La cuenta que no compraba felicidad

Marta estaba aclarando una taza cuando Óscar entró en la cocina y apagó la luz.

— Aún se ve — dijo. — No hace falta encender por costumbre.

La cocina del piso de su madre en Sevilla daba a un patio estrecho donde siempre olía a humedad. Marta había encendido la luz porque apenas distinguía la espuma en el fregadero, pero no discutió. Solo abrió más el grifo para terminar rápido.

Óscar se acercó y lo cerró casi por completo.

— Otra vez con el agua a presión. Luego nos quejamos de las facturas. Es que no tienes control.

Marta dejó la taza. Cerró el grifo. Se secó las manos y se sentó.

— Óscar, ¿tú sabes cómo eres como marido?

Él la miró de reojo.

— Normal.

— ¿Y como padre?

— Normal también. Mejor que muchos. No bebo, no juego, no falto al trabajo.

— Y aun así tus hijos viven como si pedir una manzana fuera un gasto extraordinario.

Óscar se puso rígido.

— ¿A qué viene esto?

— A quince años de silencio.

Llevaban quince años casados. Quince años viviendo en el piso de su madre, doña Remedios, que les había cedido dos habitaciones y se comportaba como si les hubiera regalado un palacio. Quince años de lavadora nocturna, duchas cronometradas, calefacción mínima, fruta fea de oferta, ropa heredada de los primos.

Su hija Alba usaba abrigos que habían sido de los hijos de la cuñada de Óscar. Su hijo Samuel tenía pantalones siempre un poco cortos o un poco grandes. Marta recibía prendas usadas de Teresa, la mujer del hermano mayor de Óscar, y fingía agradecimiento aunque por dentro se sintiera cada vez más pequeña.

Marta trabajaba en una gestoría. Su sueldo era parecido al de Óscar. Pero él se encargaba del dinero. Decía que ella era impulsiva, que no sabía mirar a largo plazo, que el mundo era incierto.

Todo iba a una cuenta suya.

— Es por nuestro futuro — repetía.

Pero el presente era una habitación apagada.

Nunca habían ido a la playa aunque vivían a poco más de una hora de la costa. Nunca habían dormido en un hotel. Nunca habían celebrado una comida fuera sin que Óscar sacara la calculadora del móvil. Los niños no pedían excursiones porque ya sabían la respuesta.

— ¿Sabes por qué sigues conmigo? — preguntó Marta.

Óscar soltó aire por la nariz.

— Ilumíname.

— Porque divorciarte te saldría caro. No por amor. No por familia. Por dinero.

— Estás faltándome al respeto.

— No. Estoy nombrando lo que has hecho con nuestra vida.

Él se cruzó de brazos.

— Gracias a mí tenemos ahorros.

— Gracias a ti no tenemos recuerdos.

La frase lo descolocó.

Marta continuó:

— Dame dinero. Voy a comprar ropa nueva para Alba y Samuel. También para mí. Luego voy a alquilar un piso.

— ¿Alquilar? — Óscar levantó la voz. — Mi madre nos deja vivir aquí.

— Tu madre nos deja ocupar dos habitaciones. Yo quiero un hogar donde mis hijos puedan encender la luz sin pedir perdón.

— Ropa nueva… siempre lo mismo. Los niños crecen. Y tú, ¿para qué necesitas arreglarte?

— Para recordar que existo.

Óscar empezó a hablar de valores. De no caer en el consumismo. De lo vulgar que era gastar en apariencias. De la gente que se arruinaba por caprichos.

Marta lo escuchó con una calma que a él empezó a inquietarlo.

— Qué curioso — dijo al fin. — Yo tengo que elevarme por encima de un abrigo, pero tú no puedes elevarte por encima de un saldo.

— Si pasa algo, ese saldo nos salvará.

— Óscar, eso que temes ya pasó. Vivimos como si estuviéramos en una emergencia permanente.

Él calló.

— Dime cuándo empieza la vida. ¿Cuando yo cumpla cuarenta? ¿Cincuenta? ¿Cuando Alba ya no quiera venir con nosotros? ¿Cuando Samuel sea adulto y recuerde que su padre siempre decía que todo era caro?

— Estás dramatizando.

— No. Estoy haciendo cuentas. Pero no de euros. De años.

Marta se levantó.

— Me separo.

Óscar no respondió de inmediato. Luego sonrió, confiado.

— No puedes permitirte vivir sola.

— Sí puedo. Mi sueldo alcanza si dejo de entregártelo. Alquilaré algo pequeño. Tú pagarás la pensión de tus hijos. Y los fines de semana estarán contigo y con doña Remedios.

Ahí desapareció su sonrisa.

Marta vio cómo calculaba. Pensión. Comida para los niños. Fines de semana. La pérdida del sueldo de ella. La cuenta.

— Y la cuenta se reparte — añadió.

— No.

— Sí. Ahí hay dinero mío de quince años.

— Es nuestro colchón.

— Mi parte será mi suelo. Voy a pisarlo ahora.

Dos meses después firmaron el divorcio.

Doña Remedios dijo que Marta era caprichosa. Óscar dijo que ella había perdido la cabeza. Pero el juez no opinó igual. Se repartieron ahorros y se fijó pensión.

Marta alquiló un piso pequeño en un barrio tranquilo. La primera noche, Alba preguntó:

— ¿Puedo ducharme sin contar minutos?

Marta se sentó en el borde de la bañera y respondió:

— Puedes ducharte hasta sentirte limpia.

Samuel eligió una mochila. Alba una chaqueta vaquera. Marta se compró unas sandalias rojas que no necesitaba estrictamente, y por eso mismo le hicieron tanta ilusión.

En verano viajaron a Cádiz. Cuando los niños vieron el mar, se quedaron quietos unos segundos. Luego corrieron.

Marta compró pescaíto, helados y una foto impresa en un puesto turístico. Óscar habría dicho que era tirar dinero. Marta la pegó después en la nevera.

En la foto estaban los tres despeinados, quemados por el sol y felices.

Óscar siguió ahorrando en casa de su madre. Su cuenta ya no crecía igual, pero él seguía apagando luces. Lo malo era que ahora nadie las volvía a encender.

Marta aprendió a administrar sin castigarse. A ahorrar algo cuando podía. A gastar cuando era necesario. A distinguir prudencia de miedo.

Y una tarde, mientras Alba y Samuel hacían deberes bajo una lámpara encendida, escribió en una libreta:

“Hay dinero que se guarda. Y hay vida que se pierde. Que nunca vuelva a confundirse una cosa con la otra.”

 

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Odissea
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