Yo nunca pensé que iba a contar esto. Pero el otro día en la gasolinera de la César Chávez vi a una mujer llorando en un Jetta destartalado, con dos niñas atrás, y me acordé de todo. De cómo la dejé entrar a mi casa. De cómo me pagó.
Mi nombre es Verónica. Tengo cuarenta y siete años. Vivo en San Antonio, Texas, en un barrio que antes era tranquilo y ahora ya no tanto, porque pusieron un Oxxo a la vuelta y la calle se llenó de ruido a todas horas. Trabajo en una oficina dental de la Medical Drive, agendando citas y peleando con los seguros. No me quejo. Me va bien.
Pero hubo un tiempo en que me fue mejor.
Todo empezó en la primaria. Yo conocí a Maribel en el kínder, cuando las dos teníamos cinco años y ella me robó un lápiz con olor a fresa. En vez de pelearme, le regalé otro. Desde ese día fuimos inseparables. Ella era la bonita del salón, la que todos los niños querían cargar la mochila. Yo era la gordita callada, la que hacía la tarea por las dos. Pero a mí no me importaba. Éramos hermanas. Nos sentábamos juntas, nos contábamos secretos, nos prometíamos que ningún hombre nos iba a separar.
Qué risa.
Cuando crecimos, Maribel siempre lo tuvo claro: “Yo me caso con un hombre que tenga dinero”. Y lo cumplió. A los diecinueve ya estaba casada con el hijo del dueño de una cadena de lavanderías. Se fue a vivir a McAllen, a una casa con alberca y barda de piedra. Yo me casé tarde, a los treinta y tres, con un hombre bueno y trabajador que se llamaba Humberto. Él arreglaba aires acondicionados. Al principio vivíamos en un apartamento chiquito, pero después compramos una casa de tres recámaras en el lado sur. Sin hijos. No se pudo. Y eso a mí me dolía más de lo que Humberto jamás entendió.
Maribel y yo dejamos de hablarnos. Ella estaba en su mundo de señora rica, yo en el mío de trabajo y cuentas por pagar. La busqué un par de veces por internet. Nada. Como si se la hubiera tragado la tierra.
Hasta que un día de julio, con un calor de esos que derriten el pavimento, sonó el timbre de mi casa.
Abrí y no la reconocí. Estaba flaca, con el pelo rubio todo chueco, mal pintado, y una maleta roja con una llanta rota. Lloraba como si se le hubiera muerto alguien. Y de hecho así era.
—Mi hijo murió, Vero. —Se soltó a llorar en mi hombro—. Un accidente en la carretera. Y mi esposo me echó la culpa. Yo le compré un carro rápido porque el muchacho no me dejaba de pedir. Y se mató. Mi esposo empezó a tomar, me golpeaba. Un día me mandó al hospital. Yo me fui sin nada. Él puso todo a nombre de su mamá. No me quedó ni para el camión.
La dejé entrar. Claro que la dejé entrar. Era mi hermana, ¿cómo no iba a hacerlo?
—Quédate el tiempo que necesites —le dije.
Humberto no estaba muy convencido. Él siempre fue más desconfiado que yo. Pero al final accedió, porque me quería y porque yo le juraba que Maribel era de confianza.
Al principio Maribel no se levantaba de la cama. Después empezó a arreglarse. Se pintaba las uñas en la sala, se compraba ropa en Ross con los vales que le daban en el banco de alimentos. Yo le conseguí trabajo en la oficina dental, de recepcionista suplente. La dueña era amiga mía desde la iglesia y le dio la oportunidad.
—Tú sí tienes suerte, Vero —me decía Maribel en la cocina, mientras yo calentaba tortillas—. Tu esposo te respeta. El mío era un animal. Tú no sabes lo que es vivir con un hombre que te truena los dedos cada vez que respiras.
Yo la abrazaba. Pobrecita, pensaba. Ha sufrido tanto.
