Tía Valeria

El teléfono sonó un viernes a las seis y diez de la mañana, cuando Valeria apenas estaba secándose el café que se le había caído sobre la blusa. En la pantalla apareció «Sujei». Lo dejó vibrar tres veces mientras se frotaba con una toalla de papel, y luego respondió.

— Val, necesito tres mil quinientos antes del lunes — soltó Sujei sin saludar— . Es para Santi, le salió una beca parcial para un campamento de fútbol en Denver, pero hay que pagar el resto ya o se la dan a otro. Y también el uniforme nuevo, que el del año pasado no le entra.

Valeria se quedó mirando la mancha de café que se expandía sobre la blusa blanca. Tres mil quinientos dólares. Así, sin anestesia.

— Buenos días, Su.

— Sí, buenos días. ¿Entonces me los transfieres hoy? Es que la coach ya me mandó tres mensajes.

A Santi se lo dejaron una tarde de diciembre, cuando el niño tenía dos años y medio. Sujei tocó el timbre con una mochila en una mano y al niño dormido en el otro brazo. Ni siquiera entró. Se quedó en el umbral del apartamento de Valeria en Albuquerque, con los ojos enrojecidos y el rimel corrido.

— Mira, Val, solamente un par de meses. Te lo juro. Lo de Orlando se acabó, el hombre se fue y me dejó limpia. Tengo que buscar trabajo, y con el niño no puedo ni ir a una entrevista. Mamá dice que tú estás sola, que a ti te es más fácil.

Sola. Esa palabra se le había pegado a Valeria desde que cumplió treinta y dos sin anillo y sin hijos. Como una etiqueta de descuento que nadie se molesta en despegar. Trabajaba en facturación médica, tenía su apartamento en Northeast Heights y vivía tranquila. Para su familia, eso significaba que no hacía nada.

— Su, yo entro a las siete. No tengo con quién dejarlo.

— ¡Pero si hay guardería! Yo te paso algo de dinero cuando me acomode. Porfa, Val. Eres mi hermana.

La madre llamó esa misma noche.

— ¿Cómo vas a dejar a tu hermana tirada con un niño? El desgraciado del marido la abandonó y tú pensando en tu trabajo. No te cuesta nada. No te dio hijos Dios, pues ayuda con el sobrino.

No te dio hijos Dios. Lo dijo como quien dice «hace frío». Sin maldad. Pero se quedó ahí, incrustado.

Valeria aceptó por dos meses.

Los dos meses se volvieron cinco años sin que nadie pidiera permiso. Al principio Sujei «estaba buscando». Luego encontró algo, pero «el jefe era un imbécil». Después anunció que se iba a San Diego un par de semanas para despejarse, que estaba al borde de un colapso. De San Diego llegaron fotos: Sujei en la playa, Sujei en un yate con un tipo musculoso, Sujei en un restaurante con una copa de vino. De dinero no llegó un centavo.

Santi entró a la guardería que estaba a dos calles del apartamento de Valeria. Ella se levantaba a las cinco y diez, preparaba el almuerzo del niño, lo dejaba, manejaba veinte minutos hasta la clínica, y cuando el niño se enfermaba — y se enfermaba cada dos semanas, como todos los niños de guardería — Valeria pedía vacaciones sin sueldo o se quedaba hasta la medianoche cuadrando facturas para recuperar las horas.

Compró una cuna. Luego la cuna quedó chica, y Valeria regaló el futón y puso una cama de niño. Zapatos, chamarras, mochilas, el copago del pediatra, las medicinas cuando le dio bronquitis. Todo salía de su bolsillo, automático, sin llevar cuentas, porque el niño no podía andar con agujeros en los tenis.

Sujei aparecía una vez cada tres meses. Llegaba con un juguete y se tiraba al suelo a abrazar a Santi, llorando: «Ay, cómo te extrañé, mi vida, mi sol». A las tres horas ya se había ido. Tenía «una cita», «un evento», «un nuevo amigo, Val, no sabes, es bello».

Una sola vez Valeria le dijo en la puerta:

— Su, aunque sea veinte dólares para los pañales.

