Santi lo sabía porque llevaba dos años trabajando en eso. Dos años desde que se mudó a la casita de al lado, en ese vecindario tranquilo al sur de San Antonio, justo donde las calles empiezan a oler a tortillas recién hechas y el canal de ladrillo separa las casas como una frontera amable entre vecinos.
Dos años llevándole pan dulce a doña Carmen los domingos. Dos años ayudándole a podar las bugambilias que trepaban por la cerca del patio trasero. Dos años escuchando historias de su difunto esposo Ramón y del hijo que se fue a trabajar a los campos de California y nunca regresó. Dos años construyendo confianza, gota a gota, como quien llena un balde con un grifo que apenas gotea.
—Mi'jo, ¿no te molesta podar esas ramas que están muy altas? —le decía ella, y Santi ya estaba subido en la escalera antes de que terminara la frase.
El patio de doña Carmen era su orgullo. Cincuenta metros de largo, con rosales que ella misma había sembrado hacía treinta años, un limonero que daba frutos todo el año y, en el fondo, un viejo roble que según ella tenía más historia que el Álamo. Debajo de ese roble, Santi sabía que estaba lo que buscaba.
La tarde del jueves, Santi tocó la puerta con un tupper de flan que había comprado en la H-E-B de la 410.
—Doña Carmen, fíjese que mi hermana chiquita cumple quince el sábado —le dijo, con esa sonrisa que tanto le había costado perfeccionar—. Ando buscando dónde hacerle la fiesta, pero mi patio es bien chiquito, apenas para la parrilla. ¿Usted cree que me preste el suyo?
La viejita, que ya andaba por los setenta y tres, le devolvió la sonrisa. Tenía los ojos chiquitos y arrugados, pero todavía brillaban con cierta malicia alegre.
—Ay, Santi, claro que sí. Pero fíjate que justo el sábado me voy a Brownsville, a ver a mi comadre Lupita. Se me murió el esposo, el que tenía la carnicería en la Boca Chica.
—Qué pena, doña Carmen. Mire, mejor deje la llave del portón y yo me encargo de todo. Le juro que le cuido las flores como si fueran mías.
La mujer entró a la cocina y regresó con una llave plateada que colgaba de un llavero con la forma de la Virgen de Guadalupe.
—Tenga, mi'jo. Pero me deja el jardín como está, ¿eh? Nada de que se me muere el pasto.
—Pierda cuidado, doña Carmen. El lunes ni va a notar que estuvimos aquí.
Ella se fue el viernes por la mañana en un camión de los que salen de la estación de la San Pedro. Santi la vio irse desde la ventana de su sala, con el corazón golpeándole en el pecho como un tambor de guerra.
El sábado a las seis de la mañana, cuando todavía no salía el sol, encendió la retroexcavadora que había alquilado en una compañía de construcción por la Military Drive. La había estacionado la noche anterior en su propia cochera, tapada con una lona azul.
El portón del patio de doña Carmen se abrió con un chirrido metálico. Las bugambilias soltaron unas cuantas flores fucsias al paso de la máquina. El pasto, verde y cuidado, se aplastó bajo las llantas como cabello recién peinado.
Santi fue directo al roble. El mapa que había encontrado hacía tres años, doblado y vuelto a doblar hasta que el papel parecía tela, marcaba el punto exacto: cuatro pasos al este del tronco, justo donde la sombra del árbol toca el suelo al mediodía.
Cavó durante ocho horas. Ocho horas bajo un sol que le quemaba la nuca y le pegaba la camiseta a la espalda como una segunda piel. A las dos de la tarde, la punta de la pala mecánica chocó con algo metálico: un contenedor rectangular, del tamaño de una hielera grande, oxidado por fuera pero todavía sólido.
Lo sacó con cuidado. Pesaba más de lo que esperaba.
Lo abrió con una palanca que traía en la camioneta.
Adentro, envueltos en bolsas de plástico que se deshicieron al tocarlas, había fajos de billetes. Dólares viejos, de los grandes, de los que ya casi no se ven. Fajos y fajos. Santi sintió que el aire se le escapaba del cuerpo.
El plan original era irse el lunes. Dejar la llave en el buzón, escribir una nota breve y desaparecer rumbo al norte, a Colorado, donde nadie supiera su nombre ni lo que había hecho. Pero el miedo se le metió entre las costillas como un cuchillo frío. La doña Carmen podía regresar antes. Algún vecino podía haber visto la retroexcavadora.
Así que esa misma noche vació su casa. Metió cuatro maletas, el contenedor y la ropa sucia en bolsas negras dentro de la Ford F-150 y se fue sin apagar las luces de la cocina.
