La fuerza de una copla

La primera vez que Luisito le dijo que se iba a casar, a doña Gloria casi se le atraganta el pastel de guayaba.

—¿Con quién? —preguntó, secándose las manos en el delantal, sin levantar la vista.

—Con Mariana. La conocí en el…

—Ay, Luis, si no te voy a pedir el acta de nacimiento —lo cortó ella—. Tráela, quiero conocer a la muchacha.

Pero cuando la trajo, a doña Gloria se le cayó el alma a los pies.

Vivían en un caserón de dos plantas en la parte vieja de Orlando, con marquesinas oxidadas y un patio de buganvilias que la propia doña Gloria podaba cada sábado. Profesora universitaria jubilada, con una maestría en literatura colonial y un orgullo que no le cabía en el pecho. Para ella, la palabra era sagrada. Y la pronunciación, un asunto de clase.

Mariana era preciosa. Piel canela, trenza negra hasta la cintura, ojos de venadito asustado. Pero en cuanto abrió la boca, a doña Gloria le rechinaron los dientes.

—Mucho gusto, señora. Mi nombre e' Mariana, y vengo con mucho cariño a conosé a la familia de Luisito.

Ese "e'" en lugar de "es". Ese "conosé" sin la "r" final. Doña Gloria sintió que le clavaban una aguja detrás de la oreja.

—El gusto es mío, siéntense por favor —respondió con una sonrisa de hielo—. ¿Y a qué te dedicas, Mariana?

—Yo trabajo en un daycare. Cuidando niño' chiquito'.

Doña Gloria parpadeó. "Niño' chiquito'". El plural raspado. El apóstrofe invisible.

—Qué interesante —dijo, y se giró a la cocina con la excusa de traer más café.

A solas frente al fogón, se persignó. "Dios mío, esta muchacha no sabe hablar. Mi hijo, que creció entre libros, que declamaba a Darío a los ocho años, se va a casar con una mujer que dice 'conosé'".

Esa noche discutió con su esposo, don Armando, un hombre bajito y silencioso que pasaba más tiempo en el garaje arreglando radios viejos que en la sala.

—Pero Glorita, si es un amor de muchacha.

—¡Ay, Armando, no me vengas con eso! ¿Tú la oíste? Dijo "pa' atrá" en lugar de "para atrás". ¿Qué va a decir la gente en la facultad? ¿Qué va a decir mi hermana Cecilia?

—Que la muchacha es buena gente, y que tu hermana Cecilia es una metiche.

Pero doña Gloria no se dejó convencer. Durante semanas se dedicó a corregir a Mariana en cada oportunidad, con la sutileza de un martillo hidráulico.

—Mija, no se dice "haiga". Se dice "haya". Repite conmigo: haya.

—Haya —decía Mariana, con esa paciencia de santa que solo tienen las muchachas que han trabajado con quince niños de tres años al mismo tiempo.

—Y se dice "dijeron", no "dijieron".

—Dijeron.

Luisito le rogaba a su madre que parara, pero doña Gloria sentía que era su deber cívico. No iba a permitir que sus futuros nietos crecieran, como decía ella, "hablando en analfabeto".

Un domingo a finales de noviembre, la cosa estalló.

Habían invitado a comer a la tía de Mariana, una mujerona de campo llamada Carmen que llegó desde Homestead con tres bolsas de viandas, aguacates, mameyes y dos galones de leche cruda que olía a establo.

—Doña Gloria, qué casa tan bonita tiene usté. Y tan limpiesita, como si no viviera naiden aquí —soltó Carmen, con su mejor intención.

Doña Gloria sintió un espasmo en la mandíbula. "Naiden". Dijeron "naiden". Junto, en una sola frase. Tragó saliva mientras servía el arroz con gandules.

En el patio, después del almuerzo, Carmen le dio un codazo a Mariana.

—Cántate algo, mija. Una buena copla. Pa' que vean lo que eres.

—No, tía, por favor…

—¡Ay, canta, que aquí entre familia no hay pena!

Y Mariana cantó.

Pero qué manera de cantar.