— Ay, Val, ahorita no puedo. Te juro que cuando me acomode te pago todo. Hasta el último centavo.

Santi la llamaba «tía Vale». Nadie se lo enseñó. Él solito empezó a decirle así, y a veces, cuando estaba medio dormido, solo decía «Vale», y Valeria dejó de corregirlo.

Fue ella quien le enseñó las letras con un juego de imanes que puso en el refrigerador. La A azul, la E roja, la I amarilla. El niño a los cuatro años ya leía palabras cortas, acostado en el sofá con la cabeza apoyada en el hombro de Valeria, mientras ella le señalaba las letras con el dedo. Fue ella la que lo llevó a vacunarse, y la que le puso las compresas cuando tuvo paperas. Cinco años.

Se lo llevaron en agosto, un mes antes de que empezara el kínder. Sujei llegó transformada: peinada de salón, maquillaje caro, un tipo nuevo que esperaba en una camioneta negra. Orlando. El nuevo esposo.

— Ya estoy lista, Val. Orlando tiene un negocio de HVAC, compramos casa en Rio Rancho, hay unas escuelas buenísimas. Gracias por todo, en serio, me salvaste la vida.

— Sujei, el niño lleva cinco años aquí. Esta es su casa.

— Es mi hijo. ¿Qué tiene que ver? Además, ya está grande, necesita a su mamá.

Santi no quería irse. Se aferró a la sudadera de Valeria, llorando a gritos, y Sujei tuvo que despegarle los dedos uno por uno mientras le decía «ya, ya, no hagas escándalo». Se lo llevó casi a rastras por las escaleras.

Valeria se quedó sentada en el piso del pasillo, escuchando cómo el llanto de Santi bajaba por el hueco de la escalera y luego se apagaba cuando la puerta del estacionamiento se cerró. En el refrigerador quedaron los imanes. Los despegó uno por uno, despacio, y los guardó en una caja de zapatos. La puso en el clóset, en el estante de arriba.

Durante tres años, Sujei casi no llamó. Un mensaje para Navidad. Para Acción de Gracias ni eso. Santi dejó de venir al apartamento porque «está muy retirado» y «tiene muchas actividades». Valeria manejaba hasta Rio Rancho algunos domingos. Le llevaba regalos, lo invitaba a comer pizza. Santi ya estaba más grande, le daba pena abrazarla en público, pero cuando caminaban por el parque, todavía le agarraba la mano.

Luego dejaron de verse. Sujei siempre tenía un pretexto: que si se fueron a Santa Fe, que si Santi estaba en entrenamiento, que si Orlando necesitaba la camioneta. Poco a poco, la distancia se volvió silencio.

Hasta aquella mañana de viernes, con la mancha de café y los tres mil quinientos dólares.

— Sujei, ¿para qué es tanto dinero? No me estás pidiendo un favor de cien dólares.

— Ya te dije. El campamento, el uniforme, el tutor de lectura. Santi está medio atrasado en comprensión. Todo eso hay que pagarlo antes del lunes.

— ¿Y Orlando? Dijiste que Orlando tenía negocio.

— ¡Es que tú no entiendes! Orlando está reinvirtiendo, el dinero está en la compañía, no lo podemos tocar. Aparte, ni es su hijo, qué le va a andar pagando cosas.

— Entonces que pague el papá. Que pague Julio.

Sujei soltó un suspiro ruidoso, de ésos que quieren hacer sentir al otro como idiota.

— Val, Julio se desapareció del mapa hace años. No seas ridícula. Mira, tú tienes trabajo, vives sola, no tienes gastos. A ti no te cuesta. Yo soy madre soltera, no sabes lo que es esto.

— No sé lo que es, claro — la voz de Valeria se puso filosa, más de lo que ella misma esperaba— . Porque yo solamente lo crié cinco años. Porque yo solamente le enseñé a leer, lo llevé al doctor, le compré los zapatos mientras tú andabas en un yate mandando fotos. No sé lo que es.

Hubo un silencio tenso.

— Ay, Val. Otra vez con lo mismo. Ya pasó, supéralo. Nadie te obligó. Tú solita dijiste que sí.