El domingo, cuando doña Carmen regresó a su casa, encontró el portón abierto y el jardín destrozado. El agujero en la tierra parecía la boca de un animal prehistórico. Las rosas estaban aplastadas, el limonero inclinado hacia un lado, las bugambilias arrancadas de raíz. La Virgen del llavero brillaba bajo el sol de la tarde, todavía colgada del candado.
—¿Santi? —llamó, con la voz temblorosa.
La casa de al lado estaba vacía. No había muebles en las ventanas, no había cortinas. El timbre sonaba hueco, como un eco dentro de una cueva.
Llamó a la policía. Llegaron dos oficiales en una patrulla del condado de Bexar, una mujer y un hombre, los dos con cara de haber visto demasiadas cosas tristes.
—Señora, el dueño anterior de esta casa… —la oficial Flores revisaba una tableta, pasando el dedo por la pantalla—. ¿Usted sabe quién vivía aquí antes que usted?
—Ramón y yo compramos esta casa hace veinte años —dijo doña Carmen—. Se la compramos a un señor que se mudó a Corpus Christi. Un señor Martínez, creo.
—El hijo de ese señor Martínez estuvo preso. Dieciocho años. Robo a mano armada. Salió hace tres en libertad condicional.
Doña Carmen se sentó en el escalón del porche. El mundo se le movía bajo los pies como la cubierta de un barco.
—¿Y eso qué tiene que ver con mi jardín?
—El dinero que robaron nunca apareció. Seiscientos mil dólares de un asalto a un banco en Laredo en el 2005. El hijo nunca dijo dónde lo escondió. Pero alguien más lo averiguó.
La oficial Flores le mostró la foto de Santi en la tableta. O mejor dicho, la foto de Marcus Delgado, cuarenta y un años, expediente por estafa en tres condados, conocido por infiltrarse en vecindarios para ganarse la confianza de personas mayores.
—Llevamos dos días buscándolo —dijo el otro oficial, que se llamaba Gutiérrez—. Se fue hacia el norte, pero ya tenemos una alerta en todas las estaciones de autobuses.
Lo encontraron el martes en la terminal de Greyhound de Oklahoma City. Llevaba una mochila con cincuenta mil dólares en efectivo, el contenedor original en la cajuela de un taxi que había tomado para ir a la estación, y un boleto de autobús a Denver en el bolsillo de la chamarra. Cuando los oficiales lo esposaron, Marcus no opuso resistencia. Solo dijo:
—Dígale a la señora que lo siento.
El juicio fue rápido. Marcus se declaró culpable de allanamiento, daño a propiedad privada y posesión de bienes robados. La sentencia fue de seis años en una prisión estatal de Huntsville.
En la sala del tribunal, doña Carmen estuvo sentada en la primera fila. Llevaba un vestido floreado y un rosario entre los dedos. Cuando Marcus se giró para disculparse, ella no apartó la mirada.
—Usted no era mi vecino —le dijo, con la voz más firme de lo que nadie esperaba—. Usted era un actor, un mentiroso. Pero el flan sí era bueno. Eso se lo concedo.
Marcus bajó la cabeza. Los grilletes tintinearon contra la mesa de la defensa cuando se sentó.
El jardín quedó como un campo de batalla durante semanas. Doña Carmen pagó a unos muchachos del vecindario para que rellenaran el agujero. Veinte camionadas de tierra negra que olía a monte mojado. Los rosales no se recuperaron. El limonero sí, pero dio frutos amargos esa primavera.
En lugar de volver a sembrar rosas, doña Carmen plantó girasoles y flores silvestres, de las que crecen solas en los bordes de las carreteras texanas. Semillas que le trajo su comadre Lupita desde Brownsville, envueltas en una servilleta con un moño morado.
—Estas no necesitan que nadie las cuide —le dijo a la oficial Flores una tarde, mientras regaba con una manguera verde que dejaba charquitos en la tierra recién removida—. Crecen solas. No ocupan que uno les ande hablando bonito.
Esa primavera, el jardín del fondo explotó en colores. Amarillos, naranjas, morados. Las mariposas monarca hicieron una parada en su migración hacia el sur y se posaron sobre los pétalos como si conocieran el camino de memoria.
Doña Carmen ponía su silla de plástico blanca junto al roble y se quedaba ahí toda la tarde, viendo cómo el viento movía los girasoles y cómo las abejas zumbaban alrededor de las flores nuevas.
Todavía guardaba la llave con la Virgen de Guadalupe en un ganchito junto a la puerta del patio. A veces la miraba y movía la cabeza, despacio, como quien espanta un recuerdo. Pero nunca la quitó de ahí.
Una mañana de julio, un colibrí se detuvo a beber de un bebedero rojo que había instalado en la rama baja del limonero. Se quedó suspendido en el aire, con las alas moviéndose tan rápido que ni se veían, y luego se fue volando hacia la casa de al lado.
La casa de al lado seguía vacía.
