Mariana pensaba que el amor tenía que verse bonito.

Mariana pensaba que el amor tenía que verse bonito.

Con flores, mensajes de buenos días y un hombre del que una pudiera tomarse del brazo para pasar frente a las vecinas del edificio, esas señoras que se sentaban en la entrada como girasoles, girando la cabeza detrás de cada persona que cruzaba. Su primer gran amor se llamó Leonardo.

Era guapísimo.

Demasiado, quizá. Tenía una sonrisa que le abría puertas aunque llegara con los bolsillos vacíos. No trabajaba en nada fijo. Decía que no había nacido para encerrarse en una oficina, que estaba buscando su destino, que la vida era para volar.

Mariana lo creyó.

Le hacía comida, le prestaba dinero, le lavaba camisas, lo dejaba dormir en su departamento. Si él llegaba triste, ella dejaba todo para escucharlo. Si él desaparecía dos días, bastaba con que volviera diciendo “mi niña” para que ella olvidara el coraje.

Hasta que una tarde, mientras se comía los últimos chilaquiles que ella había preparado, Leonardo suspiró.

— Me aburro contigo, Mariana.

Ella soltó una risa nerviosa.

— ¿Cómo?

— No me valoras como hombre. Si de verdad me amaras, ya me habrías llevado aunque fuera una vez a la playa.

Mariana se quedó mirándolo.

Él hablaba en serio.

Esa misma semana se fue. Ella lloró varios días. Después rompió sus fotos y las quemó en una olla vieja. Se prometió que no volvería a alimentar hombres hermosos que no sabían quedarse.

Luego conoció a Víctor.

Una mañana iba tarde al trabajo. Estaba en una parada de camión en Guadalajara, con el cabello mal recogido y la paciencia por el suelo. Un taxi se detuvo frente a ella.

— ¿Va tarde, señorita? — preguntó el chofer. — Súbase. Hoy la suerte vino con taxímetro apagado.

Víctor era mayor que ella. Pulcro, afeitado, con camisa planchada y olor a café. El carro estaba limpio, ordenado, con una estampita pegada en el tablero. Mariana pensó que un hombre así seguramente tenía una mujer detrás. Quiso creer que era su mamá.

Él fue amable. Le abrió la puerta, le preguntó si quería bajar la ventana, si la música le molestaba. Cuando llegaron, no quiso cobrarle.

— Luego me invita un café — dijo.

Mariana le dejó su número.

Empezaron a verse. Víctor le mandaba flores, le compraba chocolates, la trataba como si fuera delicada. Mariana se dejó querer, aunque algo en el fondo le decía que preguntara más.

Un domingo fueron a caminar a un bosque cerca de la ciudad. Había flores pequeñas entre la hierba. Mariana cortó unas cuantas y se hizo un ramito. Víctor, al verla contenta, también juntó flores. Hizo un ramo grande.

Al subir al taxi, Mariana puso el suyo sobre sus piernas.

Víctor dejó el suyo en el asiento de atrás, con demasiado cuidado.

Y Mariana pensó:

“Para su esposa.”

No preguntó.

Quiso engañarse un poco más.

La verdad llegó días después.

Una mujer tocó a su puerta con dos niños pequeños. No gritó. No lloró. Solo dijo:

— Aquí están. Si tanto quiere a su papá, también críelos. Ellos lo adoran.

Mariana sintió que la sangre se le iba.

— No sabía — dijo. — Se lo juro. No voy a meterme en una familia.

Esa noche terminó con Víctor.

Después llegó David.

Era georgiano y lo conoció en el cumpleaños de una amiga. David entró a la fiesta como si trajera música pegada a la ropa. Reía fuerte, abrazaba a todos, cocinaba como si cada cena fuera una celebración. Mariana, que ya estaba cansada de sufrir, no pudo resistirse a esa alegría.

Con David nunca había silencio. Había comidas, amigos, caminatas, planes, canciones.

— Mariana, tú tienes ojos tristes — le decía. — Yo te los voy a cambiar.

Durante un año casi lo logró.

Luego se fue a Georgia.

Su madre estaba enferma, dijo. O quizá extrañaba su tierra. O quizá simplemente era de esos hombres que pasan por la vida como tormenta de verano.

Mariana volvió a quedarse sola.

Y decidió que así viviría. Sin hombres. Sin lágrimas.

Entonces descubrió que estaba embarazada.

Al principio no pudo ni hablar. ¿Cómo iba a criar un bebé sola? ¿Qué diría la gente? ¿David volvería algún día?

Pero cuando nació la niña, todo el miedo cambió de forma.

La llamó Valeria.

Valeria tenía los rizos oscuros de David, los ojos negros y una sonrisa que iluminaba hasta los días más pesados. Mariana la miraba y, en vez de odiar al hombre que se fue, recordaba que por un tiempo había sido feliz.

No fue fácil.

Había noches en que se sentía rota de cansancio. Días en que envidiaba a sus amigas casadas. Pero Valeria necesitaba desayuno, abrazos, cuentos, uniformes, vacunas. No había tiempo para morirse de tristeza.

El primer día de primaria, sentaron a Valeria junto a un niño llamado Diego.

Se odiaron al instante.

— Greñuda — le dijo él.

Valeria le enterró el codo.

