Pues miren, yo todavía no veo dónde está mi error. Mi novio Eddie me puso los cuernos con mi prima Yasmin, así que me acosté con su papá. No porque quisiera algo serio, sino porque quería que él sintiera en carne propia lo que es una traición. Ahora todo el mundo en la familia me está tachando de loca. ¿Perdón? Él acabó con lo nuestro primero. Yo solo me aseguré de que el dolor volviera multiplicado. Y encima su papá, don Osvaldo, sabía perfectamente quién era yo. Ahora las carnitas asadas del domingo están canceladas hasta nuevo aviso, su mamá quiere partirme la cara y Eddie no deja de llamarme para decirme que estoy enferma. ¿Enferma? Tú te metiste con MI SANGRE, cabrón. Yo nomás me quedé en TU familia. A ver, explícame cómo yo soy la mala.
Todo empezó un viernes en la noche, cuando Eddie me dijo que el sábado iba a quedarse hasta tarde en el taller arreglando una Silverado del 2008. Lo dijo tan campante, con su gorra de los Astros calada hasta las cejas y la camiseta manchada de aceite. Yo estaba en casa, en el departamento que compartíamos en la parte norte de Houston, junto a la interestatal 45, donde siempre huele a fritanga y a tierra mojada. Mi chihuahua, Pancho, dormía enroscado en la cobija y yo hojeaba los recibos de la luz mientras pensaba en lo caro que estaba todo. Sobre el tocador, el frasquito de perfume que Eddie me había regalado—un perfume con olor a gardenia—brillaba bajo el foco amarillo; lo dejé ahí, sin tocarlo, y apagué la luz sin más.
Al día siguiente, el sábado, Eddie salió temprano rumbo al taller. Apenas el portón del estacionamiento rechinó, me entró un mensaje por WhatsApp de mi prima Yasmin. Una foto de ella y Eddie, abrazados en el sofá de mis tíos, con un póster de Six Flags de fondo y un vaso de horchata en la mano. La imagen venía con el texto: «Ojalá estuvieras aquí para la carnita, prima, te extrañamos».
Lo leí tres veces porque no me cuadraba. Yasmin de cariñosa con mi novio no era algo que entrara en mis planes. La foto tenía fecha de ese mismo día. Eddie llevaba puesta una camiseta de los Cowboys que yo le había regalado para su cumpleaños. La boca de Yasmin se estiraba de lado a lado enseñando todos los dientes y a él se le veía la mano metida por debajo de la blusa de ella. Apreté tanto el celular que se me clavó la funda en los dedos. Pancho levantó las orejas y gruñó bajito, como si entendiera la ofensa.
No derramé ni una lágrima. En lugar de eso, fui a la cocina, serví café del jarrito de peltre y estuve un rato mirando cómo se enfriaba sobre la mesa. Conté las monedas que tenía al lado del microondas: dos quarters, un dime y tres pennies. Setenta y ocho centavos de nada. Eddie no estaba arreglando ningún carro, estaba sobándole la espalda a mi prima mientras mi tía servía arroz con gandules. La llamé por teléfono a Yasmin, pero no me contestó. Luego me entró otra llamada y contesté con el hocico torcido. Era don Osvaldo, el papá de Eddie, para preguntarme si ya habíamos comprado la leña para la parrillada del domingo en su casa de Pasadena. Se oía música de Los Tigres del Norte de fondo y un ruido de latas de cerveza al chocar.
Y fue en ese instante que, antes de poder contenerme, me salió una voz ronca por el teléfono y le dije: «Don Osvaldo, ¿usted está solo?». El hombre se quedó callado un segundo y luego respondió: «Pos sí, aquí ando destapando unas Modelo». Le dije que iba para allá, que necesitaba hablar con alguien.
Sin pensarlo, volví a la recámara. Agarré el frasquito de gardenia, me eché perfume detrás de las orejas y en la curva del cuello, donde el pulso late más fuerte, y salí.
Llegué al portón de la casa en menos de media hora. El jardín olía a azalea y a pasto recién cortado, y la camioneta de don Osvaldo estaba estacionada con el motor aún caliente. Toqué el timbre y el perro de ellos, un pitbull enorme, empezó a ladrar desde el patio. Salió el papá de Eddie con una camiseta sin mangas y una cachucha de los Texans. Sudaba un poco y traía la barba canosa mal rasurada.
