En el verano de 1985, en el Zoológico de San Diego, un cuidador llamado Ramón Torres llegó a su turno de las siete de la mañana y encontró algo que no tenía sentido: la puerta del recinto de los orangutanes seguía cerrada con candado, pero adentro no había ningún orangután.
Ramón llevaba once años trabajando con primates. Conocía cada tornillo de ese recinto. Y aun así, ahí estaba, con el radio en la mano, reportando que Kiko —el orangután macho de doce años, ciento ochenta libras, la estrella silenciosa del zoológico— había desaparecido sin dejar rastro de forzamiento, sin cerca rota, sin nada.
Lo encontraron veinte minutos después sentado tranquilamente junto al puesto de elotes cerca de la entrada principal, comiendo restos de palomitas que alguien había dejado en el piso, viendo pasar a los visitantes como si él también hubiera pagado su boleto de catorce dólares.
—Se veía relajado —contó después Ramón a un reportero del San Diego Union-Tribune—. Como si estuviera de vacaciones.
Esa fue la primera fuga de Kiko. No sería la última.
El zoológico, ubicado en el corazón de Balboa Park, tenía fama de contar con uno de los recintos para primates más modernos del país: paredes de concreto de más de quince pies, un foso seco de seis pies de profundidad y un sistema de vigilancia que se consideraba, hasta ese momento, prácticamente imposible de vulnerar. Nadie entendía cómo Kiko había salido. No había huellas en el foso. No había marcas en el concreto. Simplemente, una mañana estaba ahí, y al día siguiente no.
La segunda vez que escapó, dos meses después, un grupo de turistas de Arizona lo vio caminando junto al área de las jirafas con la calma de alguien que espera el camión. Una señora, según el reporte, le ofreció un pedazo de su hot dog. Kiko lo aceptó, lo masticó despacio y siguió su camino.
Pero Kiko no era un fugitivo pacífico del todo. Tenía una cuenta pendiente con otro orangután del zoológico: un macho más viejo llamado Beto, que vivía en el recinto contiguo y que, según los cuidadores, llevaba años provocando a Kiko a través de la reja, aventándole cáscaras de fruta y haciendo ruidos que los biólogos describían como "gestos de dominancia". Los cuidadores tenían su propia teoría de por qué era siempre Kiko el que terminaba escalando el muro y nunca al revés: Beto pesaba casi cien libras más y llevaba una infección crónica en una rodilla que le impedía trepar con la misma soltura. Provocar desde su lado de la reja era, para Beto, la única pelea que podía dar.
Cada vez que Kiko lograba escapar, tarde o temprano terminaba caminando de regreso hacia el recinto de Beto. Y ahí, con una puntería que sorprendía a los propios cuidadores, empezaba a lanzarle piedras del tamaño de un puño por encima del muro.
—No quería escaparse del zoológico —explicó la bióloga Carla Espinoza, que trabajó once años en el área de primates—. Quería escaparse para ir a molestar a Beto. Esa era la misión.
Entre las tres fugas y los meses de intentos por contenerlo, el zoológico gastó, según registros internos citados años después en una nota del Los Angeles Times, más de cuarenta mil dólares: levantaron los muros dos pies más, instalaron cercas eléctricas de bajo voltaje, pusieron cámaras ocultas. Incluso vistieron a dos empleados de seguridad como turistas, con gorras y cámaras colgando del cuello, para que se mezclaran entre el público y observaran de cerca sin que Kiko notara que lo vigilaban.
Kiko los detectó a los tres días. Los cuidadores juraban que el orangután los miraba fijo cada vez que pasaban cerca del recinto, como si supiera exactamente quiénes eran.
La tercera fuga fue la que lo hizo famoso de verdad. Ocurrió un sábado de octubre de ese mismo año, con el zoológico lleno de familias que aprovechaban el buen clima antes de que empezara la temporada de lluvias. Kiko salió otra vez, caminó sin prisa por el sendero principal, se detuvo frente al recinto de los flamencos, y terminó, como siempre, junto al muro de Beto, lanzando piedras con una seriedad casi deportiva.
Un canal local de noticias, KGTV, mandó una camioneta con equipo de transmisión esa misma tarde. Al día siguiente, la historia salió en la portada de la sección local del periódico bajo el titular "El fugitivo del zoológico ataca de nuevo". Para entonces, la ciudad entera hablaba de Kiko.
Empezaron a aparecer camisetas hechas a mano en los puestos del mercado de Ocean Beach con la frase "Free Kiko" pintada con aerosol. Un bar en Pacific Beach bautizó un cóctel con su nombre. Niños en las escuelas primarias del área pedían ir al zoológico "a ver si Kiko se escapa hoy".
El zoológico, presionado por la atención mediática y algo avergonzado de que un animal siguiera burlando su seguridad, contrató a un equipo de escaladores profesionales de Yosemite para que inspeccionaran el recinto centímetro por centímetro. Después de dos días de trabajo, encontraron la respuesta: pequeñas hendiduras en el concreto, apenas visibles, del tamaño de una moneda, donde el material se había desgastado con el tiempo por la humedad. Kiko las usaba como agarraderas, subiendo el muro con la paciencia de alguien que ha practicado el mismo movimiento cientos de veces cuando nadie miraba.
Sellaron cada hendidura con un compuesto especial de concreto reforzado. Lijaron toda la superficie interior hasta dejarla completamente lisa. Ese mismo diciembre, todavía dentro del primer año del caso, Ramón Torres recuerda haber supervisado ese trabajo personalmente, pasando la mano por la pared terminada, buscando cualquier imperfección con la misma atención con la que un electricista revisa un cableado antes de dar por cerrado un trabajo.
—Si dejábamos una sola hendidura, él la iba a encontrar —dijo Ramón—. Eso ya lo sabíamos.
Kiko nunca volvió a escapar. Pasó el resto de sus días, casi veinte años más, en ese mismo recinto, ahora completamente liso, sin una sola imperfección donde apoyar los dedos.
Beto siguió viviendo en el recinto de al lado, pero su rodilla enferma terminó por inmovilizarlo casi por completo hacia sus últimos años, y las provocaciones desde la reja se fueron apagando solas, un ruido menos cada temporada, hasta que un día simplemente no hubo más. Los cuidadores que quedaban de aquella época notaron que, cuando finalmente coincidían cerca de la malla que dividía los dos recintos, ni Kiko ni Beto se molestaban en mirarse: dos vecinos viejos que ya no tenían nada que demostrarse.
De todo ese episodio, el zoológico conservó en sus archivos administrativos un solo papel que sobrevivió a los años: la factura final del proyecto de reforzamiento del muro, fechada en diciembre de 1985, por catorce mil trescientos dólares. No era el costo total de la persecución —eso se había ido en cámaras, cercas eléctricas y disfraces de turista a lo largo de meses— sino el precio puntual de la última reparación, la que por fin dejó esa pared sin una sola grieta donde un orangután decidido pudiera volver a apoyar la mano.
