Marisol terminó de archivar los historiales clínicos, apagó la computadora y se lavó las manos con un desinfectante que olía a toronja. En el Centro de Salud Familiar del sur de Albuquerque el turno acababa a las cinco, pero ella llevaba dos horas extra moviendo expedientes de un lado a otro sin necesidad. Afuera, las Sandias ya se teñían de un rosa intenso con la puesta del sol, y la brisa del desierto apenas movía la bandera de Nuevo México en el asta del estacionamiento. A Marisol no le urgía llegar a casa.
Los últimos dos meses Héctor apenas le hablaba. Regresaba del taller oliendo a gasolina y a algo más, se sentaba en el sillón y se quedaba dormido con el control remoto en la mano. Marisol se repetía que era la temporada de más chamba, que el negocio de transmisiones apenas daba respiro antes de la época de nieve y que todo volvería a la normalidad. Pero la normalidad se les había ido sin avisar.
En el pasillo resonaron unos pasos renqueantes. Doña Carmen, la vecina de la otra cuadra, entró al consultorio con una mano en la cadera y la respiración entrecortada.
—Mija, ¿me checas la presión? —dijo mientras se dejaba caer en la camilla—. Traigo el pecho apretado desde que me comí esos tamales de chicharrón.
Marisol le puso el brazalete, bombeó y escuchó con el estetoscopio.
—Ciento treinta sobre ochenta, doña Carmen. Para los setenta que carga encima, eso es un lujo.
La señora se acomodó el reboso y miró a Marisol con esos ojos de quien ya masticó un chisme toda la semana y ya no se lo puede guardar.
—Un lujo… ¿Y tú hasta qué horas aquí encerrada? Tu casa solita y Héctor ni sus luces.
—Anda en el taller con lo de las trocas. Ya sabe cómo es él.
—En el taller… —Doña Carmen soltó un bufido—. Su troca está parqueada detrás de la oficina de la contadora Verónica desde las cuatro. Todo el barrio lo comenta, nomás tú haces como que no ves.
Marisol sintió un golpe seco y caliente justo atrás del esternón. Recordó cómo Héctor había empezado a echarse loción antes de salir, cómo se quejaba de que la caja registradora estaba «fallando» y él tenía que ir a checarla con la contadora a horas raras, y cómo su chamarra de trabajo a veces traía un perfume dulzón como de vela de vainilla barata.
—Gracias por el dato —dijo despacio—. Vuelva mañana y le tomo la presión en ayunas, ¿sí?
La vieja entendió que ahí no iba a arder Troya, se incorporó arrastrando los chanclos y se fue por el pasillo refunfuñando algo de que las mujeres de ahora ya no tenían sangre.
Marisol apagó las luces del consultorio y se fue caminando a casa bajo los postes de luz anaranjada. La cabeza le iba a reventar. Diecisiete años juntos: levantar la casa, pagar el taller, sacar adelante a Andrés desde que era un escuincle hasta el muchacho que ahora trabajaba los fines de semana en un restaurante de la Cuarta para ahorrar para la universidad. Diecisiete años viéndole la espalda ancha y las manos llenas de grasa a Héctor, jurando que era un hombre derecho, de esos que no se iban con cualquiera. Y ahora resultaba que sí.
Frente a la reja de la casa se detuvo. Andrés estaba a un mes de entrar al primer semestre en Central New Mexico Community College. Colegiatura, libros, una laptop que aguantara los programas de diseño… Solo con lo que ella ganaba como enfermera no alcanzaba. Si ahora armaba un pleito, Héctor se iba a emperrar, vaciaba la cuenta conjunta y se largaba con su troca a vivir con Verónica. «Aguanto», se dijo mientras metía la llave en la cerradura. «Tarde o temprano se le baja la calentura. Allá no va a tener su cafecito de olla ni su chile colorado los domingos.»
Héctor llegó casi a la medianoche. Se quitó las botas en la entrada y ni volteó a verla.
—El motor de una Silverado nos dejó tirados hasta Central y Río Grande —mintió con la boca pegada al plato de frijoles que Marisol le puso sobre la mesa.
—Sí, claro —respondió ella sin levantar la voz—. Cómetelo antes de que se enfríe.
Él hundió la cuchara sin decir más. Marisol lo miraba de reojo mientras tallaba una cazuela en el fregadero. Quería preguntarle qué carajos le faltaba en la casa, por qué se andaba enredando con una mujer que olía a vela de supermercado. Pero se mordió la lengua. Un escándalo ahora era la colegiatura de Andrés tirada a la basura.
