Los tamales de doña Elena

Todas las mañanas, a las ocho, doña Elena salía del edificio con una bolsa de basura en una mano y su bolsa del mandado en la otra. Vivía sola en un departamento pequeño de una unidad habitacional en Puebla. Tenía setenta y un años, una pensión corta y una forma tranquila de aceptar la vida que a veces hacía enojar a las vecinas.

— ¿Cómo está, doña Elena?

— Aquí, todavía dando lata — respondía ella. — Mientras haya café, hay día.

Su esposo, don Julián, había muerto hacía años. Su hijo estaba en Monterrey, su hija en Veracruz. Llamaban cuando podían. Ella decía que no necesitaba nada, aunque a veces la casa se le hacía demasiado silenciosa.

Desde hacía dos semanas, un muchacho se sentaba junto al árbol de jacaranda del patio. Joven, flaco, con una chamarra delgada y tenis rotos. No pedía dinero. No molestaba. Solo se quedaba allí, mirando al piso.

Las vecinas murmuraban.

— Ese viene a robar — decía Lupita.

— O anda en malos pasos — añadía Rosario. — Hay que reportarlo.

Doña Elena lo observaba desde lejos. No veía peligro. Veía hambre. Y una tristeza tan grande que ni siquiera tenía fuerza para pedir ayuda.

Un viernes preparó tamales de frijol y rajas. Le salieron más de la cuenta, como si las manos hubieran decidido antes que ella. Envolvió cuatro en una servilleta limpia y bajó.

— Mijo — dijo —, ¿cuándo comiste algo caliente por última vez?

El muchacho se sobresaltó.

— No, señora, gracias. No quiero molestar.

— Molestia es tirar comida. Come.

— No tengo para pagar.

— ¿Y quién te está cobrando?

Tomó los tamales con cuidado, casi con miedo.

— Gracias.

— Elena me llamo. ¿Tú?

— Mateo.

Desde ese día, doña Elena le bajaba algo: caldo en un frasco, pan dulce, arroz, agua caliente para café. Mateo empezó a hablar. Contó que se había peleado con su papá, que trabajaban juntos en una carpintería, que una entrega salió mal y el padre le dijo que era un inútil. Mateo se fue.

— Quise demostrar que podía solo — dijo. — Pero no pude. Y ya después me dio vergüenza regresar.

Doña Elena le ofreció otro pedazo de pan.

— A veces uno se pierde no por malo, sino por orgulloso.

— Él no me quiere ver.

— ¿Le preguntaste o nomás lo decidiste tú?

Mateo bajó la mirada.

Las vecinas se burlaban.

— Doña Elena, se le va a meter a robar.

— No — decía ella. — Ese muchacho no trae maldad. Trae frío.

Un día Mateo desapareció.

Doña Elena miró por la ventana todo el día. La banca bajo la jacaranda estaba vacía. Pasó otro día. Luego otro. Ella empezó a rezar bajito, pidiendo que no le hubiera pasado nada.

Al cuarto día tocaron la puerta.

Mateo estaba allí. Bañado, afeitado, con camisa limpia y un ramo de flores sencillas.

— Doña Elena… vine a despedirme.

— ¿A dónde vas?

— A mi casa.

Lo hizo pasar. Le sirvió café de olla. Mateo se sentó en la cocina y respiró hondo.

— Le llamé a mi papá. Pensé que me iba a mandar al diablo. Pero se quedó callado y luego dijo: „Hijo, vente. Yo también la regué“. Dice que hay trabajo en la carpintería. Vamos a intentarlo.

Doña Elena sintió que se le llenaban los ojos.

— Qué bueno, mijo.

— Si usted no me habla ese día… yo ya estaba pensando que nadie me veía. Usted me dio de comer como si yo valiera algo.

— Valías antes de que yo te diera un tamal. Nomás se te había olvidado.

Mateo la abrazó fuerte. Ella le metió en la mochila tamales, mandarinas y un frasquito de salsa.

— Para tu papá. Que no diga que llegas con las manos vacías.

Un mes después llegó un paquete. Las vecinas se asomaron, curiosas. Dentro había un rebozo azul, café bueno, chocolates y una carta.

„Doña Elena, ya estoy trabajando. Mi papá y yo hablamos como nunca. No todo está arreglado, pero ya estamos en casa. Usted me devolvió algo que había perdido: la vergüenza buena, la que te hace pedir perdón, no esconderte. Gracias por verme. Mateo.“

Doña Elena puso la carta junto a la foto de Julián.

— Tenías razón, viejo — susurró. — A veces un plato caliente vale más que mil sermones.

Esa tarde volvió a preparar masa.

Lupita le preguntó:

— ¿Y el muchacho de la jacaranda?

Doña Elena sonrió.

— Se fue a donde lo estaban esperando, aunque él no lo sabía.

Y por primera vez en mucho tiempo, su departamento no se sintió tan solo.

 

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