Trabajo en la farmacia de la avenida Bergenline hace nueve años, turno de tarde, y por esa caja registradora pasa medio Union City tarde o temprano. Por eso conocí a don Refugio, aunque "conocer" es mucho decir: al principio solo era el señor de la pastilla para la presión que llegaba siempre a las cinco y cuarto, con la camisa manchada de grasa de motor y un billete de veinte doblado en cuatro en el bolsillo de la camisa.
Tenía sesenta y ocho años y un taller mecánico en la calle 49, uno de esos negocios angostos con dos elevadores y un letrero pintado a mano que decía "Refugio's Auto — Se habla español". Llevaba treinta y un años ahí. Antes de eso, treinta y un años casado con una mujer que se llamaba Consuelo y que se murió de cáncer de páncreas cuatro veranos atrás, un mes de julio en que hizo tanto calor que hasta el aire acondicionado del Walgreens de la esquina se descompuso dos veces.
Yo sabía todo esto no porque él me lo contara — don Refugio no era de contar nada — sino porque su hijo, Marco, entraba a veces a comprar las mismas pastillas y hablaba por los codos. Marco tenía cuarenta y un años, trabajaba en logística para una empresa de Newark, y cada vez que mencionaba a su padre se le apretaba algo en la voz, como si hablara de una deuda pendiente.
La cosa cambió un martes de octubre. Me acuerdo porque afuera llovía fino y el don llegó sin la camisa de grasa, con una chaqueta que yo nunca le había visto, oliendo a colonia barata de esas que venden en el Rite Aid. No venía solo. Lo acompañaba una mujer bajita, de pelo teñido color caoba, con un abrigo rojo que resaltaba entre tanto gris de la calle. Se llamaba Herminia, tenía sesenta y tres años, y trabajaba lavando ropa en una lavandería de la calle 32.
Se rieron los dos delante del mostrador por algo que yo no alcancé a oír. Y cuando ella se dio vuelta para ver los productos de la góndola de vitaminas, él la siguió con los ojos de una forma que no tenía nada que ver con la pastilla de la presión.
Empezaron a venir juntos cada semana. A veces él le compraba una revista, a veces ella le pagaba el café del Dunkin' de al lado. Un día me tocó cobrarle a ella sola — él se había quedado afuera hablando por teléfono — y me dijo, sin que yo le preguntara nada, que se habían conocido en la misa de las nueve de la iglesia de Saint Michael, en la calle 33, porque las dos rezaban por sus difuntos en la misma banca.
Ahí fue cuando entendió Marco que la cosa iba en serio, y ahí fue cuando empezó el problema.
Un jueves de noviembre, Marco entró a la farmacia con la cara descompuesta y me preguntó directamente, apoyando las dos manos en el mostrador como si necesitara sostenerse:
—¿Usted la ha visto? ¿A la que anda con mi papá?
Le dije que sí, que venían juntos casi siempre.
—Esa señora lo está manejando —me dijo—. Ya le hizo dejar de ir al gimnasio de los martes. Ya le está haciendo gastar en restaurantes que antes ni pisaba. Y ahora resulta que quiere que la meta como socia del taller.
Eso último lo dijo con la voz quebrada, como si fuera lo único que de verdad le importara. Yo no dije nada, porque no me correspondía, pero seguí atenta.
Las cosas se pusieron peor rápido. Don Refugio dejó de venir solo; ahora Marco lo acompañaba, aunque se quedaba en la puerta, con los brazos cruzados, sin saludar a Herminia. Una tarde los oí discutir en la vereda, frente al escaparate donde exhibimos los productos para diabéticos. Marco le decía a su padre que Consuelo se estaría revolcando en la tumba, que treinta y un años de matrimonio no se tiraban a la basura por una mujer que conoció hace tres meses.
Don Refugio no levantó la voz. Solo le dijo una frase que yo alcancé a escuchar clarito porque justo estaba acomodando la vitrina de la entrada:
—Yo enterré a tu madre, Marco. La lloré yo, no tú, que llamabas los domingos desde Newark. No te voy a pedir permiso para no seguir enterrado con ella.
Marco se fue caminando rápido hacia el estacionamiento sin decir nada más.
