La jauría

Mateo se pegó a la pared de ladrillos. El polvo del lote le resecaba la garganta y el sol de las tres de la tarde caía sobre Santa Ana como una plancha caliente. Detrás escuchó los pasos sobre la grava, el silbido agudo con el que siempre anunciaban la cacería.

—¿A dónde tan rápido, güey? Si apenas empieza el recreo.

Era la voz de Alex, el que siempre llevaba la gorra de los Dodgers torcida y tenía a todos del salón comiendo de su mano. Mateo no volteó. Siguió andando, con la mochila apretada contra la espalda, los libros de la biblioteca golpeándole el omóplato.

—Te estoy hablando. ¿O eres sordo aparte de cuatro ojos?

Esta vez Mateo sí se detuvo. No porque quisiera hacerles frente, sino porque las piernas dejaron de obedecerle. Diez contra uno, y él pesaba menos que una caja de naranjas. Los puños se le cerraron solos, pero sabía que de nada servía.

En la escuela nueva nadie le hablaba sin que sonara a burla. Su mamá trabajaba turnos dobles en un restaurante del strip mall sobre la Bristol, y cuando llegaba a casa a las once de la noche, apenas le quedaba voz para preguntar cómo le fue. Mateo siempre mentía: «Bien, amá, todo bien». El papá llamaba cada dos domingos desde un taller en Stockton; las llamadas duraban menos de lo que tarda un taco en la plancha, puros «cuídate» y «portate bien». Mateo se había acostumbrado a no esperar nada de nadie.

Hasta que encontró al cachorro.

Fue el martes 14 de noviembre, detrás del portón azul de la construcción abandonada sobre la McFadden. El chucho tenía el lomo color caramelo y una oreja levantada, la otra caída como una hoja de elote. Mordisqueaba una lata de frijoles vacía y ladraba a las moscas. Mateo sacó el último pedazo del burrito de frijol que no se comió en el lunch y se lo ofreció. El animalito tragó entero, se relamió los bigotes y le puso las patas en la rodilla.

—Te voy a llamar Chispa —dijo Mateo en voz bajita, acariciando el pelaje áspero.

Esa tarde conoció también a Don Eulalio. Salió del cascarón de la obra con una escoba en la mano, una perra negra pegada a sus talones y un rosario tatuado en el antebrazo.

—¿Y tú quién eres, chamaco? Aquí no puede entrar nadie.

Mateo se congeló. La perra negra lo olfateó las rodillas y luego se echó a sus pies, bostezando.

—Se llama Chispa —aclaró Mateo, señalando al cachorro.

Don Eulalio arrugó la frente, pero la perra negra ya le lamía la mano a Mateo, moviendo la cola como una batidora. Al viejo se le escapó un resoplido.

—Con los perros no se puede mentir. Si la Negra te acepta, algo bueno tienes. Pero como te agarre robando fierro, te cuelgo de las orejas.

Desde entonces Mateo se escapaba tres veces por semana. Ayudaba a Don Eulalio a recoger las latas de aluminio, le cebaba el radio de baterías y escuchaba las historias de cuando el viejo pizcaba uva en Delano. La Negra custodiaba la entrada mientras Chispa perseguía su propia cola.

Lo que Mateo no sabía era que Alex y los demás ya lo habían seguido.

El jueves la maestra anunció el resultado del examen de sociales. Mateo sacó la nota más alta del grupo. Mientras recogía el papel, sintió las miradas perforándole la nuca y los cuchicheos. Salió de la escuela con el corazón disparado y las orejas ardiendo. No se fijó en las sombras que se desprendieron de la barda del lavado de autos.

Corrió las cuatro cuadras hasta el lote. Chispa ya lo esperaba con la lengua de fuera.

—Mira, hoy me fue bien —le contó Mateo, sacando una tortilla envuelta en papel aluminio—. Con eso compramos un collar nuevo.

El perro devoró la tortilla en dos masticadas.

Justo entonces una pedrada rebotó en el tambo del agua.

—Ahí está el sabelotodo. Y trajo lonche para el perro callejero.

Eran Alex, Brian y dos más que Mateo ni se molestó en identificar. Traían palos de escoba y la misma sonrisa de quien está a punto de romper algo.

—Déjenlo. Nomás vengo a jugar con él —Mateo se puso de pie, interponiéndose entre Chispa y los muchachos.

—No nos interesa el perro —dijo Alex, y le arrebató la mochila.

Mateo se abalanzó para recuperarla, pero Brian lo empujó contra la malla ciclónica. La espalda le tronó. Vio cómo Alex rebuscaba entre los cuadernos y arrancaba la hoja del examen.

—Mira, sacaste puro diez. Te mereces un premio.

El examen cayó al suelo hecho pedazos. Mateo sintió un vacío en el estómago. Pero lo peor llegó cuando Chispa, asustado, soltó un gañido y corrió hacia él. Alex lo atrapó por la piel del lomo sin esfuerzo.

