Tengo sesenta y siete años y llevaba once meses sin hablarle a mi hermana por culpa de un molinillo de café. Así, tal cual suena de ridículo cuando lo digo en voz alta. Hace tres semanas me llamaron del Hospital Doctors' de Coral Gables porque se había caído en la escalera de su edificio. Manejé hasta allá convencida de que apenas íbamos a cruzar palabra, que le iba a preguntar qué dijo el médico y ya. Cuando entré al área de emergencias y me vio parada en la puerta, se le aguó la cara antes de que yo abriera la boca.
Mi hermana se llama Yolanda y nos llevamos cuatro años. Crecimos en Hialeah, en una casa con un solo baño para seis personas, y compartimos cuarto hasta que ella se casó con Ramón. Durante más de treinta años hablábamos casi a diario, aunque fuera nada más para contarnos qué había en oferta en el Publix de la 49. No éramos hermanas de esas que nunca discuten. Yolanda tiene el genio vivo y a mí tampoco me sobra paciencia. Peleábamos por mi mamá, por los sobrinos, por si una había hablado con mal modo en el chat de la familia. Pero jamás, en cuarenta y tantos años, habíamos aguantado más de una semana calladas.
La pelea que nos separó fue por vergüenza chiquita. Cuando mi mamá murió, en octubre del año pasado, tuvimos que repartir lo que quedaba en su apartamento de Hialeah: no había casa propia, no había cuenta de banco con nada importante, apenas unas cuantas cosas — su ropero, sus santos, unas cazuelas de aluminio que trajo de Camagüey en 1980. Y estaba el molinillo de café eléctrico, uno viejito, medio oxidado, que mi mamá usaba todas las mañanas para moler el café que le mandaban de Costa Rica. Yo lo quería porque me acordaba de ella parada en la cocina a las cinco de la mañana, con la bata de flores, moliendo el café antes de que se levantara nadie. Yolanda dijo que mamá se lo había prometido a su hija, mi sobrina Karina, para que se lo llevara cuando se casara.
Empezamos por el molinillo y terminamos sacando reclamos de tres décadas. Le dije que ella había estado menos pendiente en los últimos meses, cuando mamá ya no reconocía ni la calle donde vivía. Me contestó que yo siempre hacía las cosas para después andar cobrándoselas a todo el mundo. Salí de su casa dando el portazo más fuerte que he dado en mi vida.
Pasó el Thanksgiving. Pasó Nochebuena sin que ninguna llamara a la otra para lo de siempre, para ponerse de acuerdo en quién traía los tamales y quién el flan. Pasaron nuestros cumpleaños. Una vez la vi de lejos en el Sedano's de la 8, empujando el carrito por el pasillo de las conservas, y me hice la que buscaba algo en el estante de arriba hasta que dobló la esquina.
Un martes, a las siete y media de la mañana, me llamó mi sobrino Alexis. Yolanda se había resbalado bajando las escaleras de su edificio en Westchester y estaba en emergencias: se había fracturado la muñeca y le dolía la cadera, así que le iban a hacer radiografías para descartar algo peor. Alexis estaba en un viaje de trabajo en Orlando y no podía llegar hasta la tarde. Me preguntó si podía acercarme mientras tanto. Mi primera reacción, lo confieso, fue absurda: pensé que a lo mejor Yolanda no quería verme a mí precisamente. A los cinco minutos ya tenía las llaves de la guagua en la mano.
En el carro, con el aire acondicionado a todo lo que daba porque hacía un calor de noventa y dos grados, ensayé cómo me iba a comportar. Entrar, preguntar qué había dicho el doctor, sentarme, no decir nada de más. Cuando llegué la encontré en una camilla, con la muñeca entablillada y el pelo todo revuelto, sin el maquillaje que ella jamás se deja quitar ni para ir a botar la basura. Me vio desde la puerta. Yo todavía tenía la cartera colgada del hombro. No me dio tiempo ni de decir «hola». Se tapó la cara con la mano buena y se puso a llorar como una niña.
Lo único que me salió fue: «Ay, mi'ja, no llores, que vas a asustar a las enfermeras». Una tontería tan nuestra, tan de las dos, que terminamos riéndonos con lágrimas y todo en medio de aquel cubículo con la cortina a medio cerrar.
Yolanda me dijo que había pasado miedo. No tanto por la caída, sino porque mientras esperaba sola pensó que si le pasaba algo de verdad, se iba a morir sin que arregláramos las cosas por un aparato de moler café que ni siquiera funcionaba bien. Yo me senté al lado de la camilla y le confesé que también había pensado en llamarla mil veces. «¿Y por qué no llamaste?», me preguntó. Tuve que decirle la verdad: por orgullo, y porque cada vez que agarraba el teléfono me acordaba de la frase que me había dicho y se me quitaban las ganas.
Nos quedamos casi seis horas ahí metidas. Le compré un sándwich de jamón y queso en la cafetería del hospital porque no había comido nada desde la noche anterior. Discutimos porque ella se quería parar sola para ir al baño con el suero puesto. La ayudé a ponerse la blusa cuando por fin le dieron de alta como a las tres de la tarde. Alexis llegó cerca de las cinco, nos vio a las dos sentadas juntas y no dijo nada, nomás se quedó parado con esa cara de alivio que ponen los hijos cuando por fin dejan de cargar con el peso de las madres solas.
Antes de que yo me fuera, Yolanda me preguntó qué íbamos a hacer con el molinillo. Le dije que se lo diera a Karina, como ella quería desde el principio. Me contestó que ya ni Karina lo quería, que tenía uno de esos modernos que muele hasta especias. Nos dio una risa que duró un buen rato, ahí sentadas todavía en ese cuarto de hospital que olía a alcohol y a café recalentado de máquina.
No quiero contar esto como si una caída lo hubiera arreglado todo de un tirón. A los días volvimos a hablar de lo que nos habíamos dicho, y hubo cosas que todavía dolían al mencionarlas. Yolanda admitió que había sido injusta conmigo con lo de los cuidados de mamá, que ella sabía perfectamente las noches que yo me había quedado despierta dándole las pastillas. Yo reconocí que sí, que muchas veces uso lo que hago por los demás como arma cuando me enojo, y que eso no está bien.
Seguimos siendo dos hermanas de carácter fuerte, eso no cambió. Pero ahora hablamos casi todos los días, aunque sea para mandarnos fotos de comida o quejarnos del tráfico de la Palmetto. El molinillo terminó quedándose en mi casa, no en la de ella ni en la de Karina. Está en la cocina, encima del microondas, y no lo he vuelto a usar. La semana pasada Yolanda me mandó por WhatsApp una foto de una planta de albahaca que sembró en una lata vieja, y me escribió: «Igualita a las que sembraba mamá». No le contesté nada con palabras. Le mandé una foto del molinillo con una macetica de romero encima.
