Yo estaba cortando cilantro sobre la tabla de madera cuando entraron. El pato llevaba cuarenta minutos en el horno y ya debería estar dorado. En la estufa hervía a fuego bajo la salsa de arándanos —la que a Mario tanto le gustaba— y sobre la mesa estaban los platos nuevos que compré en el Target de la César Chávez, unos blancos con borde gris, como a él le gustaban.
Cinco años de casados. Quería que esa noche fuera distinta. Últimamente Mario llegaba tarde, casi no hablaba. Yo pensaba que era el trabajo, la presión en la obra, la hipoteca del apartamento que compramos juntos en Sunset Park. Me puse el vestido rojo vino que a él le gustaba, me arreglé el pelo, me puse el perfume de vainilla que me trajo de San Antonio cuando todavía me miraba.
La cerradura sonó a las siete y treinta y dos. Salí al pasillo secándome las manos con un trapo de cocina.
Mario estaba en la puerta. Y a su lado, prendida de su brazo, una muchacha. Veinticinco años, tal vez menos. El pelo teñido de rubio en una cola alta. La blusa rosa le apretaba una panza enorme, de ocho o nueve meses. El olor de su perfume barato —algo floral, dulzón— tapaba hasta el aroma de la vainilla que salía de la cocina.
—Te presento a Gabriela —dijo Mario, en voz alta, como quien anuncia un premio en la radio—. Y esta, Gaby, es Norma. La que en cinco años no pudo darme un hijo.
Se quitó los zapatos sin mirarme y tiró las llaves sobre la repisa. La muchacha entró al apartamento que nosotros pagamos entre los dos, con el enganche que yo puse de lo que heredé de mi padre. Miró el pasillo como quien ve una casa en venta.
—Mi Gabriela está embarazada —siguió Mario, abriendo los brazos—. Y su hijo va a vivir aquí. Vas a tener que acomodarte, Norma. Por el bien del bebé.
La muchacha se soltó de su brazo y dio unos pasos por la sala.
—No está mal el espacio —dijo, pasando el dedo por la repisa de la ventana—. El sofá ese sí hay que quemarlo.
—Lo que tú digas, mi amor —contestó Mario, y le dio un beso en la frente.
Yo no me moví. En la cocina, la salsa seguía haciendo su ruido suave, como si nada.
Y entonces sonó el timbre.
—¡Déjame abrir a mí! —cantó una voz desde el pasillo.
La puerta se abrió y entró Delia, mi suegra. Con un ramo de crisantemos blancos envuelto en celofán y una sonrisa de dientes parejos. Venía cargando dos bolsas del supermercado.
—¡Ya llegó el milagro! —dijo, y le entregó las flores a Gabriela—. Estas son para la futura mamá. Y estas —levantó las bolsas— son cositas para mi nieto. Mamelucos azules, porque es niño. El doctor ya lo confirmó.
Miró a su hijo y luego a mí.
—Y tú, ¿qué haces ahí parada como estatua? Métete a la cocina y pon agua a hervir. Gaby tiene náuseas, hay que hacerle un té de manzanilla.
Tomé el ramo que Gabriela me puso en las manos sin mirarme, como si yo fuera la muchacha del servicio. Los crisantemos estaban húmedos. Unas gotas frías me cayeron sobre el vestido rojo.
—Mamá, ¿viste? —dijo Mario, contento—. Dice que no va a estorbar. Dice que va a ayudar con el bebé.
Delia sonrió, orgullosa.
—Pues claro. Si Norma no puede tener hijos, por lo menos que sirva de algo, ¿no? Que cuide al heredero. Que limpie, que cocine. Para eso está.
Gabriela se sentó en mi sofá —el que compramos en la venta de muebles de la 5ta Avenida, el que cargamos entre los dos por tres pisos de escaleras— y levantó los pies sobre el cojín.
—Oye, Mario —dijo, con voz de niña caprichosa—. ¿Ese aroma? Huele raro. ¿Qué es?
