El gato que vino del cielo

Alejandro llevaba seis meses hablando solo con la tele. El apartamento en la calle Durango, al sur del Viejo San Antonio, olía a café recalentado y a ese polvo fino que se cuela por las rendijas cuando la vida se detiene. Cada rincón tenía una historia con Gabriela: la taza descascarada donde ella bebía su atole por las mañanas, el libro de recetas abierto en la página de los tamales de elote, el reloj de cuco que nunca volvió a funcionar desde el día del funeral. Las noches de sábado eran un agujero negro. Él se quedaba frente al noticiero hasta que la repetición del pronóstico del tiempo le taladraba el cráneo y caía rendido en el sofá, con el control remoto en la mano.

Esa noche de agosto, el aire acondicionado llevaba dos horas echando chispas y por la ventana entreabierta se colaba un vaho pegajoso y el rasgueo de un mariachi en alguna fiesta lejana. Alejandro cabeceó y se durmió sin darse cuenta. Entonces alguien le rozó el hombro con la punta de los dedos. Se giró y el corazón le dio un vuelco tan violento que le retumbó en las sienes.

Era ella. Gabriela, con el mismo vestido floreado que tanto le gustaba, con el cabello suelto y un olor a vainilla que se derramaba por el cuarto como si el tiempo no hubiera pasado.

—Gaby…

Ella le puso un dedo en los labios.

—Shhh, mi amor. Vas a despertar a doña Lucha, la del 302.

Él intentó incorporarse, tartamudeó, se atoró con la palabra que no podía pronunciar. Ella se la dijo bajito, casi canturreando:

—Muerta, sí. Me llamaste tanto que tuve que venir. Ven, quiero enseñarte algo.

Lo tomó de la mano y, sin cruzar ninguna puerta, se encontraron en la azotea del edificio. El cielo de San Antonio estaba teñido de un naranja que no era del sol, como si el horizonte se hubiera tragado una moneda de cobre. De repente, una avenida inmensa de luz, más ancha que la autopista I-35, surgió desde el asfalto y trepó hasta las nubes. Por ella caminaban miles de animales. Perros, gatos, loros, mapaches, un viejo burro, un tejón. Todos subían sin prisa, empujados por una corriente invisible.

—¿Qué es esto, Gaby?

—El camino de los que se van —dijo ella—. Acércate, no nos ven. Solo escucha.

Alejandro obedeció, incrédulo, y se mezcló entre los animales. Al principio solo oía pisadas, pero luego, como si le destaparan los oídos, empezó a entender sus voces.

Un gato atigrado, de aspecto viejo, le contaba a una perrita chihuahua: «Mi muchacho se va a quedar solo en esa cama tan grande… ¿Quién le calentará los pies ahora?». Un labrador dorado iba narrando con el pecho inflado: «Yo me tiré al riachuelo a sacar al niño que se ahogaba. El agua estaba helada, pero valió la pena. Él se salvó». Y los animales callejeros hablaban distinto. Un gato flaquito, casi transparente, exclamó: «Ya no tengo frío ni hambre. Allá abajo nadie me miraba». A su lado, una perra coja añadió: «A mí me patearon la última vez que pedí comida. Aquí al menos ya no duele».

Alejandro sintió un nudo en la garganta. Las lágrimas le corrían sin permiso. Entonces distinguió a un pastor alemán que le resultaba vagamente familiar. El perro giró la cabeza y le clavó unos ojos color miel.

«Tú y tu esposa me visitaron en el refugio hace años. Casi me llevan, pero no pudo ser —dijo el pastor con una calma que no pesaba—. No importa. Gracias por acordarte.»

A Alejandro se le escapó un sollozo. Aquel perro había muerto en la jaula sin que nadie lo reclamara, y él siempre lo recordaba con una punzada de culpa. Ahora el animal seguía su camino, sereno, sin rencor.

—Ven, regresa —le murmuró Gabriela al oído, y le secó la mejilla con la manga de su vestido.

—No quiero volver, me quedo solo otra vez.

—Ya no estarás solo, tonto. Pero tienes que irte. Te prometo que vendré a verte.

Lo besó en la mejilla, un beso tibio que le dejó un hormigueo. Alejandro despertó de golpe. La luz de la mañana le daba de lleno y el televisor zumbaba con un infomercial. Se tocó la cara. El beso todavía le ardía.

Se quedó unos minutos parado en medio de la sala, atontado. En el marco de la ventana, el gato del vecino —un siamés huesudo que solía visitarlos cuando Gabriela aún vivía— lo observaba fijamente. «Te estoy oyendo, bandido», pensó Alejandro, y sin saber por qué, agarró las llaves y bajó a la bodega de don Julio.

