La madrugada del 12 de agosto de 1978, en un apartamento de Coral Gables con vista a los canales, Elena Duval se quedó dormida sin terminar la última página de un cuaderno. La encontraron horas después, a los 41 años. Junto a ella, un vaso de agua sin tocar y esa hoja cortada a la mitad de una frase. Nadie en la comunidad cubana de Miami pudo creerlo: la mujer que llevaba casi veinte años siendo una de las caras más queridas de la televisión en español en el sur de la Florida se había ido en su sueño, un domingo, mientras la ciudad seguía con su rutina de misa y desayuno tardío.
Elena nació el 4 de marzo de 1937 en La Habana, hija de una pareja de actores de radionovelas que la subieron a un escenario antes de que aprendiera a leer bien. Su verdadero nombre era Elena Rosario Duval Acosta, pero desde los quince años el público solo la llamaba "la niña Duval". Con dieciséis interpretó a una joven heredera en una telenovela que se transmitió por toda Latinoamérica y llegó, ya doblada, a las estaciones hispanas del sur de la Florida. El papel la marcó para siempre: bella, ingenua, casi de cuento. La gente la paraba en la calle para pedirle que actuara la misma escena, una y otra vez, como si ella fuera un disco rayado.
Fue en un estudio de televisión de La Habana, en 1959, meses antes de que todo cambiara para ella, donde conoció a Rodrigo Fuentes, un actor mexicano que había llegado a la isla para grabar un especial conjunto entre las cadenas cubana y mexicana. Se enamoraron rápido, casi con urgencia, como si supieran que el tiempo se les iba a acabar. Cuando Elena tomó la decisión de salir de Cuba tras la Revolución, a los veintitrés años, Rodrigo ya se había ido de regreso a México, y durante meses se escribieron cartas que tardaban semanas en llegar, ella instalándose en Miami desde cero y él viajando entre Tijuana y San Diego por trabajo. Lograron reencontrarse en 1960, cuando él fue a verla al sur de la Florida, y durante los tres años siguientes la relación sobrevivió a punta de vuelos cortos y llamadas de larga distancia. Las revistas de espectáculos en español los llamaban "la pareja del siglo" y publicaban fotos de ambos comiendo croquetas en una cafetería de la Calle Ocho o caminando por South Beach antes de que South Beach fuera lo que es ahora. La relación no duró: se separaron en 1963, pero jamás dejaron de escribirse. Cuando ella tenía un estreno, él mandaba flores. Cuando él se casaba de nuevo, ella era la primera en llamar para felicitarlo.
En Miami, Elena empezó de cero. Aceptó papeles pequeños en teatro comunitario de Little Havana mientras tomaba clases de dicción en inglés por las noches. Quería que la vieran como actriz seria, no como una muñeca de telenovela. Poco a poco lo consiguió. Trabajó en producciones para Univisión, hizo temporadas de teatro en el Teatro de Bellas Artes de la Calle Ocho y, ya en los años setenta, empezó a rodar películas independientes que se proyectaban en festivales de Nueva York y Los Ángeles. La crítica finalmente la tomó en serio.
Fue por esos años, a mediados de la década de 1960, cuando se casó con Ernesto Valdés, un empresario cubano dueño de una cadena de farmacias en Hialeah. De ese matrimonio nació, en 1964, su único hijo, Marco. El niño creció entre los sets de grabación y la casa de Coral Gables, con esa mezcla de privilegio y ausencia que tienen los hijos de las madres famosas. Elena intentaba compensarlo llevándolo a Crandon Park los domingos, comprándole helado de mango en un carrito de la calle y dejándolo quedarse despierto hasta tarde viendo béisbol en la televisión. El matrimonio con Ernesto se rompió a finales de los sesenta, y él se mudó a Tampa, donde rehízo su vida y su negocio; siguió llamando a Marco todos los domingos, pero para cuando el niño murió llevaba años fuera del día a día de esa casa.
En junio de 1977, Marco, de trece años, murió al caer desde una cerca de metal que intentaba escalar en la parte trasera de un club deportivo en Coconut Grove. Un accidente absurdo, de esos que no tienen explicación ni culpable, solo una ambulancia que llegó tarde y un silencio que se quedó para siempre en esa casa. Los vecinos recuerdan que, después del entierro, Elena dejó de salir a regar las matas del patio. Que la señora que le limpiaba la casa dos veces por semana empezó a encontrar la cama sin hacer, cosa que antes jamás pasaba. Que el perro del vecino, un labrador viejo que Elena solía alimentar con sobras por encima de la cerca, dejó de acercarse porque ya nadie lo llamaba.
Ella siguió trabajando. Aceptó un papel protagónico en una miniserie para la cadena y grabó las escenas con la misma disciplina de siempre, llegando puntual, sabiéndose el guion de memoria. Pero quienes trabajaron con ella esos meses cuentan que durante los descansos se sentaba sola en su silla de lona, con las manos quietas sobre el guion, sin hablar con nadie.
Trece meses después de la muerte de Marco, Elena también se fue. La noticia corrió por Miami, por Nueva York, por San Juan, por toda la prensa hispana de Estados Unidos. Rodrigo Fuentes, que para entonces vivía retirado en Cuernavaca, se enteró por una llamada de un periodista de Televisa y, según contó después, no pudo hablar durante casi un minuto entero. Semanas más tarde publicó una carta abierta en una revista de espectáculos, titulada simplemente "Para Elena, donde quiera que estés", en la que hablaba de una mujer que nunca dejó de reírse fuerte, incluso cuando algo por dentro se le estaba rompiendo.
El cuaderno que dejó a medio terminar contenía anotaciones sobre un guion nuevo, ideas sueltas para un personaje, y en la última página, cortada por la mitad, una frase que empezaba: "Marco, si pudieras ver la casa ahora…"
Fue Rosa Elena, la hermana menor de Elena y su pariente más cercana, quien tuvo que ocuparse de todo. Vino desde Tampa con una carpeta de documentos, se sentó en la cocina de Coral Gables con el abogado de la familia y firmó los papeles para vender la casa completa, muebles y todo, a una pareja joven que acababa de mudarse de Nueva Jersey. No hubo subasta pública ni pleito con nadie: la propiedad estaba a nombre de Elena y de nadie más, así que Rosa Elena simplemente hizo lo que había que hacer como albacea. Cerró la cuenta bancaria de su hermana en el Barnett Bank de la calle Ponce de León, un poco más de ciento ochenta mil dólares que, como decía el testamento, no fueron para ella sino que se repartieron entre una escuela de teatro para niños cubanos del exilio y una fundación de ayuda a familias que habían perdido hijos en accidentes.
Antes de entregar las llaves a los nuevos dueños, Rosa Elena entró sola al cuarto de Marco, todavía con el uniforme de pelota colgado detrás de la puerta, y se llevó solo dos cosas: el guante de béisbol del niño y el cuaderno a medio terminar de su hermana. Todo lo demás —la ropa, los trofeos de actuación, hasta el sillón donde Elena se sentaba a leer guiones por las noches— se quedó para que los nuevos dueños hicieran con eso lo que quisieran.
Meses después, cuando Rodrigo Fuentes pasó por Miami de camino a un homenaje que le hacían en el Festival de Cine de San Juan, pidió que lo llevaran a la casa de Coral Gables solo para verla desde afuera. El taxi se detuvo frente a la fachada, ya con las cortinas nuevas de la familia de Nueva Jersey, y él se quedó mirando por la ventanilla sin bajarse. No tocó el timbre. No pidió entrar. Se quedó ahí un par de minutos, le dijo algo al chofer que este no llegó a entender bien, y le pidió que arrancara.
