No Me Lleves a Rufo

El viento de noviembre silbaba entre los paneles de la casa rodante de su hermana en las afueras de Houston. Maricela llevaba nueve noches sin dormir, y el insomnio tenía una banda sonora: el tintineo de las agujas de tejer de Valeria contra la madera de la mesa. No era un sonido molesto, sino una especie de metrónomo que le impedía a su mente silenciarse del todo.

—Ya, párale con el café, Mari —dijo Valeria sin levantar la vista de la bufanda gris que estaba tejiendo para su nieto—. Te va a dar algo.

—No es el café, Val. Es que no puedo.

—Pues haz como que puedes. Ese desgraciado ni siquiera merece que te acuerdes de él.

Maricela asintió, pero ni mil asentimientos le sacaban del pecho el eco de aquella frase que Javier le había susurrado en el pasillo del juzgado del condado de Harris tres semanas atrás, justo después de firmar los papeles del divorcio. «El perro se queda conmigo».

Habían partido en dos una vida de veintisiete años. La casa en Pasadena, para él. El carro, para él. El negocio de aire acondicionado, para él. Todo era de él o estaba a su nombre, porque así lo habían decidido treinta años atrás, cuando ella se quedaba en casa criando a los hijos y él construía su imperio de compresores y ductos. Maricela se había ido con dos maletas y una deuda de gratitud por los años que él le había «dado».

Pero no con el perro. Eso no estaba en los planes.

Rufo había llegado a sus vidas siete años antes, en una carretera polvorienta cerca de Corpus Christi, durante un viaje para ver a la suegra. Un bulto minúsculo y color miel en una caja de cerveza Bud Light a la orilla del camino. Javier no quería parar.

—Es un perro callejero, Mari, que pereza.

—Frena el carro, Javier. Frena o me bajo caminando.

Paró de mala gana. El cachorro ni siquiera ladraba, solo temblaba. Tenía los ojos aún azules de la leche y una garrapata pegada detrás de la oreja. Maricela lo envolvió en su chaqueta de mezclilla y lo sentó en sus piernas durante las tres horas que quedaban de viaje. Javier condujo en silencio, con esa calma tensa que presagiaba discusiones. Cuando llegaron a casa, solo dijo: «Tu perro, no mío».

Durante años, Rufo fue de ella. Solo de ella. Dormía a los pies de la cama, del lado de Maricela. Cuando Javier trabajaba hasta tarde y ella se quedaba sola viendo telenovelas en el sofá, Rufo apoyaba la cabeza en sus pantuflas. Era un pastor australiano mestizo, con un ojo azul y otro café, y una obsesión inexplicable por un peluche mordisqueado de un ajolote que chillaba al apretarlo. Maricela guardó el biberón de suero con el que lo alimentó las primeras semanas escondido en la cómoda, como quien guarda el ombligo de un hijo.

El divorcio fue limpio como un corte de bisturí. Maricela no pidió nada. Supo lo de Adriana, la nueva recepcionista de Javier, por un mensaje de Facebook de la esposa de un empleado. No hizo escenas. No reclamó. Simplemente preparó la cena, puso los platos, y mientras Javier leía el periódico deportivo, le dijo: «Javier, quiero el divorcio». Él ni siquiera se sorprendió. Asintió con la cabeza y siguió leyendo los puntajes. Fue más humillante que cualquier grito.

Pero lo del juzgado fue otra cosa. Lo del perro fue una puñalada calculada con una sonrisa de abogado. «Está registrado en la veterinaria a mi nombre», le había dicho él, arreglándose el nudo de la corbata. «Los papeles, Mari. Sin papeles no puedes hacer nada». No lo quería realmente. En siete años le había puesto comida al plato tres veces. Lo hizo porque ella se estaba yendo demasiado entera, demasiado tranquila, y él necesitaba verla doblarse aunque fuera un poco.

