—¿Cómo te atreviste a renunciar? ¡Tú tienes que trabajar, no convertirte en una mantenida de mi hijo!
La voz de doña Elvira llenó el departamento a las seis de la mañana.
Todavía estaba oscuro en Puebla. Desde la recámara se escuchaba el zumbido del refrigerador y el motor de un camión que pasaba por la avenida. Mauricio seguía acostado, fingiendo no escuchar el timbre.
Yo llevaba tres días esperando a que su madre apareciera.
Cuando entregué mi renuncia, supe que la noticia no tardaría en llegarle. Una amiga suya trabajaba en el área administrativa de mi empresa y las dos se reunían cada tarde a conversar sobre las vidas ajenas.
Me puse la bata café de Mauricio y abrí.
Doña Elvira entró con una bolsa del mercado, una botella de leche y un paquete de tortillas. Llevaba un chaleco tejido sobre el camisón y el cabello lleno de tubos.
No dijo buenos días.
Caminó directamente a la cocina.
—A ver —dijo, dejando las cosas sobre la mesa—. Explícame qué vas a hacer ahora.
—Voy a cambiar de trabajo.
—¡No me vengas con cuentos! Renunciaste. Mi hijo no va a mantenerte mientras tú descansas.
Miré el refrigerador viejo que ella nos había regalado al casarnos.
—Todavía sirve perfectamente —dijo el día que lo trajo—. Cuídenlo.
En la puerta había un imán con forma de casita: “Mi hogar, mi refugio”.
Durante mucho tiempo creí en esas palabras.
Me llamo Gabriela. Tenía treinta y siete años, una hija de seis llamada Sofía y un empleo como supervisora en una empresa de alimentos.
Trabajaba hasta las siete. La escuela cerraba a las seis. Todas las mañanas me levantaba antes de las cinco y media, preparaba el desayuno, peinaba a Sofía, la llevaba a clases y atravesaba el tráfico para llegar a la oficina.
Por la noche hacía la cena, revisaba tareas, lavaba uniformes y contestaba mensajes de mi jefe.
Mauricio salía del trabajo a las cinco.
Llegaba a casa antes que yo, pero se sentaba frente al televisor o jugaba en línea.
—Necesito despejarme —decía.
Yo no tenía derecho a despejarme. Si me sentaba diez minutos, aparecía un plato sucio, una llamada de la escuela o una observación de su madre.
Una tarde le pedí que recogiera a Sofía.
—Sí, no te preocupes —respondió.
A las seis y veinte me llamó la maestra.
—Señora Gabriela, ya cerramos. Sofía sigue esperando.
Tomé un taxi y llegué casi a las siete. Mi hija estaba sentada junto a la recepción con los ojos hinchados.
Mauricio estaba en casa viendo un partido.
—Se me fue la hora —dijo.
—Tu hija pensó que nadie iba a venir.
—Estaba con la maestra.
Aquella noche Sofía me preguntó:
—¿Papá se olvidó de mí?
Yo contesté que había tenido mucho trabajo.
La verdad era que había estado jugando con el teléfono.
En nuestra casa todo se dividía a la mitad, al menos cuando se trataba de dinero. Renta, colegiatura, servicios, despensa.
Las tareas no se dividían.
Si Sofía se enfermaba, yo faltaba al trabajo. Si había junta escolar, yo iba. Si faltaba detergente, yo lo compraba.
Cuando tuve influenza y casi no podía levantarme, le pedí a Mauricio que fuera a la farmacia.
Regresó con cerveza y botanas.
—Había una fila enorme. Pide las medicinas por aplicación.
Después me depositó la mitad del costo y escribió: “Ya no gastes más esta semana”.
Doña Elvira tenía llaves del departamento. Según ella, eran para una emergencia. Sin embargo, las usaba para entrar cuando quería.
Abría el refrigerador, levantaba las tapas de las ollas y revisaba la ropa limpia.
—Mauricio está muy flaco.
—Mauricio puede prepararse algo.
—Los hombres casados no deberían tener que cocinar.
También decía que yo lavaba mal, que Sofía necesitaba vestidos más femeninos y que una buena esposa debía levantarse antes que su marido.
—Habla con tu mamá —le pedí a Mauricio.
—No la tomes tan en serio.
—Me humilla delante de Sofía.
—Así es ella.
Siempre era yo quien debía adaptarse a cómo eran los demás.
La semana anterior fue el cumpleaños de doña Elvira. Le llevé flores, un pastel y un bolso. Permanecí una hora en su casa aunque tenía dolor de cabeza.
Al día siguiente Mauricio dijo:
—Mi mamá está muy triste porque no la felicitaste.
—Fui ayer.
—Dice que no se acuerda.
—¿Tú tampoco te acuerdas del pastel que pagamos entre los dos?
Él miró su teléfono.
