El gato la despertaba cada domingo a las siete

El gato la despertaba cada domingo a las siete. Ella pensaba que era hambre, hasta que miró por la ventana

Lola vino a la clínica diciendo que su gato estaba estropeado.

Así, tal cual.

— Rufián se ha roto. Antes era normal. Ahora los domingos a las siete se convierte en alarma nuclear.

Rufián, un gato blanco y negro con cara de alcalde jubilado, salió del transportín como si viniera a declarar ante notario. Se sentó, se lamió una pata y me miró con la tranquilidad de quien sabe que el problema no es él.

Lola vivía en Málaga, trabajaba toda la semana en una oficina y defendía el domingo como otros defienden una herencia.

— Es mi único día de dormir — dijo. — Y este señor me muerde el pelo, tira el móvil, maúlla en mi oído y luego se va a la puerta a llorar.

— ¿Solo domingos?

— Solo.

— ¿Qué ocurre los domingos a esa hora?

— Mi marido, Iván, se va a pescar.

La frase salió fácil. Demasiado fácil.

Luego Lola frunció el ceño.

— Bueno… supuestamente.

Me contó que antes la pesca era un espectáculo: cañas por el pasillo, nevera portátil, botas llenas de barro, olor a río. Pero desde hacía meses Iván salía como ladrón: ropa lista en el baño, móvil sin sonido, nada de cañas. Volvía oliendo a colonia cara.

— Pero yo no quiero saber — dijo. — Quiero dormir.

Le respondí:

— Quizá Rufián no quiere que duerma justo porque usted ya sabe.

El domingo siguiente se levantó.

Rufián empezó a las 6:59. Lola caminó hasta el salón y miró por la persiana. Iván bajaba sin cañas. En la esquina esperaba un coche rojo. Una mujer salió, lo abrazó, y él la besó con una naturalidad que no se improvisa.

Lola dijo después que lo peor no fue el beso.

Fue recordar cuántas veces él la llamó exagerada.

Cuando volvió, ella le preguntó:

— ¿Traes pescado?

— Hoy nada.

— Mentira. Traes otra vida encima.

Le mostró el vídeo.

Iván quiso culparla por espiarlo. Lola se rió. No de alegría, sino de cansancio.

— No te espié yo. Me despertó mi gato. Y mira qué curioso: él sí tenía razones.

El matrimonio terminó. Dolió, claro. Dolió perder la costumbre, las fotos, las vacaciones planeadas, incluso la mentira cómoda de los domingos.

Pero Rufián volvió a dormir.

Y Lola también.

Hoy los domingos en su casa empiezan tarde. A veces con café, a veces con churros, siempre con Rufián ocupando media cama como si fuera el dueño moral de la verdad.

Porque hay animales que no hablan.

Pero algunos, cuando todos callan, hacen ruido suficiente para salvarte.

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