Así pasaron tres semanas. Marisol se levantaba a las cinco, se echaba agua fría en la nuca y preparaba café de olla. Horneaba empanadas de calabaza, trapeaba el piso de cerámica del pasillo, planchaba las camisas de Héctor sin una queja. Mantenía la casa impecable, como si el orden pudiera frenar lo que se venía. Héctor llegaba tarde, cenaba callado y respondía con puros gruñidos. Dormía al borde del colchón, dándole la espalda. Ella se quedaba horas con los ojos abiertos escuchando cómo el hombre a su lado respiraba como si estuviera en otra parte.
Andrés también notó el temblor. El muchacho andaba hosco, se encerraba en su cuarto y ya ni prendía la consola. La casa se iba llenando de un silencio tenso, como cuando el monzón carga las nubes y uno sabe que va a tronar.
El sábado Héctor llegó antes de las tres de la tarde. Sin quitarse las botas cubiertas de lodo del taller caminó directo por el pasillo recién trapeado y dejó una hilera de huellas oscuras sobre las losetas claras. Marisol estaba en la cocina picando cebolla para el guisado del lonche. No pudo apartar los ojos de aquella marca negra sobre el piso: en diecisiete años ese hombre jamás había pisado dentro de la casa con las botas puestas.
—Marisol —dijo Héctor parado en el marco de la puerta—. Me voy. Me mudo con Verónica.
Ella puso el cuchillo sobre la tabla de madera y se secó las manos en el delantal. Giró hacia él sin prisa.
—¿Y la casa?
—La casa se queda para ti y Andrés. Tú sabes que no soy malo. Pero el dinero del banco y la troca me los llevo. Verónica tiene goteras en el techo de su departamento y la niña necesita útiles para el kinder.
—¿El dinero? —A Marisol se le quebró la voz—. Héctor, lo estuvimos juntando tres años para que Andrés entre al college. Le falta un mes.
—Tu hijo ya está grande. Que pida una beca o que se busque un trabajo de medio tiempo; que le eche ganas. Yo esa lana me la gané con estas manos —respondió él, alzando las palmas llenas de cicatrices de grasa y fierro.
La puerta principal se abrió de golpe. Andrés entró con el uniforme del restaurante todavía manchado de salsa verde. Miró las huellas en el suelo, miró a su padre plantado con las botas puestas y luego vio la maleta vieja junto a la mesa.
—¿Qué está pasando, apá?
—Nada. Ya hablé con tu mamá. Me voy con otra persona.
Andrés apretó las mandíbulas. Se quedó un rato viendo las marcas en el piso y luego soltó el aire.
—Claro. Te llevas la lana del college, ¿verdad? La que me prometiste.
—Eso no es de tu incumbencia.
—Llévatela —contestó Andrés con la voz ronca—. Llévate todo y lárgate. Yo dejo el restaurante y me meto de ayudante de mecánico en la llantera de la Isleta. Y tú, pa, para mí ya no existes.
Héctor arrugó la cara, soltó una maldición por lo bajo, agarró la maleta y desapareció por la puerta delantera. Marisol se dejó caer en una silla de la cocina y se quedó mirando las huellas secas en el pasillo.
El primer mes fue como caminar por un campo de espinas. En la panadería de la Bridge las señoras cuchicheaban; en la misa del domingo las comadres la miraban de reojo. Doña Carmen volvió otras dos veces a medir la presión, con la esperanza de sacarle algún detalle. Pero Marisol no soltó ni una palabra. Se tragó el orgullo junto con el café y siguió adelante.
Con sorpresa descubrió que vivir sin Héctor era mucho más liviano. No había que descifrar sus silencios, ni tallar las costras de grasa del lavabo, ni fingir que todo marchaba bien. Andrés cumplió su palabra: entró a trabajar en la llantera todos los días, llevaba su sueldo intacto hasta la casa y lo metía en una caja de zapatos debajo de la cama. Madre e hijo pintaron juntos las paredes del cuarto de atrás que siempre habían querido arreglar y sacaron al patio los fierros viejos que Héctor acumulaba junto al tambo de basura. La casa empezó a oler a pintura fresca y a chile verde asándose en el comal.
A finales de agosto, cuando el calor todavía apretaba y las trocas de la mudanza empezaban a verse por la avenida, Verónica irrumpió en el Centro de Salud hecho un manojo de nervios. Traía el cabello despeinado, las uñas mordidas y los ojos como platos. Casi tira la puerta del consultorio.
—¡Marisol! ¡Por favor! —chilló agarrándose del mostrador—. ¡Tu esposo, Héctor…! ¡Tiene tres días sin salir del cuarto, toma sin parar! ¡Me rompió la ventana del porch, le gritó a mi niña, y ahorita está allá tirado en el sofá sin querer bañarse! ¡Tú tienes que hacer algo!
Marisol cerró el expediente que estaba revisando y la observó con la misma calma con que tomaba los signos vitales a un paciente intoxicado.
—¿Y?