Valeria dejó las agujas sobre la mesa y se sirvió un dedo de licor de café en una tacita. Afuera, un perro del vecindario le ladraba a los coyotes que bajaban de las colinas.

—Vas a regresar por él —dijo Valeria de repente, con la seguridad de quien lee el futuro en los restos del café.

—No puedo, Val. ¿Con qué autoridad? El juez dijo…

—El juez dijo lo que dijo de un perro de papel. Pero ese perro no es de papel, es tuyo. Y ese hombre no va a aguantar ni dos semanas con un animal que lo mira con odio. Vas a ver.

El teléfono vibró en la encimera de la cocina. Un número desconocido. Maricela dudó, limpiándose las manos en el mandil, y contestó con un cauteloso «¿Bueno?». Era doña Gloria, la vecina de al lado de su antigua casa, una mujer oaxaqueña de ochenta años que se sabía la vida de todo el vecindario mejor que el cura de la parroquia.

—Mija, ¿cómo estás? Óyeme bien —la voz de doña Gloria era un susurro urgente—, aquí está pasando algo muy feo. Ese perro tuyo, el güerito, no ha parado de llorar en tres días. Se oye desde el pasillo, parece un niño chiquito. La muchacha esa, la nueva, se fue ayer con unas maletas y un señor en un Mustang.

Maricela sintió que el estómago se le subía a la garganta.

—¿Y Javier?

—Encerrado. Le toqué la puerta por lo del perro y ni siquiera abrió. Pero el perro llora, mija. Llora mucho.

Colgó. Valeria la observaba por encima de sus lentes de lectura, sin preguntar.

—No voy a llamarlo —dijo Maricela, adelantándose a cualquier comentario.

—No, no lo vas a hacer. Vas a esperar. Y va a llamar él. Y entonces te levantas, te pones los zapatos y vas a traer a tu perro. No a él. Al perro.

Esa noche fue eterna. El colchón de la casa rodante olía a suavizante de lavanda barato y a madera húmeda. Maricela se levantó tres veces a beber agua. A las cuatro de la mañana, mirando el techo, se dio cuenta de que no podía recordar el sonido de las uñas de Rufo contra el suelo de baldosa. Intentó forzar el recuerdo, pero el insomnio le robaba hasta eso.

El teléfono sonó a las ocho y cuarto de la mañana del décimo día. En la pantalla, como una mala broma, el nombre «Javier» y una foto antigua de él con el pulgar hacia arriba en una carne asada. Maricela dejó que vibrara tres veces. El café se le enfriaba en la mano. Contestó.

—Mari… —la voz era un hilillo ronco, irreconocible. Al fondo, inconfundible, un gemido agudo y débil.

—¿Qué quieres?

—Es Rufo. Lleva desde el martes sin comer. El veterinario dice que es depresión, o ansiedad por separación, o no sé qué cosa. No me hace caso. Está tirado en el tapete de la entrada, donde dejabas los tenis.

Maricela apretó la taza hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No dijo nada.

—Mari, por favor —la voz de Javier se quebró en un sollozo seco, la clase de sollozo de un hombre que no llora desde que era niño—. La muchacha se fue. No sé ni por qué te digo esto. Pero el perro se me está muriendo.

—Voy para allá —dijo Maricela, y colgó antes de escuchar una palabra más. No por crueldad, sino porque ya estaba buscando las llaves del carro.

El viaje de regreso a Houston por la I-45 fue un túnel de asfalto y memoria. Seis horas con el acelerador pegado al piso. Pasó de largo las refinerías de Texas City, el olor a azufre entrando por la ventilación. No puso música. No la necesitaba.

En el condado de Harris, tomó la salida hacia su antiguo barrio y al llegar a la calle, todo le pareció una maqueta de su vida anterior. El mismo sauce llorón, el mismo carro del vecino estacionado en el pasto. Lo único fuera de lugar era ella.

Javier abrió la puerta. Estaba descalzo, con un pantalón de chándal viejo y una camiseta agujereada. Olía a encierro y a cigarro de gasolinera. Los ojos enrojecidos. Se hizo a un lado sin mediar palabra, como un portero vencido.

