Heridas de otro

Soledad creció viendo a su madre envejecer frente a una estufa de gas que nunca terminaba de funcionar bien. Carmen había sido la estudiante estrella de su generación en la preparatoria de Eagle Pass, con una beca casi asegurada para la Universidad de Texas en Austin. Era guapa, tenía una risa que llenaba cualquier cuarto y, según le contaban las tías, media ciudad anduvo detrás de ella en su juventud.

Pero Carmen eligió a Ramiro.

Ramiro era un tipo con sueños de grandeza y las manos vacías. Tenía un proyecto para cultivar chiles orgánicos que iba a revolucionar el mercado, decía. Convenció a Carmen de que se fueran a vivir a un terreno que había heredado cerca de Laredo, junto al río, donde él construiría el invernadero más moderno del sur de Texas. Carmen dejó la beca, dejó Austin, dejó todo.

—¿Cómo se te ocurre? —le preguntó Soledad una noche, ya en la universidad, mientras ayudaba a su mamá a lavar los platos en esa cocina con azulejos amarillos que odiaba—. La gente se mata por salir del pueblo y tú te metiste aquí como si fuera el paraíso.

Carmen se quedó callada un momento, secándose las manos con un trapo viejo. Luego dijo:

— Algún día vas a entender, mija. Algún día.

Pero Soledad no quería entender. Lo que ella veía era a un papá que volvía del terreno con la camisa empapada y los ojos rojos, que al principio hablaba de plazos y cosechas, y con los años solo hablaba del calor y de la mala suerte. Lo que ella veía era a su mamá pidiendo turnos extra en la clínica del pueblo, estirando el cheque como podía, perdiendo la risa poquito a poco. Lo que ella veía era una advertencia con patas.

Soledad se prometió algo a los catorce años, una noche que su papá llegó borracho y su mamá tuvo que esconder lo poco que quedaba del dinero del mes dentro de una lata de café en el congelador: ella no iba a terminar así. No iba a ser la mujer que lo deja todo por un hombre. Ella iba a ser la que gana.

Sacó las mejores calificaciones del condado. Aplicó a la Universidad de Texas en San Antonio y le dieron una beca completa. Se fue sin mirar atrás, con una maleta heredada y un ardor en el pecho que ella confundía con ambición, pero que en realidad era miedo.

En la universidad brilló desde el primer semestre. No era la típica estudiante que solo repite lo que dice el libro, sino que hacía preguntas incómodas, cuestionaba metodologías, se quedaba después de clase discutiendo con los profesores. En los seminarios de posgrado, donde se colaba aunque todavía era estudiante de licenciatura, todos la conocían.

Fue en uno de esos seminarios donde el doctor Daniel Santillán la vio por primera vez.

Santillán era el director del Departamento de Sociología, un hombre de cincuenta y pocos, con canas controladas en las sienes, camisas que se mandaba a hacer con un sastre del centro y esa seguridad de quien lleva quince años manejando presupuestos y egos académicos. Tenía una esposa callada, Laura, que trabajaba en la biblioteca del campus y siempre vestía faldas largas y zapatos sin tacón. Dos hijos ya grandes: uno en la marina, otra estudiando en California.

Fue Laura quien, sin querer, le abrió la puerta a Soledad.

—Dani, ven tantito —asomó la cabeza en la oficina de su marido una tarde de septiembre, con el ventilador de techo girando lento—. Te quiero presentar a alguien. Soledad, pasa, no te quedes ahí.

Soledad entró. Traía un vestido azul sencillo pero bien puesto, el cabello suelto y una carpeta con los resultados preliminares de un trabajo sobre migración y redes comunitarias que había hecho por su cuenta. Laura hablaba con ese entusiasmo manso que tienen las personas que ya no esperan ser escuchadas:

—Esta muchacha tiene unas ideas buenísimas para tu proyecto de la frontera. Leyó todo lo que has publicado, y además encontró unos datos del censo que ni los del centro de investigación habían procesado. De veras, deberías verlo.

