Lucía había aprendido tarde que no todo hombre lindo trae felicidad.

Lucía había aprendido tarde que no todo hombre lindo trae felicidad.

El primero se llamó Federico. Era de esos tipos que entraban a un lugar y obligaban a todas las miradas a moverse. Pelo oscuro, sonrisa perfecta, una confianza que parecía talento. Las vecinas del edificio, sentadas siempre en la entrada, giraban la cabeza cuando Lucía pasaba con él del brazo.

Ella caminaba orgullosa.

Federico no trabajaba. O mejor dicho, trabajaba en hablar de todo lo que iba a hacer algún día. Que un emprendimiento, que un viaje, que un proyecto. Mientras tanto, comía en lo de Lucía, dormía en lo de Lucía y dejaba que Lucía pagara sin demasiada vergüenza.

Ella lo quería.

O creía quererlo.

Una tarde él le dijo:

— Me aburro con vos.

Lucía dejó la pava sobre la mesa.

— ¿Qué decís?

— Que no me hacés sentir valorado. Si de verdad me amaras, me llevarías aunque sea una vez a la costa. Algo. No sé. Un gesto.

Se fue ofendido, como si la víctima fuera él.

Lucía lloró días enteros. Después rompió sus fotos, las tiró y se juró que nunca más iba a sostener a un hombre que confundía amor con servicio.

Al tiempo conoció a Ramiro.

Fue una mañana en Córdoba. Lucía llegaba tarde al trabajo y el colectivo no venía. Un taxi frenó junto a la parada.

— ¿Vas apurada? Subí, que te alcanzo — dijo el chofer.

Ramiro era mayor, prolijo, afeitado, con camisa impecable. El auto olía a café y colonia. Tenía esa cortesía tranquila que a Lucía le pareció un refugio. Pensó que detrás de un hombre así debía haber una mujer. Eligió creer que era la madre.

Él no le cobró el viaje.

— Me pagás con una sonrisa — dijo.

Lucía le dejó el teléfono.

Empezaron a verse. Ramiro le llevaba flores, la invitaba a cenar, le abría puertas. Después de Federico, tanta atención parecía una medicina.

Una primavera fueron a caminar por las sierras. Lucía juntó flores silvestres y armó un ramito. Ramiro hizo otro, más grande. Al subir al auto, ella apoyó el suyo sobre las piernas. Él dejó el suyo en el asiento trasero, con cuidado.

Lucía pensó:

“Para la mujer.”

No preguntó.

No quiso.

La mujer apareció igual.

Una tarde tocó el timbre con dos chicos de la mano.

— Tomá — dijo, cansada —. Si querés a mi marido, criá también a sus hijos. Ellos lo adoran.

Lucía sintió que se le caía la cara de vergüenza.

— No sabía. Te juro que no sabía. No voy a meterme en una familia.

Esa noche cortó con Ramiro.

Después apareció David.

Era georgiano y lo conoció en el cumpleaños de una amiga. David era puro ruido, abrazo y risa. Cocinaba, bailaba, hablaba con las manos, llenaba la vida de planes. Lucía, que venía de tanta decepción, se dejó llevar por esa alegría como quien se mete al sol después del invierno.

Con David no había tiempo para ponerse triste.

— Lu, vos tenés ojos para reír — le decía.

Durante un año la hizo feliz.

Después se volvió a Georgia.

Su madre estaba enferma, dijo. Tenía que ir. Prometió escribir. Al principio escribió. Después menos. Después nada.

Lucía decidió que ya estaba. Sola y tranquila. Sin esperar a nadie.

Entonces descubrió que estaba embarazada.

La noticia la dejó muda. ¿Cómo iba a criar sola? ¿Qué iba a decir su familia? ¿Y si algún día la nena preguntaba por su padre?

Cuando nació, la llamó Valentina.

Valen tenía los rulos negros de David, los ojos oscuros y una sonrisa capaz de desarmar cualquier pena. Lucía la miraba y no podía odiar. Esa nena era la parte luminosa de una historia que terminó mal.

Fueron años difíciles.

Lucía trabajaba, corría, cocinaba, curaba fiebres, planchaba guardapolvos. A veces envidiaba a las mujeres con marido, con domingos familiares, con alguien que fuera a comprar remedios de madrugada. Pero Valentina necesitaba una madre viva, no una estatua de dolor.

El primer día de primer grado, sentaron a Valentina con un chico llamado Tomás.

Se detestaron de entrada.

— Ruluda — le dijo él.

Valentina le pegó una patada por debajo del banco.