—Vainilla —dije yo. Era la primera palabra que pronunciaba desde que entraron.
—Qué horror —dijo ella, arrugando la nariz—. ¿La dejas usar esos perfumes?
Delia me quitó el ramo de las manos con un tirón seco.
—Ponte a abrir las ventanas y a hacer algo útil. Y mañana temprano vas a llevar a Gaby al centro comercial, necesita ropa premamá. Tenemos que pedir el baby shower en el salón del club para el sábado. Contamos contigo para pagar la mitad, por supuesto.
Mario asintió como si todo eso fuera razonable.
—Ah, y Norma —añadió, rascándose la nuca—, vas a dormir en el cuarto de visitas. Gaby necesita espacio para sus cosas. Ya sabes, las hormonas y todo eso.
Delia aplaudió bajito.
—¡Ay, qué emoción! ¡Cinco años esperando este momento! —dijo, y miró a su hijo con devoción—. Tu padre estaría tan orgulloso.
La noche siguió como una película que yo miraba desde lejos. Comieron el pato. La salsa de arándanos se la sirvieron al bebé de Gabriela en un tazón hondo. Mario brindó con limonada —ella no podía tomar alcohol— y Delia propuso que el niño se llamara Mario Alberto, como el abuelo.
A las diez, me fui al cuarto de visitas sin que nadie me lo ordenara. Sobre la cama sin tender estaban las cajas con ropa de invierno. La luz del baño quedó encendida. La puerta de mi cuarto —el de ellos ahora— se cerró con pestillo.
No lloré. Me senté en el borde de la cama y conté las veces que la aguja del reloj pasaba por el once.
Y a la mañana siguiente, cuando el apartamento todavía estaba en calma, hice lo que tenía que hacer.
Me vestí, agarré mi bolsa y salí sin desayunar. El café de la esquina abría a las seis y yo estaba parada en la puerta a las seis y siete, esperando a que levantaran la cortina. Pedí un café solo y saqué el teléfono.
Primera llamada. A mi abogada. La tenía guardada desde hacía dos años, por si acaso, y nunca la había usado. Le expliqué todo en cuatro frases. Ella quiso que yo fuera a verla enseguida.
Segunda llamada. Al banco. El apartamento está a nombre de los dos, sí, pero la cuenta conjunta la abrí yo y el depósito directo de mi sueldo cae ahí cada quincena. Les pedí que bloquearan cualquier retiro que no tuviera mi autorización firmada. Cuatrocientos veinte mil pesos —lo que juntamos en cinco años— quedaron congelados para él. No para mí.
Tercera llamada. A mi trabajo. Renuncié. Después de once años en la misma compañía, presenté mi renuncia efectiva inmediata. La administradora me preguntó si estaba segura. Le dije que nunca había estado tan segura de algo en mi vida.
Lo siguiente fue el contrato de renta. No iba a pelear por el apartamento, no todavía. Eso lo iba a hacer la abogada con calma, con papeles y con tiempo. Yo necesitaba irme de ahí. Encontré un estudio de dos ambientes en Bay Ridge, cerca del parque de la calle 83. Pagué el depósito y la primera mensualidad en efectivo: novecientos cincuenta dólares. El dueño no hizo preguntas.
Volví a Sunset Park al mediodía con un plan y con cuatro candados que compré en la ferretería de la 4ta Avenida.
El apartamento olía a manzanilla. Gabriela estaba tirada en el sofá, envuelta en una cobija que me tejió mi abuela. Mario viendo un partido de fútbol con los pies sobre la mesa de centro. Delia lavando platos en la cocina con el delantal azul que me regalaron en mi primer aniversario de bodas.
—¿Y esa cara? —me preguntó Delia al verme.
No le contesté a ella. Hablé con mi marido.
—Mario, me llevo mis cosas. Todo lo que es mío. El apartamento lo arreglamos por la vía legal. La cuenta del banco está bloqueada. Mañana te entrego las llaves del coche.
