Me llamo Rosa Elena Domínguez y el sábado pasado cumplí setenta años en mi casa de Reading, Pensilvania, la misma casa de dos pisos donde crie a mis tres hijos y donde ahora vivo sola desde que murió mi esposo Héctor, hace ya once años.
No esperaba fiesta ni nada parecido. A esta edad una ya entiende que un cumpleaños es solo otra fecha más en el calendario de la cocina, ese que me regala cada diciembre la farmacia CVS de la esquina. Me levanté como cualquier día, puse la cafetera, calenté un pan dulce en el microondas y me senté junto a la ventana a ver cómo el vecino sacaba la basura antes de que pasara el camión.
La primera en llamar fue mi hija mayor, Cecilia. Habló rápido, casi sin aliento, se le notaba que estaba manejando —oía el clic-clic de la direccional de fondo. "Feliz cumpleaños, ma, te llamo luego con calma, voy tarde a dejar a los niños." Colgó antes de que yo terminara de decir gracias.
A media mañana mi hijo Rubén me mandó un mensaje de texto: una imagen de un pastel con velitas y un "Feliz cumple, ma" de cinco palabras. Ni una llamada.
Por la tarde llegó el turno de mi hija menor, Daniela. Un audio de treinta y dos segundos —los conté, sin querer, mientras lo escuchaba dos veces— con la televisión a todo volumen detrás y uno de sus hijos gritando que quería jugo de manzana.
Escuché los tres saludos, miré la foto del pastel en mi celular y pensé: bueno, al menos se acordaron. Al menos están bien de salud. Con eso me conformaba, o eso me repetía.
Como a las cuatro de la tarde tocaron el timbre. Era el repartidor de UPS, con esa chaqueta café que uno reconoce a media cuadra. Me entregó un sobre acolchado y por un segundo el corazón me dio un salto —pensé: mira, al final sí se organizaron entre los tres, algo prepararon. Firmé en la pantallita, cerré la puerta y lo abrí ahí mismo, parada en la sala, todavía con la bata puesta.
Adentro había un cheque y una tarjeta pequeña con un gato dibujado. La abrí. Tres firmas. Nada más. Ni una frase, ni un "te queremos", ni un "gracias por todo". Tres nombres garabateados uno debajo del otro, como si fuera la hoja donde uno marca asistencia en el trabajo.
Miré el cheque. Ciento veinte dólares. Lo volví a mirar, como si al segundo vistazo fuera a cambiar la cifra. Era justo lo que gasto en el Aldi para una semana normal de mandado, sin ningún lujo, ni carne buena ni nada especial.
El golpe no llegó de inmediato. Me quedé ahí parada, con ese pedazo de cartulina en la mano, pensando que tal vez me faltaba entender algo. Que quizás era solo el comienzo de una sorpresa más grande. Que en cualquier momento sonaría otra vez el timbre y ahí estarían los tres, con globos, con algo.
No tocó nadie más. No pasó nada más.
Guardé el sobre en el cajón de la cómoda, el mismo donde tengo los recibos viejos y las pilas sueltas, y fui a la cocina a hacerme de cenar. Sola, como siempre. Me freí dos huevos, prendí la tele —estaban dando las noticias de Univision, algo sobre el tráfico en la I-78— nada más para que la casa no sonara tan vacía. Y ahí fue cuando se me rompió algo por dentro.
No lloré por el dinero. Vivo con lo justo, con mi pensión y lo que me queda de la costura que todavía hago los fines de semana para unas señoras del barrio, y me alcanza. El dinero no era el problema. Era otra cosa la que me apretaba por dentro, algo que no tenía nombre todavía.
Empezaron a venírseme encima los recuerdos, uno detrás de otro. Yo ahorrando cada dólar en un frasco de mayonesa para comprarles la primera bicicleta, renunciando a un abrigo nuevo porque ese invierno no alcanzaba para las dos cosas. Yo sin dormir, sentada al borde de la cama de Rubén cuando le dio varicela y tenía treinta y nueve de fiebre. Yo cargando bolsas en el autobús de la ruta 11 durante cuarenta minutos, de un lado a otro de la ciudad, para cuidar a los nietos porque "ma, no nos da tiempo, sácanos de este apuro". Yo cocinando para quince personas cada Día de Acción de Gracias, lavando trastes hasta la medianoche, recogiendo, sintiéndome contenta porque al menos estaban todos ahí, porque la casa sonaba llena, porque todavía éramos una familia de verdad.
Setenta años de vida. De los cuales le entregué cuarenta y tres a esos tres hijos. Y para mi cumpleaños número setenta: un cheque de ciento veinte dólares y tres firmas frías en una tarjeta con un gato.
No los llamé. No dije nada. ¿Para qué? De todos modos no lo entenderían. O peor: fingirían no entenderlo.
Me quedé ahí sentada, con el plato de huevos ya frío, pensando en cómo es que uno da la vida entera hasta el último gramo y en algún momento se da cuenta de que para sus propios hijos se volvió un renglón más en la lista de pendientes del día. "Llamar a ma por su cumpleaños" —tache, listo, siguiente cosa.
No fui una mala madre. Tal vez no fui perfecta, pero me partí en dos por ellos cada vez que hizo falta. Siempre estuve ahí. Siempre.
Y creo que ese fue justamente mi error. Estuve tan disponible, tan sin quejarme nunca, que dejaron de verme como una persona que también necesita algo de vez en cuando. Se les olvidó que yo también, aunque sea una vez al año, necesito que alguien se siente conmigo. No hacía falta el cheque. Hacía falta que uno de los tres manejara hasta acá, se sentara en esta misma silla de la cocina y me preguntara: "Ma, ¿cómo estás tú?".
Al día siguiente saqué el sobre del cajón. Lo miré un buen rato bajo la luz de la ventana. Después lo volví a guardar, junto a los recibos viejos y las pilas sueltas, en el mismo lugar de siempre.
El lunes siguiente fui al banco de la esquina de Penn Street y cambié el cheque. Con esos ciento veinte dólares no compré mandado. Compré un boleto de autobús Greyhound a Filadelfia y una entrada para el museo de arte, ese de la escalinata que sale en la película de Rocky. Fui sola, un martes cualquiera, y me quedé casi tres horas mirando cuadros que nadie me apuraba a dejar de ver. Almorcé en una cafetería que tenía manteles de verdad, pedí lo que se me antojó sin calcular si alcanzaba para la próxima semana, y me quedé ahí, tomando café despacio, hasta que se me hizo tarde para el último autobús de regreso.
Esa noche, ya en mi cocina, saqué una libreta y anoté un número en la primera página: cuarenta y tres, los años que les di. Debajo escribí otro: veintisiete, los que me quedan si Dios quiere, calculando por la edad a la que murieron mi madre y mi abuela. Cerré la libreta, la puse junto a la cafetera, y me serví lo que quedaba del café ya frío, mirando por la ventana cómo se encendían, una por una, las luces de la casa de enfrente.