Pasaron las semanas y llegó diciembre. La avenida se llenó de luces navideñas colgadas de poste a poste, y en la vitrina de la farmacia pusimos el árbol artificial de siempre, el que le falta una rama abajo a la izquierda. Don Refugio entró un sábado con un anillo puesto — nada ostentoso, una alianza fina de oro — y me contó, esta vez sí, que se había casado con Herminia en una ceremonia civil en el ayuntamiento de Union City, con dos testigos y una comida después en un restaurante cubano de la Bergenline.
No invitó a Marco. Me lo dijo así, sin rodeos, mientras esperaba que le preparara la receta:
—Le mandé la invitación por mensaje de texto. No contestó. No fue.
Yo pensé que ahí se terminaba la historia, una más de esas rupturas familiares que uno ve pasar por el mostrador sin poder hacer nada. Pero en enero pasó algo que no me esperaba.
Marco entró un miércoles, solo, sin comprar nada. Se quedó parado cerca de la fila de las tarjetas de felicitación, mirando la calle a través del vidrio. Cuando por fin se acercó a la caja, no pidió ninguna medicina.
—¿Usted sabe si él sigue viniendo los martes? —me preguntó.
Le dije que sí, que a las cinco y cuarto, como siempre, aunque ahora Herminia lo esperaba afuera, sentada en el Honda Civic gris que había comprado ella con sus ahorros de la lavandería.
Marco se quedó ahí un rato, dando vueltas la gorra entre las manos. Y después, sin decir mucho más, se fue.
El martes siguiente llegó a las cinco y diez. Se sentó en una de las dos sillas plásticas que tenemos junto a la zona de vacunas, donde la gente espera cuando le toca la vacuna de la gripe. Yo seguí atendiendo, pero lo miraba de reojo.
A las cinco y catorce entró don Refugio, con Herminia del brazo. Se pararon en seco al ver a Marco sentado ahí.
Nadie dijo nada por un momento que a mí, cobrando detrás del mostrador, se me hizo eterno. Fue Herminia la que rompió el silencio, sacando de su cartera un sobre pequeño, de esos que se usan para las tarjetas de cumpleaños.
—Esto es para usted —le dijo a Marco, extendiéndoselo—. Se lo iba a mandar por correo, pero ya que está aquí.
Marco lo abrió despacio. Adentro había una foto, vieja, de una boda: Consuelo joven, con vestido blanco de los años ochenta, y don Refugio con un bigote que ya no tenía. Detrás, escrito con letra de mujer que Marco reconoció al toque, decía: "Gracias por prestármelo treinta y un años. Ahora me toca a mí cuidarlo un rato. — H."
Marco se quedó con la foto en la mano, sin hablar. Don Refugio se acercó y se sentó en la silla de al lado, la que sobraba.
—No vine a pedirte perdón por casarme —le dijo—. Vine porque el martes es el día que nos vemos aquí, hijo, hace nueve años. No lo voy a dejar de hacer por ti ni por nadie.
Marco tragó saliva, se guardó la foto en el bolsillo de la chaqueta, y por primera vez en meses miró a Herminia de otra manera — no con simpatía todavía, pero sin ese hielo de antes.
—El sábado hay comida en el taller —le dijo su padre—. Por los cuarenta y dos años del negocio. Va a ir Herminia. Si querés venir, la puerta está abierta a las dos.
No contestó que sí. Tampoco dijo que no.
Ese sábado, a eso de las dos y media, mientras yo salía de mi turno y caminaba hacia la parada del bus de la calle 48, pasé frente al taller de la calle 49. La cortina metálica estaba levantada a medias, había globos amarrados a la reja, y adentro, entre las herramientas colgadas de la pared y el olor a aceite que se metía hasta la vereda, alcancé a ver tres siluetas alrededor de una mesa con un pastel: don Refugio, Herminia con su abrigo rojo, y Marco, parado a un metro de distancia, con las manos en los bolsillos, pero adentro.
No sé qué pasó después de esa tarde. No volví a preguntar, y ellos tampoco volvieron a contarme nada — la vida sigue, la caja registradora sigue sonando, y a las cinco y cuarto de los martes, cuando levanto la vista, sigo viendo entrar a don Refugio con su camisa de grasa, y ahora, casi siempre, con Herminia del brazo.