Daniel miró a Soledad de arriba abajo con una lentitud que no era académica.

—¿De veras? —dijo, más para ella que para su esposa—. ¿Y cuántos años tienes tú?

—Veintidós —respondió Soledad, devolviéndole la mirada sin pestañear.

—Veintidós —repitió él, y sonrió de medio lado—. Bueno, a ver con qué me sorprendes.

Laura se fue contenta, creyendo que había ayudado a una estudiante talentosa. No vio la forma en que su marido se recargó en el escritorio, ni cómo Soledad tardó un segundo más de lo necesario en soltarle la mano.

Lo que siguió fue un baile de meses.

Daniel le ofreció ser su asistente de investigación. Le conseguía pases para congresos, la invitaba a cenar después de las conferencias, le presentaba a los decanos y a los del comité editorial de la revista de la universidad. Soledad aprendió rápido a medir las sonrisas: una amplia cuando necesitaba que él se sintiera importante, una más discreta cuando quería hacerse la difícil. Aprendió a reírse de sus chistes, pero no siempre, para que él no se confiara. Aprendió a inclinar la cabeza cuando él explicaba algo obvio, como si estuviera revelándole un secreto del universo.

La primera noche que se besaron fue en el estacionamiento de un restaurante en las afueras, después de una cena con dos investigadores invitados. Daniel la tomó de la muñeca antes de que ella se bajara del coche.

—No sé qué me estás haciendo —dijo, con la voz ronca.

Soledad no respondió. Solo lo miró, sostuvo la mirada tres segundos y luego cerró los ojos. El beso fue torpe, ansioso, casi adolescente. A ella le supo a menta y a poder.

Durante más de un año mantuvieron aquello. Daniel le pagaba un departamento chiquito cerca del campus, le compraba libros importados, la llevaba de viaje a la Ciudad de México a congresos donde ella exponía y él aplaudía desde la primera fila. A veces, de madrugada, en algún hotel, él le repetía lo mismo:

—Yo dejo todo por ti. Lo dejo todo.

Y ella le pasaba los dedos por el pecho y contestaba con suavidad:

—No digas cosas que luego vas a lamentar. Tú tienes una familia, Daniel. Tus hijos. Laura. Yo no quiero cargar con eso.

Pero lo que pensaba era: no quiero a un hombre que abandona. Quiero a uno que ya esté solo, o que valga la pena esperar. Lo suyo no era amor, era una inversión a largo plazo. Y esa inversión dio frutos: su tesis de licenciatura recibió mención honorífica gracias al trabajo de campo que él financió. Le ofrecieron la maestría con una beca completa. Una revista académica aceptó un artículo suyo como coautora principal. Todo iba según el plan.

Hasta que una mañana de octubre, en el baño del departamento, Soledad se quedó mirando la prueba de embarazo con dos rayitas rosas y sintió que el suelo se movía.

Tres semanas. Eso era lo que tenía. Y no había forma de que fuera de otro hombre, porque no había otro hombre. No todavía. Justo esa semana tenía programada una cena con un ingeniero civil que trabajaba en la construcción del nuevo campus y que le había estado mandando mensajes. Joven, soltero, con futuro. Pero ahora, con esto…

Fue al consultorio de la universidad por pura formalidad, a que se lo confirmaran. Cuando la enfermera le entregó el resultado, Soledad sintió algo raro. No era miedo, no exactamente. Era como si una parte de ella, una parte muy antigua y muy estúpida, se sintiera casi aliviada.

Lo pensó tres días. A Daniel no le dijo nada todavía. Repasó sus opciones con la misma frialdad con la que había planeado cada paso de su vida. Interrumpirlo no era opción, eso lo sabía desde el principio. Decidió jugar la carta más alta que tenía.

Una tarde, cuando el departamento de Sociología ya estaba casi vacío, entró a la oficina de Daniel sin tocar. Dejó la hoja del consultorio sobre su escritorio, encima de los papeles que él estaba revisando.