Arrancó una guerra. Lápices rotos, empujones, rasguños. La maestra los separó, pero en los recreos volvían a encontrarse para seguir la batalla.

Cuando Valentina llegó con la mejilla marcada, Lucía fue al colegio.

La maestra le dio la dirección del padre de Tomás.

— Hable con él. La madre no vive con ellos.

Lucía fue esa tarde.

Abrió un hombre con un repasador al hombro y las manos mojadas.

— ¿Sí? Pasá. Perdón el quilombo. Estoy tratando de darle de comer a mi salvaje.

Se llamaba Martín.

El departamento era chico, desordenado, con olor a cigarrillo, café y comida. Se notaba que ahí faltaba una presencia que ordenara la vida, no solo los muebles.

Martín volvió con dos tazas de café.

Lucía nunca olvidó ese aroma.

— Soy la mamá de Valentina — dijo seria.

Martín sonrió.

— Ah, la famosa Valentina. Mi Tomi debe estar enamorado.

— Si está enamorado, que aprenda a no arañar.

Martín se puso serio de golpe.

— No sabía. Te pido disculpas. Voy a hablar con él.

Lucía se fue, pero esa noche pensó demasiado. En Martín. En el café. En el chico sentado en la cocina, callado, fingiendo que no escuchaba. Pensó en ese departamento ventilado, con plantas, con manteles limpios.

En la reunión de padres volvió a verlo.

Martín estaba solo.

Después se ofreció a acompañarlas. Era invierno, oscuro, hacía frío.

— Dale — dijo Lucía.

Con el tiempo supo que Martín estaba divorciado. Su mujer se había ido con su mejor amigo. Tomás se quedó con él porque no quiso irse.

Pasaron Año Nuevo juntos.

Lucía ya no buscaba cuentos de hadas. Buscaba algo más simple y más difícil: un hombre que no huyera.

En otoño, Martín le dijo:

— Desde que caíste en casa enojada por Valen, no paro de pensar en vos. Sos una mujer que defiende lo que ama. Eso no se encuentra todos los días.

Lucía y Valentina se mudaron con Martín y Tomás. Primero preguntaron a los chicos.

— Bueno — dijo Tomás —. Pero que no toque mis autitos.

— Y él que no me diga ruluda — respondió Valentina.

Así nació una familia.

Martín trabajó como loco. Más adelante compraron un departamento más grande. Lucía quiso a Tomás como propio. Martín adoró a Valentina, fue a actos escolares, la ayudó con matemáticas, le enseñó a andar en bici.

Los chicos crecieron.

De enemigos pasaron a hermanos de crianza, de ahí a mejores amigos, y un día anunciaron lo impensado: querían casarse.

Lucía y Martín los bendijeron. La vida, a veces, escribe raro.

Los recién casados se fueron de luna de miel a París.

Lucía le propuso a Martín ir al mar.

— Nosotros dos solos. Por fin.

Él se resistió.

— Comprate algo lindo con esa plata.

— Lo lindo ya lo tengo. Quiero una semana con vos.

Fueron a la costa.

Fue una semana perfecta. Caminatas, flores, charlas largas, besos tranquilos. Martín parecía más enamorado que nunca.

La última mañana fueron a despedirse del mar. La playa estaba vacía. El agua, quieta.

Martín la besó.

— Lu, te amo mucho. Muchísimo.

Ella sonrió, emocionada, pero no alcanzó a contestar.

— Me meto un minuto y nos vamos.

Entró al agua.

No volvió.

Lo buscaron durante horas. El mar estaba calmo. No había viento. No había explicación.

Lucía volvió sola.

Durante meses vivió como si el mundo estuviera detrás de un vidrio. Odió el mar. Odió no tener tumba. Odió ese segundo en el que no respondió: “Yo también te amo.”

El tiempo no cura.

Solo enseña a vivir con la herida sin sangrar todo el día.

Años después, Lucía caminaba por una plaza con sus nietos, Clara y Mateo, hijos de Valentina y Tomás. Entraron a un café, como siempre. A los chicos les pidió helado. Ella pidió café.

El aroma la golpeó dulce y hondo.

Cerró los ojos.

Martín estaba ahí. En el olor. En la risa de los chicos. En todo lo que habían construido juntos.

— Abu, ¿por qué sonreís? — preguntó Clara.

Lucía le acarició la cabeza.

— Porque hay amores que se van lejos, mi vida, pero no se van del todo.

Miró las hojas amarillas caer sobre la vereda.

Ya no preguntó por qué.

Solo agradeció.

Por Martín.

Por el café.

Por veinticinco años de felicidad.

Porque se termina la vida, pero no el amor.

 

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