Lo que todavía te digo, aunque ya no puedas escucharme
Son las nueve y diez de la mañana del domingo y Rosa ya se lavó los dientes, ya coló el café, ya se sentó en el borde de la cama con el teléfono en la mano. Marca el número de memoria, sin mirar la pantalla. Un timbre. Dos timbres. Cuelga antes del tercero, como todos los domingos desde hace once meses, porque después del segundo timbre viene el buzón de voz, y en el buzón de voz está la voz de su madre diciendo "está usted comunicándose con Guadalupe Reyes, deje su mensaje", y Rosa no ha logrado todavía quedarse en la línea hasta ese punto.
Dobla las rodillas contra el pecho, ahí sentada en el colchón, y mira el suéter verde colgado en la silla del rincón, el que su madre usaba para caminar hasta el Dollar Tree de la Cesar Chavez los sábados por la tarde. Rosa se lo pone algunos días, cuando el apartamento de Boyle Heights se queda demasiado quieto, solo para ver si todavía huele a algo. Ya casi no huele a nada.
Su hermano Danilo no ha contestado los mensajes en cuatro días. Rosa abre el chat, ve la doble palomita gris, escribe "llámame cuando puedas" y lo borra antes de mandarlo. Lo vuelve a escribir. Esta vez sí lo manda. Después dobla el teléfono contra las piernas y se queda mirando el rosario de cuentas de madera que cuelga del espejo, el que la abuela le regaló a su madre en Guadalajara antes de que cruzaran la frontera, hace más de treinta años.
—Ma, ¿le pongo comino a los frijoles o no? —dice en voz alta, al aire vacío del cuarto, y se siente ridícula apenas lo dice, pero lo dice igual, porque los domingos eran para preguntar cosas así.
Nadie contesta. Por supuesto que nadie contesta.
A las diez suena el teléfono. Es Danilo.
—Perdón —dice él, con la voz rasposa de alguien que no ha dormido bien—. No podía hablar. Cada vez que veo tu número pienso que voy a tener que hablar de ella y no puedo, Rosa, todavía no puedo.
—Yo tampoco puedo oír su mensaje del buzón —le dice ella, y es la primera vez que lo dice en voz alta, a alguien—. Marco su número solo para colgar antes de que salga su voz.
Danilo se queda callado del otro lado, y en ese silencio Rosa escucha que él también está llorando, despacio, tratando de que no se le note en la respiración.
—A mí me pasa igual con el café —dice él por fin—. Ella lo hacía con canela. Yo ya ni tomo café.
Hablan cuarenta minutos. De los frijoles, del vestido azul que Rosa se compró y no sabe si le queda bien, de la vecina del 4B que todavía toca la puerta preguntando si oye risas. De nada, en realidad, y de todo. Cuando cuelgan, Rosa se queda con el teléfono caliente contra la palma de la mano.
Va a la cocina. Pone el arroz en la olla, lo revuelve exactamente como le enseñó su madre, sin dejar que se pegue en el fondo, moviéndolo con la misma cuchara de palo que Guadalupe usaba, gastada de un lado. Cierra la puerta del apartamento con doble llave antes de sentarse a comer, aunque todavía sea de día, porque su madre siempre insistió en eso y ahora Rosa no sabe hacerlo de otra forma.
Después de comer, se sienta otra vez en el borde de la cama. Abre el teléfono. Busca el contacto que dice "Mamá ❤" con la foto de Guadalupe sonriendo en el patio de la iglesia, aquella Navidad. Aprieta el nombre. El teléfono marca, timbra una vez, dos veces, y esta vez Rosa no cuelga.
Sale el clic del buzón. Y luego la voz.
—Está usted comunicándose con Guadalupe Reyes, deje su mensaje después del tono.
Rosa se queda con el pulgar suspendido sobre la pantalla, sin colgar, escuchando el silencio breve que sigue antes del tono, ese medio segundo en que todavía puede fingir que su madre va a contestar.