—Estoy embarazada —dijo.

Daniel levantó la vista. Leyó el papel. Lo leyó otra vez. Se quitó los lentes y se talló los ojos con el pulgar y el índice, un gesto que ella le conocía bien: era lo que hacía cuando algo se salía de su control.

—¿Cuánto? —preguntó al fin.

—Casi tres meses.

Él se echó hacia atrás en el sillón de cuero. Por un momento, Soledad vio al hombre detrás del título de doctor. Un tipo de cincuenta y tantos, con el colesterol alto y una hernia que lo molestaba cuando hacía frío. Cansado. Asustado.

—Soledad —dijo, midiendo las palabras—, esto necesita tiempo. Yo te voy a dar dinero, te voy a conseguir un mejor departamento, no te va a faltar nada. Pero necesito tiempo. Laura está muy delicada, lo de su mamá, y si esto estalla ahora…

—Está bien —respondió ella.

Eso fue todo. No gritó, no lloró, no amenazó. Recogió el papel, lo dobló en cuatro y se lo guardó en la bolsa. Salió de la oficina caminando derecho, con la cabeza en alto.

Lo que no hizo fue contarle a nadie.

El embarazo fue público y solitario al mismo tiempo. Soledad iba a clases con su pancita creciendo bajo vestidos cada vez más holgados, y sentía cómo las miradas cambiaban. Las estudiantes cuchicheaban en los pasillos. Los profesores que antes la saludaban efusivos ahora le devolvían el saludo con una inclinación de cabeza apenas perceptible. Una compañera de seminario, Mariana, dejó de sentarse junto a ella.

Una sola vez alguien le dijo algo directo. Fue una de las señoras del aseo, una salvadoreña de unos sesenta años que se llamaba doña Reina y que siempre traía un crucifijo de madera colgado al cuello. La encontró un viernes por la tarde, cuando Soledad salía del baño con náuseas.

—Mijita —le dijo doña Reina, pasándole un trapo húmedo por la frente sin pedir permiso—, el dolor que uno causa se devuelve. Y viene con intereses. Acuérdese de eso.

Soledad le agarró la muñeca con fuerza.

—Usted no sabe nada de mi vida.

La señora no se inmutó. Solo se soltó con cuidado y siguió trapeando el pasillo. Soledad se fue a su departamento, cerró la puerta y se quedó sentada en la cama, mirando la pared, hasta que anocheció.

El niño nació un martes de abril, a las tres de la mañana, en el hospital universitario. Parto difícil, casi cesárea, pero al final todo salió bien. Era un varón, morenito, con un mechón de pelo oscuro pegado a la frente y un ceño fruncido que parecía sacado del propio Daniel. Soledad le puso Ramiro, como su papá, y al decirlo en voz alta sintió que la boca le sabía a metal.

Daniel apareció al día siguiente, con un ramo de flores carísimas y un sobre blanco. Se asomó a la cunita de plástico donde dormía el bebé y se quedó callado un minuto entero. Soledad vio cómo se le humedecían los ojos.

—¿Está bien? —preguntó él.

—Está perfecto.

—¿Y tú?

Ella no respondió.

Dos semanas después, Laura dejó a Daniel. Alguien en la universidad, nunca se supo quién, le hizo llegar a la biblioteca un sobre con fotos. Fotos de Daniel y Soledad en un congreso en Guadalajara, entrando al mismo hotel, riendo en el lobby. Laura juntó sus cosas, llamó a su hija en California y se fue sin hacer escándalo. Dicen que dejó una nota de tres líneas sobre la mesa del comedor. Lo que decía, nunca se supo.

Daniel quedó solo en una casa de tres recámaras con piscina que de pronto se le hizo enorme. Y fue entonces, en ese vacío, cuando él mismo buscó a Soledad.