—Suéltalo.

—Ven y quítamelo, cuatro ojos.

Mateo avanzó con la garganta cerrada. Brian le puso el pie para hacerlo tropezar y los otros celebraron con una carcajada. Cayó de rodillas sobre un colchón de grava.

El gruñido que siguió no lo produjo ninguna persona.

La Negra saltó desde detrás del portón con los belfos encogidos. La siguieron dos perros más del vecindario, un pastor callejero y una hembra atigrada que Don Eulalio dejaba dormir entre los escombros. Los chicos retrocedieron. Alex soltó a Chispa y éste escapó chillando hacia Mateo.

— ¡Sálganse! ¡Están rabiosos! —gritó Brian, y echó a correr con los demás pisándole los talones.

El grupo saltó la malla y se perdió tras la cortina de buganvilias de la calle de atrás. La Negra y los otros se detuvieron en la orilla del lote, jadeando. No había sangre, pero uno de los muchachos había dejado un zapato en la huida.

Don Eulalio llegó cojeando, con la radio a todo volumen y la cachucha de los Padres calada hasta las cejas.

—¿Qué hicieron los perros? —preguntó al ver los rostros de Mateo y Chispa.

Mateo le contó todo entre sollozos. El viejo acarició la cabeza del muchacho sin decir palabra y luego le puso la mano en el hombro.

—No te apures. Aquí nadie va a volver.

Pero volvieron. Al día siguiente, cuatro padres de familia se plantaron en la dirección de la escuela con una denuncia formal: una manada de perros salvajes merodeaba la construcción abandonada. A las tres de la tarde una camioneta del animal control estacionó frente al lote.

Mateo llegó corriendo desde la parada del autobús 53. La jaula ya estaba abierta y un oficial forcejeaba para meter a la perra atigrada. Otro cargaba una red. Mateo gritó desde la acera:

— ¡No haga eso! ¡No están enfermos! ¡Fue culpa de los muchachos!

—Retírate, chico. No podemos arriesgarnos.

Las lágrimas le corrían hasta el cuello. Chispa y la Negra no aparecían. Don Eulalio tampoco.

Mateo pasó la noche con fiebre. Su mamá le puso compresas de vinagre en la frente y pensó en llevarlo a la clínica del barrio, pero no había dinero hasta el viernes. El muchacho deliraba con la imagen de la camioneta, la jaula, la mirada de la perra atigrada antes de que la encerraran. El sábado la temperatura bajó, pero Mateo no quería comer.

El domingo por la tarde sonó el timbre. La mamá secó el mole de las manos en el mandil y abrió.

Don Eulalio estaba en la entrada con una caja de cartón perforada a los lados. De la caja salía un gemido agudo y familiar.

—Dice el chamaco que éste es suyo. Y yo ya estoy viejo para cuidar dos bocas. Deme permiso de pasar, señora, el sol me hace daño.

Carmen los dejó entrar. Mateo escuchó los ladridos y se levantó de la cama como si la fiebre nunca hubiera existido. Chispa saltó de la caja y le lamió los cachetes salados.

—Los perros no hicieron nada, mamá. La Negra sólo defendió al Chispa. Los únicos animales eran los otros —dijo Mateo, con la voz todavía ronca.

Carmen miró al viejo. Don Eulalio se encogió de hombros.

—Yo hablé con el oficial. Les prometí que los perros estaban vacunados y que me los llevaba al cuarto de la obra. La jaula pasó de largo. Ahora sólo hay que decidir qué pasa con ese escuincle —añadió, señalando a Chispa, que ya se había subido al sofá.

Carmen se quedó callada un minuto largo. En la radio del viejo, que todavía traía colgada, Chavela Vargas cantaba «Paloma Negra». Por fin, la mujer alzó las cejas.

—Se queda. Pero el que limpia el patio y recoge las heces eres tú, Mateo. Y el perro duerme en su esquina, no en la cama.

Mateo sintió que el pecho se le ensanchaba. Chispa ladró dos veces, breve y cortante, como quien firma un contrato.

Lo que vino después nadie en la McFadden lo esperaba. El lote baldío se libró de la perrera, pero también de los vagos. Los compañeros de Alex empezaron a cruzar la calle en cuanto Mateo aparecía con Chispa a un costado. Quién sabe si por miedo a los dientes de la Negra, que seguía patrullando la construcción, o porque Don Eulalio se paraba cada mañana en la puerta de la escuela con la cachucha calada y una bolsa de pan para ofrecer a los maestros. Lo cierto es que la jaula no volvió. La manada que quedó fue otra: un chavalo de sexto grado, un viejo guardián, una perra negra, un pastor sin dueño y un cachorro color caramelo que cada tarde mordisqueaba la misma lata de siempre, sobre la misma grava, ahora con un collar rojo que decía su nombre.

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Odissea
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