Desde entonces fueron enemigos. Se jalaban los lápices, se empujaban, llegaban con rasguños. La maestra los separó, pero ellos se buscaban en el recreo para seguir peleando.

Cuando Valeria llegó a casa con la mejilla arañada, Mariana fue a la escuela.

La maestra le dio la dirección del papá de Diego.

— Hable con él, por favor. La mamá no vive con ellos.

Mariana fue esa misma tarde.

La puerta la abrió un hombre con un trapo de cocina sobre el hombro y las manos llenas de harina.

— ¿Conmigo? Pase, por favor. Nomás termino de darle de comer a mi chamaco y le hago un café.

Se llamaba Andrés.

El departamento era pequeño, desordenado, con olor a tabaco y comida recién hecha. Se notaba que allí hacía falta una mano paciente. Mariana, sin querer, empezó a imaginar cortinas limpias, ventanas abiertas, una planta en el balcón.

Andrés volvió con dos tazas de café.

Ese aroma se le quedó para siempre.

— Soy la mamá de Valeria — dijo Mariana, seria.

Andrés sonrió.

— Ah, entonces usted es la mamá de la niña que trae loco a mi Diego.

— Si estar loco significa arañarla, necesitamos corregir el romance.

Andrés dejó de sonreír.

— No sabía. Voy a hablar con él. Se lo prometo.

Mariana volvió a casa, pero esa noche no durmió. Pensó en el café, en el hombre cansado, en el niño sentado en la cocina fingiendo que no escuchaba. Pensó que ese departamento no necesitaba una visita de reclamo, sino una vida nueva.

En la junta de padres lo vio otra vez.

Andrés estaba solo. Sin esposa. Sin anillo.

Al terminar, ofreció acompañarlas a casa. Era diciembre y oscurecía temprano.

— Está bien — dijo Mariana.

Después supo que Andrés estaba divorciado. Su esposa se había ido con su mejor amigo. Diego se quedó con él porque no quiso irse con ella.

Año Nuevo lo pasaron juntos.

Mariana ya no esperaba príncipes. Había aprendido que un hombre de verdad quizá no llega con promesas grandes, sino con una taza de café y ganas de quedarse.

En primavera, Andrés le dijo:

— Desde que llegaste furiosa por tu hija, no dejé de pensar en ti. Vi una mujer que sabe amar defendiendo. Eso vale mucho.

Mariana y Valeria se mudaron con Andrés y Diego, pero antes preguntaron a los niños.

Valeria y Diego hicieron caras.

— Bueno — dijo Diego —. Pero que no toque mis coches.

— Y él que no me diga greñuda — respondió Valeria.

Así empezó la familia.

Andrés trabajó como nunca. Compraron un departamento más amplio. Mariana cuidaba la casa y a los dos niños. Diego se volvió suyo también. Andrés adoraba a Valeria, iba a sus festivales, la ayudaba con tareas y le decía “mi niña” con una ternura que a Mariana le curaba años de abandono.

Los niños crecieron.

De enemigos pasaron a amigos. De amigos a confidentes. Y un día anunciaron que se iban a casar.

Mariana y Andrés se sorprendieron, claro. Pero los bendijeron. ¿Quién puede negarle la razón a una historia que empezó con rasguños y terminó en amor?

Valeria y Diego se fueron de luna de miel a París.

Mariana le propuso a Andrés ir al mar.

— Por fin solos — dijo. — Una semana tú y yo.

Él no quería.

— Mejor cómprate algo bonito.

— Lo bonito ya lo tengo. Tú. Ahora quiero tiempo contigo.

Fueron.

Fue una semana de felicidad limpia. Caminatas en la playa, flores, cenas largas, risas. Andrés le decía que ella había sido su segunda oportunidad, su casa, su paz.

La última mañana fueron a despedirse del mar. No había nadie. El agua estaba tranquila.

Andrés la besó.

— Mariana, te amo muchísimo — dijo con una tristeza suave. — Más de lo que sé decir.

Ella sonrió, pero no respondió rápido.

— Me voy a meter tantito antes de irnos.

Entró al agua.

No volvió.

Los rescatistas buscaron. No había tormenta. No había olas. No había explicación.

Mariana regresó sola.

Durante meses no vivió, apenas respiró. Odió el mar. Odió las preguntas. No tenía tumba a la cual llevar flores. Lo que más la perseguía era no haber respondido: “Yo también te amo.”

El tiempo no cura.

Solo enseña a cargar el dolor sin que todos lo vean.

Pasaron años.

Mariana caminaba por un parque de otoño tomando de la mano a sus nietos, Camila y Mateo, hijos de Valeria y Diego. Como siempre, entraron a una cafetería. A los niños les compró helado. Ella pidió café.

Cuando el aroma subió de la taza, cerró los ojos.

Andrés estaba allí. En el olor. En la risa de los niños. En todo lo que habían construido.

— Abuela, ¿por qué sonríes? — preguntó Camila.

Mariana le acarició el cabello.

— Porque hay personas que se van de la vista, mi amor, pero nunca del corazón.

Miró por la ventana las hojas amarillas cayendo.

Ya no preguntó por qué.

Solo dijo en silencio:

Gracias.

Por Andrés.

Por el café.

Por veinticinco años de felicidad.

Porque la vida termina, pero el amor no.

 

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