Empezó a ir al departamento casi todas las tardes. Llegaba con paquetes del súper, con pañales, con un moisés que compró por internet. Se sentaba en el sillón con el bebé en brazos mientras Soledad avanzaba en los borradores de su tesis de maestría. Le preparaba el biberón, lo paseaba por el cuarto cuando lloraba. Una noche, mientras el niño dormía y ellos estaban en la cocina, Daniel la tomó de la cintura y la besó en la frente.

—Vamos a estar bien —dijo—. Tú y yo. Esto va a funcionar.

Y Soledad, por primera vez en su vida, sintió algo parecido a la ternura. No al cálculo, no al plan. Algo cálido y peligroso que le crecía en el pecho. Algo que su mamá, desde Laredo, le había descrito una vez como «el brinco al vacío».

El anuncio llegó tres meses después.

A Daniel lo habían invitado a dar la conferencia magistral en un congreso internacional en Washington, D.C. Era la oportunidad de su vida, le dijo, el reconocimiento a veinte años de trabajo. El artículo que iba a presentar era aquel que Soledad le había ayudado a pulir, con los datos del censo que ella misma había procesado, con las conclusiones que habían discutido noche tras noche en la sala del departamento.

—Te voy a traer algo bonito —le prometió en el aeropuerto, mientras hacía fila para documentar—. Llámame en la noche, cuando el niño ya esté dormido.

Lo llamó esa noche. Y la siguiente. Y la tercera, pero la llamada se fue a buzón.

Al cuarto día, un mensaje: «Mucho trabajo. Luego te marco.»

Al quinto, una foto en el perfil de la universidad. Daniel sonriendo, con un micrófono en la solapa y un montón de académicos aplaudiendo a su alrededor. El pie de foto decía: «El doctor Santillán recibe el reconocimiento a la trayectoria y anuncia su incorporación al Instituto de Políticas Migratorias en D.C.»

Soledad leyó la noticia tres veces, sentada en la cama, mientras Ramiro dormía a su lado. Incorporación. D.C. Se había ido. Se había ido sin decirle nada.

Esa noche no durmió. Mandó mensajes, llamó, mandó correos. Al amanecer, él respondió con un audio de cuarenta segundos.

—Sole, escúchame… esto fue muy rápido. Me hicieron una oferta que no podía rechazar. Me dieron una plaza permanente, un departamento, todo. Laura ya no está, los muchachos ni me hablan, y tú… tú eres joven, tienes toda la vida por delante. Yo ya no. Esto es lo mejor. Te voy a seguir mandando dinero, eso no va a cambiar.

El dinero llegó puntual los primeros tres meses. Luego un mes se atrasó. Luego empezó a llegar la mitad. Luego dejó de llegar.

Soledad gastó lo que tenía ahorrado en las colegiaturas, en la renta, en las medicinas cuando el niño tuvo una infección de oído. El departamento cerca del campus se volvió un lujo imposible y tuvo que mudarse a un cuarto en los apartamentos para estudiantes casados, un cubo de concreto con las paredes pintadas de un verde hospital y una ventana que daba a la lavandería.

El día que cumplió un año Ramiro, Soledad recibió una transferencia por treinta y cinco dólares y un mensaje que decía: «Lo siento.»

Estaba sentada en la cama, con el niño en brazos y el sol entrando por la ventana. Afuera hacía calor, un calor seco de verano en San Antonio que derretía el asfalto del estacionamiento. Miró el teléfono, miró a su hijo, y se quedó así, inmóvil, hasta que Ramiro empezó a llorar de hambre.

Fue entonces cuando sonó el teléfono. No un mensaje, sino una llamada. Un número que no tenía registrado, con código de área de Laredo.

—¿Bueno?

—Mija.

Era la voz de Carmen. Y detrás, de fondo, se oía a Ramiro el viejo, su papá, diciendo algo sobre un termostato.

—¿Mamá?