Una sola persona me advirtió. Mi compañera de trabajo, una mujer salvadoreña que se llamaba Reina.
—Esa mujer te va a quitar al marido —me dijo un viernes en el estacionamiento—. Yo he visto a muchas así. Llegan todas quebradas y se van con la cartera llena. Ten cuidado.
Yo me reí.
—Somos hermanas desde niñas. Humberto la ve como familia.
—Peor —dijo Reina—. A la familia es a la que más fácil se le roba.
No le hice caso. Qué tonta fui.
Un año después, Humberto recibió una llamada de un amigo de la infancia que abrió un taller mecánico en Austin. Le ofreció ser socio. Humberto sabía de climas, pero también de motores, porque su papá tenía un taller en la Pleasanton Road. Se fue a Austin un fin de semana. Luego otro. Luego se quedaba toda la semana.
—Es mucho trabajo, mi amor —me decía por teléfono—. Pero nos va a cambiar la vida.
Y sí nos la cambió.
Yo mientras tanto había empezado los trámites para adoptar. Una niña de ocho años que se llamaba Camila. La conocí en un evento del DIF en el centro comunitario. Tenía unos ojos negros enormes y las manos siempre frías. Me enamoré de ella desde el primer día. Quería darle la sorpresa a Humberto cuando volviera.
El día de la sorpresa llegó un jueves de octubre. Me arreglé, fui al centro comercial y le compré a Camila un vestido amarillo con girasoles. Llegué a la casa con el vestido en una bolsa y el corazón latiéndome fuerte.
Abrí la puerta.
Humberto estaba en la sala, sentado en el sillón, con las manos en las rodillas. Maribel estaba parada junto a la ventana, de espaldas. No se volteó.
—Humberto, te tengo una noticia hermosa… —empecé.
—Siéntate, Vero —me interrumpió.
Me senté. Algo en el aire estaba raro. Olía a perfume de Maribel, ese de vainilla barata que se ponía hasta para ir al buzón.
—Tú eres una mujer buena —dijo Humberto—. Por eso sé que vas a entender.
Entonces Maribel se volteó. Y me lo dijo mirándome a los ojos.
—Estoy embarazada, Vero. De tu esposo.
Yo no dije nada. Me quedé viendo la bolsa del vestido amarillo. Pensé en Camila. En que ya le había dicho que iba a tener una mamá. En que no sabía cómo iba a decírselo ahora.
—Es que nosotros no nos buscamos —dijo Humberto—. Fue una cosa que se dio. Pinche pandemia. Tú sabes. La soledad. Tú nunca estabas. Bueno, sí estabas. Pero ya no me ponías atención.
Maribel puso una mano en su vientre. Apenas se le notaba.
—No te hagas la sorprendida —dijo—. Tú sabías que tu esposo me gustaba. Todas lo sabíamos.
Yo me levanté. No grité. No le jalé el pelo como había visto en las novelas. Solo tomé la bolsa del vestido, subí a la recámara y cerré la puerta con llave.
Esa noche no cené.
Al día siguiente Humberto me explicó el arreglo con una calma que me heló la sangre. La casa estaba a su nombre, la había comprado antes de casarnos, con el dinero del taller de su papá. Yo no tenía derecho a nada. Él era “muy generoso” y me dejaba la troca del 2011, una cuenta de banco con cuatro mil ciento ochenta dólares y el terreno del lado este de la ciudad, donde antes vivía mi abuela.
—Y ni se te ocurra pelear —dijo Maribel desde la cocina—. Humberto ya habló con un abogado de la calle Navarro. Tú no tienes nada tuyo. Saliste perdiendo por no hacer contrato prenupcial, pendeja.
Su maleta roja ya no estaba en el cuarto de visitas. Ahora estaba en mi recámara, junto al closet de mi esposo.
