Llevábamos casi cinco años viviendo en esa casa en El Paso, una ranchería modesta cerca del Franklin Mountains State Park, sin más ruido que los camiones de la yarda los sábados por la mañana y el tintineo de las campanillas de viento que me heredó mi abuela. Para mí, ese sonido era un arrullo; para mi esposo, que en paz descanse, era la señal de que estábamos en casa. Hasta que se mudó Doña Clara al otro lado de la calle. El camión de mudanzas ni siquiera había terminado de descargar cuando ya la vi parada en su entrada, con los brazos cruzados y un ceño que apuntaba directo a mi jardín.
Los primeros días fueron cosas pequeñas. Que si mis botes de basura junto al garaje le daban un "aspecto corriente" a la cuadra. Los moví sin decir nada, pensando que con un poco de aceite se calman los engranes. Luego fue que el aroma de mi guisado de chile colorado le molestaba cuando cocinaba con la ventana abierta. Cerré mi ventana, aunque estábamos a mediados de agosto y el calor en esa cocina se sentía como horno de panadería. Pero uno trata de ser buen vecino, ¿no? Uno aguanta. Sobre todo en una comunidad donde todos se conocen y el chisme corre más rápido que el agua por una acequia seca.
Pero a Doña Clara le gustaba apostarse en su porche como un halcón vigilando su presa, con su taza de café de olla bien caliente y su mirada pasando inventario de todo lo que yo hacía. Barría yo la entrada, ahí estaba. Podaba mis rosales, ella torcía la boca. Hasta las campanillas de la abuela le parecieron una ofensa: "Que el tintineo ese no me deja oír mis novelas en la tele, Marisol". Un martes me lo dijo con su dedo índice apuntándome, a las tres y media de la tarde, como si yo fuera una niña. Le expliqué con toda la calma del mundo que esas campanillas eran como un rosario para mí, el último regalo de mi abuelita antes de irse. Ella soltó un bufido. "Pues ruido es ruido, y la ordenanza de la ciudad es muy clara. Y ya llamé una vez a la ciudad por lo de tu perro ladrando, así que no me tientes".
Bueno, pues ahí fue cuando se le ocurrió lo de la cerca.
Resulta que mi difunto marido había levantado esa cerca de cedro unos diez años atrás, justo antes de que le diagnosticaran lo del páncreas. Él la quería alta para que nuestros nietos no se treparan y se fueran rodando al arroyo seco de atrás. La levantamos un sábado entre todos, con birria y cerveza, y la pintamos de un color caoba que se veía precioso con el atardecer del desierto. Para mí, esa cerca no era solo madera; era la última cosa que construimos juntos. Cuando Clara empezó a insinuar que "violaba el límite municipal de altura", sentí un calambre en el estómago. No por miedo a ella, sino por lo que significaba tener que tocar esa pared de madera.
El martes siguiente, un inspector de la ciudad se paró frente a mi casa. Traía su portapapeles, su cinta de medir y una gorra de los El Paso Chihuahuas toda deshilachada. Dijo que había una queja registrada por la altura de la cerca, y que ya que estaba ahí, de una vez iba a revisar la cuadra completa, porque el reporte de Doña Clara mencionaba "varias violaciones en el área". Doña Clara estaba al otro lado de la calle, recargada en su troca, con una sonrisa de esas que no llegan a los ojos y su café en la mano, saboreando el momento como si fuera un dulce de leche. Un par de vecinos se asomaron: Mr. y Mrs. González, que vivían al lado, y el joven Ricky, el cartero, que justo pasaba en su ruta.
El inspector caminó despacio. Medía cada poste, cada tabla. Sacaba su nivel, anotaba en una libreta toda arrugada. Yo, adentro, apretaba la taza de cerámica que decía "World's Best Grandma" y le pedía a mi abuelita que me echara una manita. Treinta minutos después, el inspector tocó mi puerta. Me limpié las manos en el delantal y salí. Doña Clara ya se había acercado unos pasos, lista para la ejecución.
—Señora Marisol —dijo el hombre, con su voz cansada de funcionario—, su cerca está perfectamente dentro del reglamento municipal. De hecho —y aquí bajó la voz, señalando con el pulgar hacia atrás—, ya que estoy revisando la cuadra completa, ¿me permite checar algo en la propiedad de enfrente?