No era "canto bonito". Era como si de repente el aire se hubiera vuelto espeso, como si las buganvilias del patio se hubieran encendido solas. Una copla con sabor a campo abierto, a tierra mojada, a mango maduro. La voz le salía del centro del pecho, limpia y redonda, sin una sola "s" comida, sin una sola "r" desaparecida. En el canto, Mariana no arrastraba nada. Era puro cristal.

Doña Gloria, que había escuchado a Contreras, a Simón Díaz, a todos los grandes en vinilo y en CD, se quedó con la taza de café a media altura, la boca entreabierta, los ojos humedecidos sin permiso.

Don Armando, callado, se giró hacia su esposa y le dijo bajito:

—¿Viste, Glorita? La muchacha sabe hablar. Sabrá cuándo usarlo.

Esa noche, Gloria no durmió.

No era solo la voz. Era la certeza repentina, la incomodidad en el pecho como una astilla caliente, de haberse equivocado de punta a punta con la muchacha. Ella, que tanto hablaba de educación, de "formar ciudadanos", de "defender el idioma", no había sido capaz de ver nada más allá de una "s" ausente. Y esa muchacha del campo, con su trenza y sus "niño' chiquito'", tenía más gracia en la garganta que ella en todos sus libros.

Pasaron quince años.

Quince navidades, quince cumpleaños, quince veranos de sol agresivo y mangos cayendo desde el árbol del vecino. A doña Gloria se le llenó la casa de nietos: dos varones y una nena que era idéntica a Mariana pero con los ojos verdes de Luisito. Los nietos le decían "Abue Glo" y se le trepaban en las rodillas manchadas de mermelada sin importarles cuántos títulos tuviera.

Aquella primera incomodidad se fue diluyendo como el azúcar en el café. Y en su lugar fue creciendo otra cosa, un afecto manso de sábados en el patio y sopa de pollo en la cocina. Pero había un pacto de silencio, una herida vieja que ninguna tenía el coraje de tocar.

El día del aniversario número quince de Mariana y Luisito, doña Gloria insistió en organizar la celebración.

—Alquilo el salón del club puertorriqueño. Porque yo quiero que sea en grande, caramba. No van a celebrar quince años de matrimonio con un pastelito en la sala.

—Pero doña Gloria, no se gaste… —empezó Mariana.

—Mariana, por el amor de Dios, llámame Gloria. O Glorita, como todo el mundo. Que ya no soy tu suegra, yo soy tu familia.

Y esa noche, bajo las guirnaldas de papel crepé y los abanicos de techo girando lento, con todo el barrio reunido en mesas largas decoradas con flamboyán, doña Gloria se puso de pie. Chocó la cuchara contra la copa de sidra, y cuando el bullicio se fue apagando, se giró hacia Mariana.

—M'hija —dijo, y la palabra le salió redonda—. Yo sé que no te lo he dicho en todos estos años, y me da una vergüenza que me parte el alma. Pero te debo una disculpa. Por tonta. Por ciega. Por sorda, sobre todo. Tú llegaste a esta casa y yo solo veía lo que te faltaba, sin pararme un minuto a mirar lo que traías. Te juzgué, y me equivoqué. Y esta familia, mis nietos, mi hijo… todo lo que somos hoy te lo debemos a ti. Así que, si me perdonas la vida, quisiera pedirte una sola cosa.

Mariana, de pie al otro lado del salón, ya tenía los ojos vidriosos.

—Lo que usted quiera, Glorita.

Doña Gloria sonrió.

—Que me cantes una copla, m'hija. De esas tuyas, que me llevan al cielo. Y perdóname todo lo que no supe verte.

No hubo más palabras. Solo el silencio expectante del salón, y después la voz de Mariana, subiendo como la marea, llenando el club de campo y de cielo, lavando de una vez por todas aquella última mancha del pasado.

Doña Gloria cerró los ojos. Y si alguien le hubiera preguntado qué era lo más parecido a la felicidad, habría dicho: esto. Aquí sentada, en esta noche de mayo, escuchando cómo canta su nuera y sabiendo, sin ninguna duda, que los errores también se pueden deshacer cuando hay tiempo y cuando hay amor.

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Odissea
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