Doña Teresa abrió la puerta del cuartito del patio y se quedó parada.
En una esquina, sobre una cobija vieja que pensaba tirar desde hacía meses, estaba una gata gris rayada. Tres gatitos recién nacidos se movían pegados a su panza, cieguitos, buscando leche con desesperación.
— Ay, criatura — dijo la mujer en voz baja.
La gata levantó la cabeza. Sus ojos verdes la miraron con cuidado, pero sin atacar. No bufó. No enseñó los dientes. Solo esperó.
Teresa cerró despacio y regresó a la cocina.
Tenía setenta y dos años y vivía sola en una casa pequeña en las afueras de Puebla. Su esposo había muerto cinco años atrás. Su hijo vivía en Ciudad de México, su hija en Querétaro. Los nietos iban de vez en cuando, pero la mayor parte del tiempo la casa tenía esa calma pesada que no es paz, sino ausencia.
Esa noche llevó leche tibia y un poco de pollo cocido.
— Come, mija. No te me vayas a caer.
La gata esperó a que se alejara y comió con hambre. Entre bocado y bocado miraba a sus bebés.
Los días siguientes, Teresa empezó a esperar la hora de ir al cuartito. Los gatitos abrieron los ojos. Uno era gris completo, otro tenía una manchita blanca en la nariz, el tercero chillaba como si fuera enorme. La gata se fue poniendo más fuerte, la piel ya no se le pegaba tanto a los huesos.
Al noveno día, desapareció.
Teresa entró con comida y encontró a los tres gatitos solos. Maullaban, buscaban a su madre, se empujaban entre ellos. El plato de la mañana seguía lleno.
— ¿A dónde te fuiste?
Esperó hasta la noche. Nada. A la mañana siguiente, tampoco.
Los bebés empezaron a debilitarse. Teresa buscó una jeringa sin aguja, calentó leche especial que consiguió en la veterinaria y se sentó a alimentarlos gotita por gotita.
— Ándale, chiquito. No te rindas.
Una vecina, doña Lupita, llegó por unas hojas de laurel y al ver la caja en la terraza suspiró.
— Tere, ¿para qué te metes en eso? Llévalos a un refugio.
— Su mamá no volvió.
— A lo mejor la atropellaron. Pero tú no puedes con tres gatos.
Teresa no dijo nada.
Porque ya podía.
O al menos quería.
Una semana después, al abrir la puerta de la entrada, se quedó helada.
La gata gris estaba junto al portón.
Viva, pero flaca, sucia, con el pelo hecho nudos. A su lado venía un gatito naranja, más grande que los suyos, quizá de cuatro meses. Tenía una oreja lastimada, una patita mal y los ojos llenos de lagañas.
— Volviste — susurró Teresa.
La gata maulló fuerte. Luego caminó hacia la calle, se detuvo y la miró.
— ¿Quieres que vaya?
Teresa se puso un suéter y la siguió.
La gata la llevó por varias casas, pasó junto al terreno de don Eusebio y llegó a una vivienda abandonada donde antes vivía una familia que se mudó de repente. El patio estaba lleno de hierba. Las ventanas, rotas.
Debajo de unas tablas se movían dos gatitos más.
Uno negro y uno manchado. Flacos, sucios, enfermitos.
Teresa sintió que se le apretaba el corazón.
— Ay, Dios mío…
La gata se sentó a su lado y la miró.
Entonces entendió.
No había abandonado a sus crías.
Había ido a buscar a otros que necesitaban ayuda.
Teresa llamó a Lupita.
— Tráete una caja, toallas y guantes.
— ¿Qué pasó?
— Que esta gata resultó más cristiana que mucha gente.
Esa tarde todos estaban en la veterinaria. El naranja tenía una herida infectada en la pata. El negro estaba deshidratado. El manchado traía infección en los ojos. Los tres bebés de Teresa estaban mejor, aunque necesitaban cuidado.
La doctora revisó a la madre y sonrió con tristeza.
— Esta gata apenas tiene fuerzas, pero los llevó con usted. Qué inteligencia.
— Se va a llamar Milagros — dijo Teresa.
Su hijo, cuando se enteró, casi se atraganta por teléfono.
— Mamá, ¿seis gatitos y una gata? No puedes quedártelos.
— No dije que me los quedaría todos. Dije que no los iba a dejar morir.
— Y los niños, cuando vayan, tienen alergia.
— Cuando vayan, ya veremos. Hoy estos animales necesitan vivir.
La hija de Teresa subió fotos a redes. Una asociación ayudó con adopciones. Lupita llevó croquetas. Don Eusebio, que decía odiar a los gatos, terminó cargando al naranja para llevarlo a curación.
Poco a poco encontraron hogares. El negro se fue con una señora que vivía sola. El manchado, con una pareja joven. El naranja, ya recuperado, con una familia con patio. Dos de los bebés fueron adoptados juntos.
Milagros se quedó.
Y también el más pequeño de sus hijos, el de la nariz blanca.
— Solo dos — dijo Teresa por teléfono.
Su hija se rió.
— Ajá, mamá. Solo dos.
Con el tiempo, la casa volvió a tener ruidos. Patitas en el pasillo. Maullidos en la cocina. Una gata tomando sol en la ventana. Teresa ya no cenaba completamente sola.
A veces pensaba que Milagros no llegó para pedir ayuda.
Llegó para recordarle que todavía podía darla.
Y que un corazón, aunque esté viejo y cansado, siempre puede abrirse un poquito más.