—No sé. Tal vez esperaba que te quedaras más tiempo.
Aquella vez no lloré.
Entré al baño, cerré la puerta y me miré al espejo. Tenía ojeras profundas. No recordaba cuándo había comido sin prisa o terminado una taza de café caliente.
Comprendí que para ellos yo no era Gabriela.
Era quien producía dinero, comida limpia, ropa doblada y una niña bien cuidada.
El sábado presenté mi renuncia.
No pensaba dejar de trabajar.
Mi prima Daniela tenía un despacho contable en Querétaro y llevaba meses ofreciéndome empleo. El sueldo era un poco menor, pero saldría a las cuatro y podría trabajar desde casa dos días.
También tenía un departamento pequeño vacío sobre el despacho.
—Vente con Sofía —me dijo—. Después ves qué haces.
Cancelé los depósitos automáticos a la cuenta conjunta. Guardé documentos, ropa y los dibujos de mi hija en una maleta. La escondí detrás de unas cajas en el cuarto de servicio.
Doña Elvira golpeó la mesa.
—Mi hijo se mata trabajando y tú quieres descansar.
—Mauricio nunca ha pagado mis gastos.
—Ahora tendrá que hacerlo.
—No. En dos semanas empiezo otro empleo.
—¿Dónde?
—En Querétaro.
Mauricio apareció en la puerta de la cocina con el cabello revuelto.
—¿Qué está pasando?
—Tu mujer renunció sin consultarte —dijo doña Elvira.
Mauricio me miró.
—¿Es verdad?
—Sí.
—¿Por qué hiciste algo así sin hablar conmigo?
—Porque cuando intentaba hablar, tú estabas viendo un partido, jugando o diciendo que exageraba.
—Esto afecta a la familia.
—También afectó a la familia que olvidaras a Sofía en la escuela.
—Eso pasó una vez.
—Tres. Las otras dos la recogió mi compañera Leticia.
Su expresión cambió.
—Nunca me dijiste.
—Porque sabía que dirías que no había pasado nada.
Respiró hondo.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Irme.
Doña Elvira se puso de pie.
—¿Irte adónde?
—A Querétaro. Con Sofía.
—¡No puedes llevarte a la niña!
—Puedo mudarme. Tengo trabajo, vivienda y asesoría legal. Mauricio podrá verla y participar en su vida, si decide hacerlo de verdad.
En ese momento Sofía apareció en el pasillo abrazando una muñeca.
—Mamá, ¿hoy nos vamos con la prima Daniela?
—Sí, mi amor.
Mauricio se acercó.
—Sofi, ¿tú quieres irte?
Mi hija miró a su abuela.
—Quiero que ya no le griten a mi mamá.
Doña Elvira cambió de tono.
—Yo no le estoy gritando, princesa. Solo le explico.
Sofía se escondió detrás de mí.
Mauricio cerró los ojos.
—Mamá, ya basta.
Doña Elvira lo observó con una mezcla de sorpresa y ofensa.
Era la primera vez que él la detenía.
Pero una sola frase no borraba años de silencio.
Saqué la maleta. Antes de salir, retiré el imán del refrigerador y lo dejé sobre la mesa.
—¿No te lo llevas? —preguntó Mauricio.
—No. Ese no era mi refugio.
La vida en Querétaro no fue fácil al principio. Sofía y yo dormíamos en el mismo cuarto. Comprábamos solo lo necesario y yo tuve que aprender un sistema nuevo en el despacho.
Pero salía a tiempo.
Recogía a mi hija. Cenábamos juntas. Nadie inspeccionaba mis compras ni me preguntaba por qué había gastado en medicinas.
Mauricio empezó a visitarla cada quince días. La primera vez llegó sin ropa de cambio, sin cepillo de dientes y sin saber qué desayunaba su hija.
—Dime qué tengo que hacer —me pidió.
—Conócela —respondí—. No eres mi ayudante. Eres su papá.
Fue aprendiendo.
Meses después reconoció:
—Mi mamá dice que tú destruiste la familia.
—¿Y tú qué crees?
—Que yo dejé que tú hicieras todo porque era cómodo. Cuando te cansabas, te llamaba dramática.
No regresé.
El arrepentimiento de Mauricio podía convertirlo en un padre mejor. No tenía por qué convertirme otra vez en su esposa.
Un año después Sofía y yo alquilamos un departamento con un pequeño balcón. Compramos un refrigerador usado. Ella pegó un dibujo en la puerta: dos personas tomadas de la mano bajo un sol enorme.
Abajo escribió:
“Aquí mi mamá no tiene que pedir permiso para descansar”.
Doña Elvira dijo que yo quería vivir de su hijo.
La realidad era que había pasado años sosteniendo a su hijo, a ella y a toda una casa.
Mi renuncia no fue el comienzo de mi dependencia.
Fue el final de la suya.
