un salto—. ¿La mató?
—No, mija. La llevó al veterinario. La gata tuvo bebés. Cuatro gatitos.
Marisol se quedó viendo a su mamá un segundo entero, como si necesitara procesar la información pieza por pieza, y luego salió corriendo hacia la cerca de don Refugio, sin que nadie le dijera que podía.
La Silverado llegó como media hora después, ya con el cielo casi morado. Don Refugio se bajó despacio, con la caja de cartón entre los brazos, cargándola como quien carga algo que le pesa más de lo que debería. Marisol ya estaba parada junto al portón.
—¿Puedo verlos? —preguntó, sin saludar primero.
Don Refugio se paró en seco. La miró un momento, y algo en su cara —esa cara curtida de sol, con las arrugas marcadas alrededor de los ojos— se aflojó un poco.
—Tú eres la niña que le hace adiós desde la banqueta.
—Sí.
—Pos ven. Pero cuidado, están bien chiquitos.
Adentro de la casa olía a café de tres días y a algo nuevo: leche tibia, la que don Refugio había calentado en una olla pequeña siguiendo instrucciones que Delia le había apuntado en una servilleta. La gata gris estaba echada en una caja forrada con una toalla vieja, con los cuatro gatitos pegados a ella, y la mancha blanca del pecho ahora tapada casi por completo por sus crías.
Marisol se hincó junto a la caja sin tocar nada, solo mirando.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—No tiene nombre. Nomás le digo "la gata".
—Debería llamarse Canela.
—Pos llámale como quieras.
Yolanda llegó unos minutos después, tocando apenas la puerta entreabierta, y se quedó parada en el umbral viendo la escena: su hija hincada junto a la caja, y el viejo Refugio Salcido, con los brazos cruzados, viendo a los gatitos con una expresión que ella no le había visto nunca, ni en el funeral de su esposa, ni en las juntas de la cuadra.
—Le voy a arreglar la cerca —dijo Yolanda, sin pensarlo mucho—. Mi esposo tiene herramienta. Un pestillo nuevo no cuesta ni quince dólares en el Home Depot de la Southern.
Don Refugio la miró, medio sorprendido de que alguien se ofreciera así, sin que él pidiera nada.
—No es necesario, yo puedo…
—Ya sé que puede. Pero se lo vamos a arreglar de todos modos. Y la ventanita del cuarto de lavado también, antes de que se le meta una serpiente en vez de una gata.
Don Refugio se rio, una risa corta, ronca, como si no la usara seguido.
Esa noche, cuando Marisol ya estaba en la cama, todavía preguntó si podía quedarse con uno de los gatitos cuando crecieran un poco. Yolanda le dijo que sí, que en ocho semanas, cuando ya no necesitaran a su mamá, hablarían con don Refugio.
Y así fue. Ocho semanas después, un sábado por la mañana, Marisol cruzó la calle Alamitos con una caja de transporte que su papá había comprado en el Petco de la Baseline, y volvió cargando a un gatito atigrado con una manchita blanca idéntica a la de su madre. Don Refugio se quedó con la gata gris —a la que, después de todo, terminó llamando Canela— y con dos de los otros gatitos, porque, según dijo, ya la casa se sentía distinta con ruido adentro.
El pestillo de la cerca ya no se mece con el viento. Marisol pasa todos los días por el callejón, y cuando ve a don Refugio regando las matas, le hace adiós con la mano. Y ahora, la mayoría de las veces, él le contesta.
