—¿De verdad te vas a ir sola? —preguntó Raúl.
Estaba parado junto al comedor con una bolsa de limones que le había dado su mamá. Tenía cincuenta y un años, la camisa sudada y esa expresión de indignación que algunas personas reservan para cuando descubren que los demás también pueden tomar decisiones.
—Sí —le respondí—. El sábado vuelo a Puerto Vallarta.
—¿Y Cancún?
—Cancelé el paquete.
—Era nuestro viaje.
—Lo era hasta que decidiste quedarte a levantar las papas de tu mamá.
Me llamo Verónica, tengo cuarenta y nueve años y vivo en Puebla. Conocí a Raúl en el cumpleaños de una prima. Contaba historias divertidas, bailaba sin vergüenza y ayudó al mesero a recoger unas copas que alguien había tirado.
Después de un matrimonio largo y un divorcio complicado, yo no buscaba promesas gigantes. Quería respeto, compañía y un hombre que no desapareciera cada vez que sonaba el teléfono.
Raúl parecía cumplir con todo eso.
Dos meses después se mudó conmigo. Llegó con una televisión pequeña, una caja de herramientas y una imagen de la Virgen que su madre le había regalado. Al principio fue fácil quererlo. Preparaba huevos con salsa los domingos, me acompañaba al mercado y me dejaba notas en el refrigerador.
Luego comenzó la temporada del terreno de doña Elvira.
Su mamá tenía setenta y cuatro años y vivía cerca de Atlixco, en una casa con un patio grande, árboles frutales y varias hileras de hortalizas. Era activa, manejaba su camioneta y cada martes se reunía a jugar lotería con sus vecinas.
Sin embargo, cuando se trataba de su hijo, todo se convertía en una emergencia.
La primera vez llamó porque había que remover la tierra antes de sembrar.
Nosotros íbamos a una función de teatro.
—Regreso temprano —prometió Raúl.
Volvió pasada la medianoche.
Después hubo que reparar una manguera justo el día en que cenaríamos con mi hija. La siguiente semana pidió ayuda para colocar una malla. Luego fue una puerta que no cerraba, una fuga mínima, unas cajas que debían moverse de un cuarto a otro.
Siempre ocurría cuando nosotros teníamos planes.
—Es mi mamá —decía Raúl.
—Y yo soy tu pareja.
—No es lo mismo.
No respondió cuando le pregunté qué significaba exactamente aquello.
En cuatro meses cancelamos once cosas. Mi cumpleaños no, porque esa vez doña Elvira vino a comer con nosotros y se pasó la tarde explicando que Raúl siempre había sido un hijo ejemplar.
Una noche mi hermana llegó desde Querétaro. Yo preparé mole, arroz y una jarra de agua de jamaica. Apenas nos sentamos, el teléfono sonó.
Doña Elvira había escuchado ruidos en el patio.
—Tal vez es un gato —dije.
—Puede ser alguien queriendo entrar.
—Que llame a la policía o a un vecino.
—No voy a dejarla sola.
Raúl salió.
Al día siguiente supimos que el ruido provenía de unas macetas caídas por el viento.
Él no se disculpó.
—Prefiero ir y que no sea nada a quedarme y lamentarlo.
—¿Y alguna vez lamentas dejarme esperando?
Raúl guardó silencio.
Meses antes habíamos reservado una semana en Cancún. Yo pagué la mitad con mis ahorros. Raúl hablaba del mar, de los desayunos largos y de no hacer nada durante siete días.
Cuatro días antes del viaje, doña Elvira llamó.
Las papas debían cosecharse antes de la lluvia.
—Vamos a tener que mover la fecha —dijo Raúl.
—Yo no voy a mover nada.
—Vero, puede perderse todo.
—Que contrate a dos personas del pueblo.
—¿Para qué va a pagar si yo puedo hacerlo?
—Porque tú tenías un compromiso conmigo.
Raúl frunció el ceño.
—Las vacaciones pueden esperar.
—Eso mismo dijiste sobre mi hija, mi hermana, mis amigas y cada plan que hicimos.
—Estás exagerando.
—No. Apenas estoy dejando de justificarte.
Él se marchó a Atlixco.
Yo conduje hasta la agencia de viajes. La cancelación costó dinero, pero logré cambiar mi parte por un paquete de seis noches en Puerto Vallarta.
Cuando Raúl volvió, encontró la maleta sobre la cama.
—¿Qué haces?
—Empaco.
—¿Sola?
—Sola.
—Quieres hacerme sentir culpable.
—No tengo ese poder. Tú decides lo que sientes.
—Mi mamá me necesita.
—Tu mamá sabe que basta con llamarte para que abandones cualquier cosa.
—No hables así de ella.
—Entonces hablemos de ti. ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste que ya tenías planes?
No pudo responder.
Doña Elvira me llamó por la noche.
—Raúl dice que lo vas a dejar por ayudarme.
—No lo estoy dejando por ayudarla. Estoy dejando de vivir esperando a que vuelva.
—Los hijos buenos atienden a sus madres.
—Las madres buenas también respetan la vida de sus hijos.
Se hizo un silencio largo.
—Yo jamás le impediría ser feliz.
—No hace falta impedírselo. Basta con conseguir que se sienta culpable cada vez que intenta elegir algo distinto.
Colgó sin despedirse.
En Puerto Vallarta caminé por el malecón, conocí a dos mujeres de Monterrey que también viajaban solas y descubrí que podía sentarme a cenar sin estar pendiente del celular.
Raúl me escribió el tercer día.
“Terminamos temprano. Mi tío y el vecino llegaron a ayudar.”
Le contesté: “Qué bueno. Ojalá algún día entiendas que siempre hubo más opciones.”
Cuando regresé, Raúl había llevado algunas cosas a casa de un amigo.
—Quiero intentarlo de nuevo —me dijo—. Hablé con mi mamá.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no puedo ir cada vez que llama.
—¿Y qué respondió?
—Que desde que estoy contigo he cambiado.
—No cambiaste por mí. Solo empezaste a darte cuenta de que también tienes una vida.
Raúl extendió la mano, pero no la tomé.
—¿Ya no me quieres?
—Todavía te tengo cariño. Pero querer a alguien no obliga a aceptar siempre el último lugar.
Nos separamos sin insultos. Meses después, Raúl me contó por mensaje que había rechazado una petición de su madre porque tenía una cita médica. Doña Elvira terminó pidiendo ayuda a un sobrino.
El mundo no se acabó.
Yo aprendí algo más importante: no hay que esperar una gran traición para irse. A veces basta con descubrir que todos los pequeños abandonos apuntan al mismo lugar.
Cambié dos boletos por uno.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí que viajaba sola. Sentí que por fin iba acompañada de mí misma.