Me fui al terreno de mi abuela. Era una casita rodante vieja, con un porche hundido y un nopal gigante junto a la cerca. No había aire acondicionado. El primer día me senté en una silla de plástico, mirando la carretera, sin llorar, sin hablar, sin comer. Pasé tres días así, bebiendo agua de la llave de afuera. El cuarto día fui al Walmart y compré una libreta y un bolígrafo. No sabía para qué.
Fue en el Walmart donde lo vi a él.
Se llamaba Ignacio. Tenía sesenta y un años, el pelo blanco y la espalda derecha como militar retirado. Llevaba un sombrero beige y estaba comprando una caja de duraznos en la sección de frutas. Me vio con la libreta en la mano y me preguntó:
—¿Eres escritora?
Yo solté una risa seca.
—No. Soy una mujer que perdió hasta la sombra.
Él inclinó la cabeza, como si entendiera.
—Mi esposa murió hace ocho años —dijo—. Yo los primeros meses me sentaba en la cochera a ver los carros pasar. Me quedaba horas. Una vez una vecina llamó a la policía porque creyó que yo estaba muerto.
Nos reímos. Fue una risa rara, de esas que salen cuando ya no queda nada adentro.
Resultó que Ignacio vivía a dos cuadras del terreno de mi abuela. Era viudo, con tres hijas casadas que vivían en Houston. Había sido supervisor del distrito escolar y ahora arreglaba podadoras en su tiempo libre. Me invitó a tomar café en su porche al día siguiente. No quiero sonar cursi, pero ese café me salvó.
No pasó rápido. Yo estaba deshecha. Pero Ignacio me traía comida en recipientes de plástico, me ayudaba a arreglar el porche, me contaba historias de Vietnam. Un día me trajo una maceta con una flor de cempasúchil y me dijo:
—Para que te acuerdes que no todo se seca.
Yo lloré. Lloré mucho. Y él no se movió de mi lado.
Nos casamos en un juzgado del condado de Bexar un sábado de diciembre. Ignacio vendió su casa y con eso levantamos una construcción nueva en el terreno de mi abuela. Yo le puse un letrero en la entrada que dice “Aquí vive gente que empezó de nuevo”. Camila vino a vivir con nosotros. Le dimos un cuarto con paredes moradas y una lámpara de estrellas. Ahora me dice mamá y a Ignacio le dice apa.
A Humberto le fue mal. Eso lo sé porque me contó Reina, la salvadoreña, que de vez en cuando me manda mensajes. El taller de Austin quebró cuando el socio se fue con el dinero. Maribel tuvo una niña, pero no era de Humberto. Era del vecino de enfrente, un güero que vendía pastillas en el estacionamiento del mercado. Humberto lo descubrió un día que llegó temprano y encontró una camioneta blanca estacionada en su lugar.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —me preguntó Reina por teléfono.
—Nada —le dije—. No es mi pedo.
La llamada de Humberto entró una noche de febrero. Yo estaba en la cocina, calentando café, y vi su nombre en la pantalla. Contesté sin pensar.
—¿Vero? Soy yo. Necesito hablar contigo.
—Ya hablamos todo —dije.
—No, espérame. No me cuelgues. Ya supe que estás bien. Que te casaste. Que adoptaste. Yo te quise llamar antes, te lo juro. Es que no sabía cómo.
Me quedé callada. Detrás de su voz se escuchaba una niña llorando y un televisor a todo volumen.
—¿Y Maribel? —pregunté, no porque me importara, sino por si acaso.
—Se fue con el güero ese. Se llevó a mi hija, Vero. Bueno, no es mi hija, ya me hice la prueba. Nomás me usó. Tú tenías razón en todo.
Yo no le respondí. Colgué. Así, sin despedirme.
Me quedé un rato con el teléfono en la mano, mirando la lámpara de estrellas de Camila al fondo del pasillo. Después fui a la recámara, abrí la libreta que compré en el Walmart y en la última hoja escribí una sola línea:
“El lápiz con olor a fresa no vuelve a prestarse”.
Cerré la libreta. Apagué la luz. Y me dormí como no dormía desde hacía muchísimos años.