Me invitó a pasar a la cochera donde tenía una hielera llena de botellas. Él empezó a platicar de lo mal que iba la temporada y yo solté un «ajá» de vez en cuando, pero mi atención estaba en otro lado. En mi prima. En Eddie. En todas las veces que fuimos juntos a las ferias y él les echaba los perros a las meseras. Me hervía la rabia. Agarré una cerveza, la abrí con el anillo de la lata y en lugar de beber, se la puse a don Osvaldo sobre el pecho. El hombre se rio nervioso. Me clavó los ojos de un modo distinto, con una alerta que no le había visto antes, y de pronto se puso pálido. «Muchacha, espérate —dijo, y la lata tembló en su mano—. Tú eres la novia de Eddie, ¿qué estás haciendo?». Yo ya estaba demasiado cerca. Le hablé bajito, apenas moviendo los labios: algo sobre la suerte que tenían los hombres cuando nadie los veía, algo sobre Eddie y Yasmin y lo que se sentía ser la última en saber. Don Osvaldo entendió perfecto. Tragó saliva y sus dedos, ásperos y fríos de pronto, quedaron quietos sobre la mesa de dominó. Trató de pararse, pero la silla de lámina raspó el cemento y él se quedó a medias, atrapado entre mi brazo y la hielera. No dijo que sí, pero tampoco me frenó; simplemente soltó el aire despacio con un «Ay, Dios mío, esto está mal, Eddie me mata», y no se movió. No hizo falta más.
Al otro día, en la carnita del domingo, yo estaba más tranquila que un lago. Llevé mi bandeja de flan napolitano igual que siempre. No había encarado a Eddie todavía; para él, yo era la misma novia confiada que no sabía nada del sábado, y por eso él seguía en su papel: jugando dominó con los tíos, partiéndose de risa a cada ficha, como si no hubiera destruido nuestra historia veinticuatro horas antes. Yasmin, en cambio, me había mandado un mensaje a las nueve de la mañana: «Hoy no voy a la carnita, me duele el estómago». No le respondí. Supe que el estómago le dolía de culpa barata, no de enfermedad.
Doña Meche, la esposa de don Osvaldo, estaba sacando las tortillas del comal con las pinzas. El que sí estaba nervioso era don Osvaldo. No se despegaba de la hielera y sudaba a chorros. Cuando doña Meche me vio, me dio un abrazo corto y se detuvo de golpe. Aspiró hondo junto a mi cuello y frunció las cejas. Enseguida se giró hacia su marido y lo olfateó; la misma gardenia quedaba enganchada en la piel de él como un sello invisible. De repente, la señora soltó las pinzas sobre el cemento y empezó a gritarle: «¡Osvaldo, dime con quién anduviste!». El pitbull, asustado, tiró la salsa.
Yo no tuve que decir ni media palabra. La evidencia habló solita. Doña Meche me agarró del brazo y me arrimó a su marido para que los dos nos viéramos la cara. Sus ojos brincaban entre nuestro pánico. Eddie volteó del dominó justo cuando su papá soltó un: «Fue solo una vez, Mami, ni pensé». Y entonces mi novio se levantó con el puño cerrado, pero no para mí — porque su propio padre ni siquiera se atrevió a verme en ese instante. En eso, el celular de Eddie explotó con el tono de llamada de Yasmin. Él miró la pantalla, vio el nombre y la sangre se le subió a la frente de un golpe: ahí estaba la pieza que le faltaba para armar el rompecabezas. Lo único que escuchó antes de patear la hielera fue a doña Meche maldiciendo entre sollozos y a don Osvaldo murmurando: «Ella me buscó, te lo juro».
Las carnitas quedaron crudas y yo me fui caminando sin voltear atrás. Detrás de mí se oían platos rotos y a la abuela de Eddie gritando el rosario. En la calle, un vecino lavaba su troca con la manguera y el agua corría por la acequia arrastrando una flor de buganvilia morada. Pancho me esperaba en el departamento y en cuanto abrí la puerta empezó a lamerme los talones mientras el celular me vibraba con llamadas perdidas de Eddie. Diecisiete, conté. Luego un mensaje de texto de Yasmin: «Estás demente, prima». Y el último, de doña Meche: «No quiero verte nunca más, malagradecida».
Bloqueé los tres contactos y me serví otro café, esta vez bien caliente. La tele del vecino se escuchaba a través de la pared: un partido de los Dynamo con un «GOOOOOOL» en el último minuto. Apagué el teléfono sobre la mesa, alcé a Pancho, que se enredaba entre mis pies, y clavé la vista en el sol que caía sobre la alfombra.