—¡No me salgas con “y”! ¡Es tu marido! ¡El papá de tu hijo! ¡Ven y llévatelo de vuelta, tú lo conoces mejor!
—Verónica… —Marisol juntó las manos sobre el escritorio—. Héctor es de esos hombres que no beben nunca, salvo cuando algo les truena por dentro. Entonces se agarra un alcoholismo galopante que le dura una semana entera. Por años le puse suero yo misma, le mentí al dueño del taller, le rogué al padre Ángel que me ayudara a mantenerlo quieto. Pero ahora el que vive con él eres tú. Tú lo querías con todo: con el taller, la troca, la lana y sus demonios. Pues ahora te toca cuidarlo, mija. Es todo tuyo.
La contadora retrocedió como si hubiera pisado una víbora. Le temblaba la barbilla.
—¡Yo no soy su enfermera! ¡Tengo una hija chiquita, no puedo tener a ese loco en la casa! ¡Lo saqué al garaje y desde ahí está gritando! ¡Tú estás acostumbrada a eso, llévatelo por caridad!
—No es un mueble que ando moviendo de casa en casa. Te metiste con un hombre casado: ahora te aguantas. Y no me vuelvas a pisar el consultorio.
Verónica salió dando un portazo. En la recepción se hizo un silencio de misa. Esa noche Marisol volvió caminando a casa bajo un cielo lleno de estrellas, con una paz rara en el pecho.
Al llegar encontró a Héctor tirado junto a la barda del jardín. La camisa hecha un remiendo, los ojos vidriosos y un tufo agrio a tequila barato que se sentía desde la banqueta. Andrés ya estaba parado en el porche con un bate de béisbol que había sacado del clóset.
—Mamá, échalo —dijo el muchacho en voz baja—. Yo no quiero dormir bajo el mismo techo que ese. Si lo dejas entrar, esta misma noche me voy a dormir a la troca de mi tío.
Marisol miró a su hijo, luego al hombre que alguna vez le había prometido que nunca la dejaría sola.
—Adentro de esta casa no vuelves a poner un pie, Héctor —dijo con una claridad que hasta a ella le sorprendió—. Ya no hay familia, no hay esposa, no hay perdón. Pero tampoco voy a dejar que te mueras en la calle como un perro.
Señaló la vieja casita de herramienta que había al fondo del patio, una construcción de adobe con un cuartito y una estufa de leña que usaban para los tamales en Navidad.
—Te quedas ahí. Mañana te lavas con la manguera. Y del cheque del taller me entregas la mitad para la colegiatura de Andrés y otra parte para lo que te vas a comer. Si fallas un solo pago, la puerta se te cierra para siempre.
Héctor bajó la cabeza hasta casi tocar el pecho. Se levantó con dificultad y se fue arrastrando los pies hacia la casita. Andrés se quedó un rato mirando al patio, luego soltó el bate sobre la mesa y se fue a su cuarto sin decir nada.
Septiembre llegó con la brisa fresca del otoño. El sábado del fin de semana de Labor Day, Andrés subió su maleta a la troca de un amigo y se fue a Albuquerque a instalarse en los apartamentos de estudiantes. Marisol le había comprado la laptop con lo que juntaron entre el trabajo de la llantera y los pagos que Héctor ya había empezado a dejar en un sobrecito sobre la mesa de la cocineta. Cuando vio al muchacho despedirse con la sonrisa ancha y la cabeza rapada, supo que ese chamaco ya no necesitaba a nadie para salir adelante.
Héctor dejó de beber a la fuerza, se bañaba en el cuartito de servicio y empezó a ir al taller en las mañanas como si nada hubiera pasado. Frente a los vecinos seguía siendo el mismo mecánico ruidoso de siempre, pero al llegar a la casa se volvía una sombra. Cada viernes, puntual, depositaba el sobre sobre la mesa de madera de la cocineta y regresaba a su casita de adobe. Marisol le llevaba ollas de menudo, le ponía el tupper cerca de la puerta y se iba sin cruzar palabra.
Verónica renunció a la oficina a principios de octubre. Ya nadie se acordaba del chisme porque hubo otros: una muchacha de la Central se fugó con un mariachi, a doña Carmen le dieron a probar un medicamento nuevo y ahí andaba toda la iglesia comentando. La vida de Marisol se asentó como la tierra después de la tormenta. Ya no había que adivinar humores, ni tallar manchas ajenas, ni fingir que el amor seguía vivo porque no estaba muerto.
A veces, cuando el cielo de Nuevo México se volvía naranja y el viento traía el polvo del desierto, Marisol se sentaba en el porche con una taza de café de olla y miraba la luz prendida de la casita del fondo. Se sentía ligera. Más ligera de lo que se había sentido en diecisiete años.