Valeria colgó. No podía más. Se sentó en la cama, con una mano todavía apretando el teléfono, y sintió que le temblaba el estómago. No era rabia. Era algo más viejo, más cansado.

Esa noche Sujei volvió a la carga. Esta vez por mensaje de texto, uno de esos mensajes largos que ocupan toda la pantalla:

«Mira, Val, si no quieres ayudar a tu propia sangre, allá tú. Pero acuérdate de que Santi te quiere. Si le niegas esto, yo sí le voy a contar que su tía prefirió el dinero antes que a él.»

Valeria lo leyó dos veces, de pie junto a la estufa, mientras la sopa se le enfriaba en el plato. Luego respondió, escogiendo cada palabra:

«Cuéntale. Yo también puedo contar. Todavía tengo los recibos de la guardería, del pediatra, de la recámara que le compré. Cinco años, Su. Y también puedo contar cómo no me dabas ni para pañales mientras te paseabas en California. Y cómo me lo quitaste sin dejarme verlo tres años. Cuéntale tú, y cuento yo. A ver a quién le cree.»

No todos los recibos estaban. Algunos sí: los copagos de la clínica, el contrato de la guardería. Pero Sujei no lo sabía.

Sujei no respondió. Dejó en visto.

Tres semanas después, Valeria se enteró por Facebook de que habían celebrado el cumpleaños de la mamá. Sesenta y ocho años. En las fotos salía toda la familia: Sujei, Orlando, Santi con una camisa nueva, la mamá en el centro, con un sombrero de fiesta plateado. Valeria no había sido invitada. Nadie le avisó.

Se quedó viendo la foto de Santi. Estaba flaquito, desgarbado, con esa edad en que las muñecas sobran de las mangas y la nariz crece más rápido que la cara. Pero los ojos eran los mismos. Esos que la miraban desde abajo cuando leía con él en el sofá.

La llamada entró en octubre. Eran las nueve de la noche, un número que no tenía registrado.

— ¿Tía Vale?

La voz de Santi ya no era la de un niño. Estaba más gruesa, a ratos se le quebraba en un gallo involuntario. Valeria sintió un nudo frío en la garganta.

— Santi. Mi vida.

— Te llamo del cel de un amigo. Mi mamá no quiere que hable contigo. Dice que tú nos dejaste.

Valeria se sentó en la mesa de la cocina, despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera cortar la llamada.

— Yo nunca te dejé, Santi. Escúchame bien: nunca te dejé. Pase lo que pase, eso no es verdad.

— Yo sé — dijo él, más bajito— . Me acuerdo de los imanes del refri. De la A y la E. Todavía me sé las letras por como tú me enseñaste.

Hablaron nueve minutos. Del equipo de fútbol, de que ahora le gustaba la robótica y estaba armando un carrito con un amigo. Valeria escuchaba con la mano apretada contra la boca, asintiendo aunque él no la viera. Antes de colgar, Santi dijo:

— Te vuelvo a llamar. Pero no le digas a mi mamá, ¿sí? Me quita el teléfono.

— No le digo. Llámame cuando quieras. A la hora que sea.

Llamó dos veces más. Una para contarle que metió gol en un partido. Otra para preguntarle cuánto era un galón en litros, para una tarea.

Luego dejó de llamar. Valeria no supo si se le acabó el amigo con el teléfono, o si Sujei se dio cuenta. El número ya no contestaba.

Un sábado de noviembre, Valeria hizo algo que no hacía desde que se llevaron a Santi. Se subió a una silla y alcanzó la caja de zapatos. Sopló el polvo y la abrió.

Ahí estaban. Los imanes de colores. La A azul, la E roja, la I amarilla. Los puso en el refrigerador, despacio, como si acomodara piezas de algo frágil. «S», «A», «N», «T», «I».

Se quedó mirándolos mientras anochecía. Luego buscó el número del cual Santi la había llamado, lo guardó como «Sobrino» en el teléfono y lo dejó sobre la mesa de la cocina, boca arriba, por si la pantalla se encendía otra vez.

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