—Mija, tu papá y yo estábamos pensando… que a lo mejor quieres venir unos días. Para que descanses. Aquí tengo el cuarto de atrás vacío, y a tu papá ya le bajó lo terco. Podemos ir por ti.

Soledad apretó el teléfono contra el oído. Afuera, en la lavandería, una lavadora empezó su ciclo de centrifugado con un zumbido metálico. Adentro, en el cuarto, el niño se había quedado dormido sobre su pecho, con la boca entreabierta y una manita agarrada a su blusa.

—No sé —dijo ella—. No sé si pueda.

—Claro que puedes —respondió Carmen—. Siempre has podido. Solo que nunca habías querido.

Hubo un silencio. De esos que pesan más que las palabras. Y entonces Soledad sintió algo romperse adentro, algo duro y viejo que había cargado desde los catorce años.

—Mamá —dijo, y la voz le salió ronca—, ¿tú… tú alguna vez te arrepentiste? De verdad. ¿Te arrepentiste de haberte ido con papá?

Al otro lado de la línea, Carmen soltó el aire. Un suspiro largo, que traía consigo treinta años de polvo de Laredo y chiles que nunca se dieron.

—De quererlo, no —dijo—. De lo demás… de todo lo demás, todos los días, mija. Pero uno no escoge de quién se enamora. Uno nomás escoge qué hacer con eso. Y yo escogí mal. Pero no por quererlo a él. Por no quererme yo.

Soledad no respondió. Se quedó mirando la manita de su hijo, apretada contra su pecho como un ancla minúscula. Afuera, en el pasillo, alguien jaló la puerta de la lavandería y un chorro de luz de sol le dio en la cara.

—Voy a manejar para allá mañana temprano —anunció Carmen—. Tú nomás ten tus cosas listas.

La llamada se cortó. Y en el silencio que siguió, Soledad oyó la respiración acompasada de su hijo, que dormía igual que duermen los niños: con la confianza absoluta de que alguien los va a cuidar. Con la certeza de que el mundo, al despertar, va a seguir ahí.

Esa tarde, cuando ya había metido la poca ropa del niño en una mochila y estaba cerrando la puerta, apareció doña Reina por el pasillo, con su crucifijo de madera y su cubeta con ruedas.

—¿Se va, mija?

—Me voy.

Doña Reina asintió despacio. Luego metió la mano en la bolsa de su delantal y sacó una estampita de la Virgen de Guadalupe, arrugada y ya medio desteñida.

—Tenga. Pa'l camino.

Soledad la tomó, la miró un momento y luego la guardó en el bolsillo de la mochila. No sabía si creía en nada, pero tampoco sabía en qué otra cosa creer.

Bajó las escaleras del edificio paso a paso, con el niño en una carriola prestada y la mochila en el hombro. En el estacionamiento, su coche —un Toyota viejo con más kilómetros que promesas vacías— esperaba bajo el sol. Abrió la puerta, acomodó al niño en la silla del asiento trasero, se sentó al volante y se quedó un momento sin arrancar.

Sacó el teléfono. Buscó el último mensaje de Daniel. «Lo siento.»

Escribió una respuesta, la borró. Escribió otra, la borró también. Al final bloqueó el contacto y encendió el motor.

Mientras tomaba la carretera hacia el sur, con la ventana abierta y el aire caliente pegándole en la cara, se acordó de algo. Una tarde, cuando ella tenía como nueve o diez años, su mamá había hecho una jarra de limonada y se habían sentado las dos en el porche de la casa de Laredo, con los pies colgando. Hacía calor, el mismo calor de ahora, y Carmen se había quedado callada viendo el atardecer, con una sonrisa chiquita en los labios. Soledad le había preguntado por qué sonreía y su mamá había respondido:

—Porque hoy estuvo bonito el día. Y con eso me alcanza.

Soledad, de niña, no lo había entendido. Ahora, veintitantos años después, mientras manejaba hacia la casa de donde había escapado, sintió que empezaba a entenderlo.

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Odissea
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