Gabriela se sentó.
—¿Cómo que te llevas tus cosas? —dijo, como si yo estuviera rompiendo un trato que ella entendía.
—Mi ropa, mis muebles, mis trastos. La cama que compré con mi quincena de diciembre del año pasado. La mesa que era de mi madre. Los electrodomésticos.
Mario se puso de pie.
—¿Estás loca? ¿Y con qué voy a pagar las cuentas este mes?
—Con su sueldo —dije, señalando a Gabriela con la barbilla—. Con lo que gane su hijo cuando nazca, si es que nace aquí. Ya no es mi asunto.
Delia salió de la cocina con el trapo de trastes en la mano.
—Tú no puedes hacerle esto a tu marido, Norma. Dios te castiga. Por eso no te dio hijos.
Saqué del bolsillo un recibo doblado en cuatro.
—Delia, este es el último pago que hago por el baby shower del sábado. Ahí está la cuenta. Cualquier gasto extra, se dividen entre los tres. O entre los cuatro cuando nazca el niño.
No grité. No lloré. Los tres se quedaron en silencio mientras yo vaciaba los cajones del cuarto de visitas, donde había guardado mis blusas, mis zapatos, las fotos de mis sobrinos de Managua, la pequeña caja de latón con las cartas de mi padre.
Mario me siguió al pasillo.
—Norma, espérate. Podemos hablar. Gaby puede dormir en el cuarto de visitas, tú vuelves a tu cuarto. Ella entiende.
—Ya no hay cuarto para mí, Mario —dije, sin parar de guardar—. Ya no hay nada.
La abogada llegó a las cuatro de la tarde con dos asistentes y un camión de mudanza. Vaciamos el cuarto, la cojinería, la vajilla, la mesa. Los vecinos del otro departamento se asomaron y yo no me escondí. La señora de al lado me preguntó si estaba bien y le dije que sí, que por primera vez en mucho tiempo, sí.
Delia se paró en el marco de la puerta con los brazos cruzados, mirándome con una rabia que le envejecía la cara.
—Tú te vas a arrepentir, Norma. Cuando ese niño nazca, Mario te va a dejar sin nada. Y yo me voy a encargar personalmente de que no consigas trabajo en este barrio.
—Hágale como quiera, Delia —respondí, poniéndole en la mano la llave del apartamento—. Solo le pido una cosa.
—¿Qué?
—Cuide bien a su nieto. Porque su hijo, al paso que va, no va a saber cuidarlo.
Los dejé con las ventanas abiertas y la cocina sin lavar. El último sonido que escuché antes de cerrar la puerta fue el llanto de Gabriela, agudo y desesperado, y la voz de Mario preguntándole a su madre qué iban a hacer ahora con la hipoteca.
Tres semanas después, Gabriela dio a luz a una niña. No un niño. Una niña de dos kilos novecientos gramos, con los ojos negros y el pelo rizado, a la que no le pusieron por nombre Mario Alberto.
Me enteré por Fernanda, la cajera de la farmacia, que vive enfrente de la casa de Delia. Dice que Mario se fue del apartamento dos días después del nacimiento. Que Delia insistió en cuidar a la nieta, pero que Gabriela no la deja ni cargarla. Que el apartamento de Sunset Park está en venta desde el mes pasado.
Yo no he vuelto por ahí.
Vivo en mi estudio de Bay Ridge. Pago mi renta. Trabajo por encargo. Tal vez el año que viene regreso a la universidad, a terminar la licenciatura que dejé a la mitad cuando me casé.
A veces me siento junto a la ventana y pienso en el pato que se quedó a medio comer aquella noche. En la salsa de arándanos que olvidé apagar. En mi vestido rojo vino con la mancha de los crisantemos.
No pienso en Mario. No con dolor. Pienso en la llave que le dejé a Delia en la mano, fría y pequeña, y en la puerta que se cerró detrás de mí. Pienso en que ahora yo soy la que cierra, no la que espera a que le abran.
