Doña Socorro se plantó en la entrada del apartamento con la arrogancia de quien cree que el mundo le debe algo. Su perfume barato llenó el pasillo del condominio de Little Havana. Afuera, el sol de Miami caía a plomo sobre los techos de teja, y un vendedor de tamales voceaba en la esquina de la Calle Ocho. La mujer empujó la puerta mosquitera antes de que yo terminara de deslizar la cadena de seguridad. Traía sus propias pantuflas en una bolsa de tela, como si se mudara.
—Dame las llaves, Elena. Aquí va a vivir una familia de verdad —anunció, yendo directo a la sala sin esperar invitación.
Se dejó caer en el sofá de pana verde que compré en una venta de garaje, y ahí mismo se quitó los zapatos de tacón, resoplando. Yo me quedé junto a la mesita del teléfono, con los brazos cruzados, mientras el gato Churro se estiraba con desgano sobre la alfombra de ganchillo que hizo mi abuela. Hacía calor, y el ventilador del techo apenas movía el aire denso.
—Doña Socorro, esta es mi casa. Javier y yo ya estamos divorciados. Usted se equivocó de apartamento —dije, y mi voz sonó más calmada de lo que me sentía.
Ella ni parpadeó. Sacó un pañuelo bordado de la cartera y se secó el sudor del cuello. La cadena de oro de la virgencita le brillaba bajo la luz que entraba por la persiana rota. Un mes atrás, Javier se había ido con una chamaca de veintitrés años llamada Yessica, que trabajaba en un salón de belleza de Hialeah. Me dejó una nota en la mesa de la cocina y los papeles del divorcio firmados. Además, se llevó los ocho mil dólares que teníamos en la cuenta conjunta para el enganche de un carro. Yo pagaba la hipoteca del apartamento sola desde hacía cinco años, mientras él buscaba su vocación mirando telenovelas.
—El apartamento es de los dos. Y Javier va a ser papá —insistió doña Socorro, mientras el teléfono vibraba por quinta vez sobre la mesita—. Yessica está delicada, necesita tranquilidad. Tú te puedes ir a casa de tu mamá en Jacksonville, a descansar. Aquí vamos a pintar la recámara de color durazno para el bebé.
El celular volvió a timbrar. El nombre de Javier aparecía en la pantalla. Llevaba desde las nueve de la mañana llamando, pero yo no pensaba contestar. Mejor me fui a la cocina, puse agua para café. La mujer me siguió, abrió la alacena sin pedir permiso y sacó mi taza favorita, la que tiene un flamenco rosado. La examinó como si buscara mugre.
—Tú no le diste hijos, y ahora él tiene la oportunidad de ser papá —dijo, y sus palabras cayeron como una piedra en el agua caliente—. ¿Para qué quieres dos recámaras tú sola? Recoge tus cosas y déjanos las llaves en la entrada.
El teléfono volvió a sonar. Doña Socorro soltó un bufido.
—Contesta de una vez, muchacha. Seguro es Yessica preguntando si ya te fuiste. Ella es bien determinada. Dijo que si no desocupas hoy, va a venir con la policía.
En ese momento, el aroma del café empezó a llenar la cocina. Yo apagué la hornilla y serví dos tazas. Acerqué la suya hasta la orilla de la mesa.
—A ver —dije, y en lugar de contestar, tomé el celular y puse la llamada en altavoz.
La estática del auricular se mezcló con el ruido de la calle: claxons, un reguetón lejano, viento. La voz de Javier salió disparada, temblorosa y aguda.
—¡Elenita, por favor, por favorcito, atiéndeme! ¡Esa tipa me echó! ¡Me dejó en la calle!
Doña Socorro se quedó petrificada. La taza de café tembló en su mano, un hilo oscuro se derramó sobre el mantel de hule. Las arrugas de su frente se le juntaron todas.
—¿Qué tipa, Javier? —pregunté, y apoyé el teléfono sobre la alacena para que las dos oyéramos bien.
—¡La Yessica! Me desperté y ya estaban mis maletas en el pasillo del edificio, en bolsas de basura. Bajé a comprar pan y cuando volví, la cerradura cambiada. Me gritó por la puerta que no necesitaba un perdedor viejo…
La saliva de doña Socorro se atragantó. Dio un paso hacia la mesita, pero se detuvo en seco.