La bodega olía a especias, a plátano frito y a suavizante de pino. Compró café, leche, un six de cerveza, tortillas recién hechas y una latita de atún para el gato siamés. Salió con dos bolsas pesadas y enfiló hacia su casa por Commerce Street.

En el cruce con Santa Rosa, un bultito gris salió disparado debajo de una camioneta estacionada y se lanzó directo al tráfico. Era un gatito, una bola de pelusa con los ojos desmesurados. Alejandro soltó las bolsas y se metió entre los carros.

El chirrido de los frenos partió la tarde. Los cláxones estallaron, alguien gritó desde una ventana. El oficial Ramírez, que patrullaba la zona del Mercado, salió de su patrulla con la mano en la pistolera y el grito atravesado en la garganta.

—¡Órale, se volvió loco! —alcanzó a decir, pero se quedó congelado.

Alejandro se giró sin prisa, apretando al gatito contra su corazón. Por sus mejillas corrían las lágrimas.

—Oiga, amigo… ¿está bien? —preguntó Ramírez, bajando la mano del arma.

—Ella va a estar contenta —respondió Alejandro, con la voz ronca.

—¿Quién?

—Mi esposa. Murió hace seis meses.

Ramírez se quitó la gorra y se pasó la manga por la frente. La gente que se había arremolinado en la acera rompió en aplausos y gritos de «¡héroe!». Una mujer que recogió las bolsas del suelo se acercó.

—Tome, se le cayeron —dijo, pero Alejandro negó con la cabeza—. Tírelas… ya no las necesito.

Ramírez se inclinó hacia ella y le dijo en voz baja lo de la esposa. La mujer asintió y se presentó:

—Me llamo Marisol. ¿Me permite llevarlo a su casa? Le ayudo con las bolsas… y con el gatito.

Alejandro la miró como si acabara de aparecer en escena. Algo en el tono de Marisol le recordó la calma de Gabriela. Aceptó.

En el asiento del copiloto, con el gatito hecho un ovillo entre las manos, Alejandro empezó a hablar antes de darse cuenta.

—Ella quería un gato, ¿sabe? Un gato, un perro, un perico… lo que fuera. Yo siempre le daba largas: «luego, mi amor, el departamento es muy chico». Ahora daría lo que fuera por oírla insistir otra vez.

Marisol conducía despacio, tomando las curvas con cuidado. No lo interrumpió. Cuando él se quebró y las lágrimas le corrieron de nuevo, ella solo estiró la mano y le tocó el brazo un segundo.

Entonces, en el espejo retrovisor, Marisol vio algo que le heló la nuca. Una mujer de vestido floreado estaba sentada detrás de Alejandro, acariciándole el cabello. Olía a vainilla, un aroma tan intenso que invadió la cabina en un instante. La mujer levantó la vista y le sostuvo la mirada a Marisol a través del espejo. No había amenaza, solo una ternura inmensa. Luego, como en un susurro que no pasó por el aire sino directo al pensamiento, Marisol oyó: «Cuídalo. ¿Sí?».

Marisol parpadeó y la figura se desvaneció. Solo quedó el tapizado vacío y el perfume flotando. Se le puso la piel chinita.

—Lo haré —dijo en voz alta, sin poder contenerse.

Alejandro volteó, confundido.

—¿Perdón?

—Nada, nada. Estaba pensando en voz alta. —Marisol tragó saliva y sonrió—. Que me alegra mucho haberlo conocido.

Estacionaron frente al edificio de Alejandro. Ella lo ayudó a subir las bolsas y el gatito. En la cocina, mientras él buscaba un plato hondo para la leche, Marisol agarró un imán de la nevera —una pequeña torre Eiffel que Gabriela había traído de un viaje— y lo observó un instante.

—¿Sabe? Yo también perdí a alguien hace tiempo —dijo, dejando el imán en su sitio—. Mi abuela. Ella me enseñó que a veces las personas que se van nos mandan señales.

Alejandro no contestó. Tenía al gatito bebiendo y sentía un calorcito nuevo en el pecho. Antes de irse, Marisol le puso una tarjetita en la mesa con su número.

—Para lo que necesite, de verdad. Y para el gato también.

Esa noche, Alejandro apagó el televisor sin miedo al silencio. Se sentó en el sofá con el gatito ronroneando en el regazo. Sobre la mesita, la foto de Gabriela devolvía el reflejo de la luz de la calle. Afuera soltó un aguacero repentino, de esos que en San Antonio caen sin avisar, como si todas las lágrimas de los animales que caminaban por la carretera de luz encontraran por fin su destino.

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Odissea
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