No supe qué decir. Solo dije que sí con la cabeza. El hombre cruzó la calle muy quitado de la pena y se quedó mirando el jardín delantero de Doña Clara. Ella había remodelado toda la entrada apenas el mes pasado: puso un reborde de piedra de río traída quién sabe de dónde, unos arbustos de cenizo y un sistema de riego enterrado que le costó un buen billete. Todo el vecindario había visto las camionetas de los paisajistas entrar y salir por días.
El inspector tomó su cinta otra vez. Midió desde el bordo de la calle. Luego desde mi lindero. Anotó. Caminó. Midió otra vez, esta vez con el ceño fruncido. Doña Clara se puso pálida como una vela de iglesia.
—Señora Clara —dijo el inspector, carraspeando—. Tengo malas noticias. Todo este reborde decorativo, los arbustos y las tuberías del riego invaden veinticuatro pulgadas el derecho de paso público… y doce pulgadas la propiedad de la señora Marisol.
Se hizo un silencio tan denso que hasta los grillos se callaron. La sonrisa de Doña Clara se derritió de una manera que nunca había visto; fue como si la máscara se le corriera de golpe, y detrás quedara solo una mujer chiquita, con la taza de café frío temblándole en la mano. Los González se miraban entre ellos como preguntándose: "¿Esto está pasando en serio?". Ricky detuvo su carrito del correo y se echó la gorra para atrás. "Ay, bendito", soltó en voz baja.
El inspector, con la calma del que ha visto de todo, le explicó a Doña Clara que tenía treinta días para remover todo a su costo. No era una multa ni una sugerencia; era una orden. Toda esa piedra, los arbustos caros, el sistema de riego: tenía que desaparecer de mi terreno y del área pública. Treinta días. Doña Clara no decía nada. Solo miraba sus piedras, sus plantas, su inversión.
Durante el mes siguiente, vi las camionetas de los trabajadores llegar otra vez. Pero esta vez no cargaban plantas. Cargaban picos y palas. Vi cómo desmontaban el reborde, piedra por piedra, y cómo arrancaban los cenizos que ni siquiera habían tenido tiempo de florecer. Doña Clara ya no se paraba en su porche a supervisar con su taza en la mano; salía descalza, con una bata vieja, y discutía con los trabajadores por el precio de la mano de obra. Un día la vi cargar ella misma unas piedras hacia la troca, sin ayuda, porque ya no le quedaba dinero para pagarle a nadie más. Se veía más pequeña que nunca, luchando con esas rocas que apenas podía levantar.
Una tarde, mientras los hombres serruchaban una tubería, sentí que alguien tocaba mi puerta.
Era ella. Sin el café. Sin los aretes de plata que siempre traía. Traía una bolsita con unos melocotones de su árbol del patio trasero, los primeros de la temporada, todavía con ese olor dulce que te llena la nariz. "Marisol", me dijo. Y nada más. Los ojos aguados, la voz ronca. "Perdóneme. De verdad, perdóneme. Lo de la cerca… lo de todo".
Le ofrecí pasar. Le serví un vaso de agua de jamaica bien fría, de esa que preparo con poquita azúcar y mucho hielo. Hablamos como dos mujeres, no como vecinas en guerra. Le dije que entendía el orgullo, pero que esa cerca no era un trofeo, era un recuerdo de mi esposo. Y que las campanillas de viento seguirían sonando cada vez que el aire bajara del monte, porque mi abuelita me las dejó para eso, para que su voz nunca se callara. Ella se quedó mirando sus manos un buen rato, dándole vueltas al vaso entre los dedos. No pusimos música, no hubo abrazos de telenovela; solo el sonido suave del viento afuera.
Hoy las cosas son distintas. No somos amigas de confesarnos secretos, pero ya no hay halcón en la acera de enfrente. Cuando barro mi entrada, a veces veo a Doña Clara en su porche, pero ahora sostiene un libro, no una taza. Hace unos días, me gritó desde su ventana: "¡Marisol, te sobró mole de la fiesta de tu nieto! ¡Alcánzame tantito!". Y se rio. Esa risa no la había oído nunca.
Ayer, sin decirme nada, mandó a uno de los muchachos de su iglesia a podar el mezquite de mi jardín trasero que daba lata desde hacía meses. El muchacho se fue y me dejó una nota: "Es del árbol, para que le dé sombra. —Clara". La puse en la repisa de la cocina, junto a la foto de mi esposo y la cajita con las cenizas de mi abuela. Y esta mañana, mientras el viento movía las campanillas, la vi pasar empujando un carrito del supermercado, y me saludó con la mano. No con prisa, no con vergüenza. Como se saluda a alguien a quien por fin se le ha quitado una piedra del zapato.