—Javier… ¿y el bebé? —musitó ella, con la voz convertida en un hilo.
—¡El bebé no es mío, mamá! —chilló Javier, sin registrar la presencia de su madre—. Es del exnovio de ella, el que andaba preso. Regresó la semana pasada y Yessica corrió a sus brazos. Yo solo fui su alcancía de mentiras… ¡Y los ocho mil dólares, Elena, el dinero que saqué de la cuenta! Ella me lo transfirió todo a su tarjeta. Dijo que era una indemnización por haber aguantado mis mañas.
La cocina se volvió un pozo de silencio, solo roto por el zumbido del refrigerador viejo y la respiración entrecortada de doña Socorro. La mujer se soltó el pañuelo de un tirón, y éste cayó sobre el mantel manchado de café.
—¿Y ahora qué va a pasar contigo, mijo? ¿Dónde estás? —gritó doña Socorro, olvidando por completo su papel de intrusa.
—¿Mamá? ¿Tú estás ahí? —Javier sonó confundido, casi ofendido—. No importa, estoy en la parada del autobús de la Flagler. No tengo ni un centavo para el pasaje, la muy desgraciada me dejó limpio. Elena, por lo que más quieras, déjame volver a casa. Me equivoqué, estaba ciego. Diez años juntos… yo te amo, de verdad.
Alcé la vista hacia doña Socorro. Tenía la boca entreabierta, y el rímel le trazaba un canal oscuro bajo los ojos. Ya no era la mujer imponente que exigía las llaves; era una señora mayor cuyo hijo acababa de confesar, a gritos, que perdió hasta la dignidad.
Tomé el celular, lo levanté a la altura de mi barbilla, apunté la pantalla con el dedo para que la foto de Javier —todavía sonriendo como un idiota— mirara a su madre por última vez desde el altavoz.
—No puedes volver, Javier. Aquí ya vive una familia de verdad: Churro y yo. Y nos sobra el espacio para los dos.
Corté la llamada sin despedirme. El teléfono quedó mudo. Doña Socorro se quedó inmóvil, las manos colgándole a los costados. El ventilador del techo chirriaba en el salón, y afuera, un camión de helados dejó escapar su melodía distorsionada. Me sequé las manos en un trapo y señalé hacia la puerta.
—Usted también tiene un apartamento de dos cuartos en el suroeste. Vaya por su hijo, doña Socorro. Él la necesita más que yo. Y llévese sus pantuflas.
La mujer recogió su bolsa, se calzó a medias los tacones, agarró el pañuelo manchado y salió al pasillo con el mismo alboroto con que había llegado, pero con el alma encogida. La puerta mosquitera golpeó tres veces antes de quedarse quieta. Pasé el pasador y apoyé la espalda contra la madera, con el gato entre los pies, ronroneando.
Pasaron cuatro meses. El divorcio se resolvió en una corte del condado de Miami-Dade con la ayuda de una abogada latina que encontré recomendada en el grupo de mamás del barrio. Presenté los estados de cuenta de la hipoteca, los comprobantes de pago y hasta los recibos del supermercado Sedano’s donde demostraba que yo compraba hasta el papel del baño. A Javier le adjudicaron una compensación simbólica de tres mil dólares por el tiempo que llevamos juntos, pero hasta eso malgastó en apuestas deportivas en línea, según supe por una vecina chismosa.
Dos veces me esperó en la parada del metro, con un ramito de flores mustias compradas en el Publix. Se había dejado crecer una barba descuidada y olía a cerveza caliente. Cuando me veía caminar hacia la entrada del edificio, balbuceaba un “Elenita, perdóname”, pero yo ya había aprendido a usar los audífonos a todo volumen y a cruzar la calle antes de llegar a la esquina. La última vez, alcancé a ver cómo una señora lo empujaba con su carrito de mandado, sin disculparse. Ni siquiera levantó la mirada. Doña Socorro no volvió a aparecer. Supongo que ahora pinta su propia recámara de color durazno para el hijo pródigo, sin presupuesto para contratar a nadie.
Esta mañana, mientras Churro se afilaba las uñas en el poste de la cama, preparé un café cargado y me senté frente a la ventana. La lluvia de abril golpeteaba suave en las hojas de los plátanos que crecen junto al estacionamiento. No había prisa. El apartamento era mío, la hipoteca estaba al día, y la paz olía a granos de café colombiano tostándose en la cocina.