Rufo estaba donde le había dicho doña Gloria. En el tapete de la entrada. No se levantó al verla. Solo levantó esa cabeza noble de pastor australiano, giró las orejas como antenas parabólicas, y soltó una especie de suspiro ronco. Una exhalación de alivio.

Maricela se arrodilló en el suelo. No dijo «ven», no dijo «Rufo». Solo se arrodilló y esperó. El perro se incorporó despacio, con las patas temblorosas. Se notaban las costillas bajo el pelaje miel. Caminó esos dos pasos con la lentitud de un anciano y le hundió el hocico caliente y seco en el cuello, justo donde el pulso late más fuerte.

—Ya estoy aquí, mi niño —susurró, y la voz no le tembló—. Ya estoy aquí.

Detrás de ella, Javier empezó a farfullar. «Lo siento, Mari… la muchacha me engañó… podemos intentarlo…». Las palabras le rebotaban en la espalda como gotas de lluvia en un impermeable. No significaban nada. Eran ruido.

—¿Dónde está la correa? —preguntó ella, de espaldas.

—En el clóset, donde siempre.

—Tráela.

Fue por ella sin chistar. El hombre que había usado al perro como último cartucho de una guerra que ella ya había ganado al rendirse, le trajo la correa. Le trajo también el ajolote de peluche, sucio y con un ojo colgando. Maricela lo tomó y se lo puso a Rufo bajo la pata. El perro lo apretó contra su pecho.

—Maricela…

Se giró. Le sostuvo la mirada por primera vez en semanas. En sus ojos no había odio. Tampoco perdón. Había una indiferencia tan pura y sólida que Javier retrocedió medio paso.

—Cierra la puerta al salir —dijo ella—. Yo ya no tengo llave.

Bajaron al carro. Rufo se enroscó en el asiento del copiloto y puso la cabeza sobre su regazo. Pesaba menos de lo que debería. Olía un poco a perro descuidado. Maricela encendió el motor de la vieja camioneta de Valeria y sintió cómo se desataba un nudo en el pecho.

Paró en la primera gasolinera que encontró, ya cerca de Huntsville. Compró una pechuga de pollo rostizado, de esas que venden calientes en una bolsa de aluminio. Se sentó en el borde de la acera, junto a la camioneta, y le dio de comer en la palma de la mano. Rufo comió lento al principio, luego más rápido, luego con una avidez que la hizo llorar. Lágrimas gordas, silenciosas, que caían sobre el lomo del perro y se perdían en el pelaje. Un viajero de paso la miró raro. A ella le dio igual.

Llegaron a la casa de Valeria al anochecer, con el cielo teñido de un rosa anaranjado de postal tejana. Valeria los esperaba en el porche, con un plato de croquetas y un tazón de cerámica con agua fresca. Rufo subió los escalones cojeando, pero moviendo la cola por primera vez en diez días. Un golpeteo tímido contra la madera.

—Pasa, chiquito —le dijo Valeria, y luego, a Maricela—: Tú también, mujer. Adentro hay menudo caliente.

Esa noche, Rufo durmió a los pies de la cama plegable, sobre una manta de tigre que Valeria había puesto especialmente para él. Maricela se tumbó a su lado, en el suelo, acariciándole las orejas hasta que el perro soltó un ronquido profundo, acompasado, pacífico.

El celular vibró una última vez, ya pasada la medianoche. Javier. Seguro con otro mensaje, otra súplica, otra excusa. Maricela ni siquiera lo descolgó. Presionó el botón de apagado, dejó el teléfono en la mesa de noche boca abajo y se quedó mirando, a través de la ventana, el pestañeo lejano de una torre de comunicaciones. Rufo se estiró en sueños y soltó un ladrido apagado, persiguiendo una ardilla imaginaria en un mundo donde las puertas nunca se cierran de golpe.

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Odissea
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