Lo que quedó en el cajón de la habitación 114

La enfermera Yesenia Marte llevaba nueve años trabajando en Casa Girasol, un asilo en Hialeah donde los pasillos siempre olían a café cubano y a alcohol en gel, y donde el televisor del salón común nunca dejaba de repetir novelas de Telemundo a todo volumen porque a la mitad de los residentes ya no les molestaba y a la otra mitad ya no les importaba.

Doña Cándida Reyes murió un martes, a las cuatro y veinte de la tarde, mientras afuera un aguacero típico de agosto en el sur de la Florida caía con esa violencia que dura quince minutos y se va. Tenía ochenta y siete años. Llevaba tres en la habitación 114, la del fondo, la que daba a un estacionamiento y a un ficus que alguien había plantado hacía décadas y que ahora tapaba media ventana.

A Yesenia le tocó recoger sus cosas. No era su trabajo oficial —eso le correspondía a administración— pero se ofreció, como hacía siempre que un residente moría sin familia cerca. Doña Cándida tenía una hija en Nueva Jersey que mandaba el pago cada mes por transferencia y que en tres años había ido a verla dos veces.

En la gaveta de la mesita de noche, debajo de un rosario con las cuentas gastadas de tanto pasarlas entre los dedos y un sobre de fotos en blanco y negro, Yesenia encontró un papel doblado en cuatro, con los bordes suaves de tanto manosearlo. La letra era temblorosa pero clara, de esas que se aprendieron en una escuela pública de Camagüey en los años cuarenta y nunca se olvidaron del todo.

Yesenia se sentó en la cama todavía deshecha —las sábanas con florecitas que la propia doña Cándida había traído de su casa porque decía que las de la institución "olían a hospital"— y leyó.

*¿Qué ven cuando me miran? ¿A quién ven?*

*¿A una vieja que camina despacio, que a veces no encuentra los espejuelos, que no siempre tiene hambre y no siempre contesta rápido?*

*A lo mejor piensan que solo soy una anciana cansada que se deja vestir, dar de comer y llevar de un lado a otro sin protestar.*

*Si eso es lo que ven… miren otra vez.*

*Porque eso no soy toda yo.*

*Adentro todavía vive la niña que corría descalza por los cañaverales y volvía a la casa con las manos llenas de flores silvestres. Está la muchacha que se enamoró por primera vez hasta los huesos y creía que el mundo entero le pertenecía. Está la novia de vestido blanco, temblando de la emoción en la iglesia de su pueblo. Está la madre que no durmió durante meses cuidando la cuna, que se reía con sus hijos y se preocupaba por cada paso que daban.*

*Está la esposa que compartió con un hombre bueno miles de días comunes: el café de la mañana, las caminatas de la tarde, las noches calladas. Está la abuela cuyas piernas fueron el lugar más cómodo del mundo para sus nietos.*

*Después llegaron los tiempos difíciles.*

*Los hijos crecieron y siguieron su camino. Mi esposo se fue primero. La casa se quedó en silencio. El cuerpo se volvió débil. Las manos ya no tienen la misma fuerza. Las piernas no me sostienen como antes. Las arrugas cubrieron mi cara.*

*Pero eso es solo la capa de afuera.*

*Porque adentro sigue viviendo la misma mujer. La misma que ama. Que recuerda. Que se emociona cuando suena la canción que le gustaba bailar. Que todavía sabe soñar.*

*Y que sigue queriendo, más que nada en este mundo, que alguien la mire como persona y no solo como una edad.*

*Por eso, la próxima vez que se encuentren con alguien mayor, deténganse un momento. Sonrían. Pregunten cómo se siente. Porque detrás de cada cara con arrugas hay una vida entera: historias de primer amor, de hijos que nacieron, de sueños cumplidos y de otros que se quedaron a medias. Alegría, dolor, coraje y esperanza.*

*No miren solamente los años. Traten de ver a la persona.*

*Porque la vejez no le quita la juventud al alma. Solo le cambia la ropa al cuerpo.*

Yesenia dobló el papel otra vez por las mismas líneas gastadas y se quedó mirando el ficus contra la ventana, las hojas todavía goteando después del aguacero.

Pensó en la señora Iraida del 108, que llevaba dos semanas pidiendo que alguien le pintara las uñas de rosado porque "en mi cumpleaños siempre me las pintaba mi hermana" y nadie del turno de noche se había dado el tiempo. Pensó en don Reinaldo del 121, que cada tarde preguntaba si había cartas para él aunque nadie le escribía desde que su esposa murió, y a quien los ayudantes nuevos respondían con un "no, don Reinaldo" seco, casi automático, mientras seguían empujando el carrito de las medicinas.

Al otro día, en vez de guardar el papel en la carpeta de pertenencias que mandarían por correo a Nueva Jersey, Yesenia hizo una copia en la fotocopiadora de administración —la única que funcionaba, la del pasillo de recursos humanos, la que siempre se atascaba con el papel carta— y la pegó con cinta adhesiva en la pizarra de anuncios de la sala de personal, justo encima del horario de turnos de la semana.

No puso su nombre. No hacía falta.

Tres días después, cuando pasó por el cuarto 108, encontró a Iraida sentada en su silla junto a la ventana, con las uñas pintadas de un rosado brillante y una sonrisa que le achicaba los ojos, mientras una de las ayudantes nuevas, Marisol, guardaba el frasquito de esmalte en el bolsillo de su uniforme.

—Se lo prometí el lunes —dijo Marisol, como si no hiciera falta explicar más.

Yesenia no dijo nada. Siguió su camino por el pasillo hasta el 121, donde don Reinaldo, sentado frente a la puerta como todas las tardes, levantó la vista antes de que ella preguntara nada.

—¿Hay cartas hoy? —preguntó él, con la misma esperanza gastada de siempre.

—Todavía no, don Reinaldo —le contestó Yesenia, y esta vez se sentó a su lado diez minutos, en la silla plástica que nadie usaba, a contarle que afuera había llovido tan fuerte que el estacionamiento se había convertido en un charco donde dos gorriones se estaban bañando como si fuera una piscina.

Don Reinaldo se rió con una carcajada corta, la primera que Yesenia le escuchaba en meses.

El original de la carta de doña Cándida Reyes se lo mandaron a su hija junto con el rosario y el sobre de fotos, en una caja de cartón con la dirección escrita a mano. La copia siguió pegada en la pizarra de la sala de personal, con las esquinas ya un poco despegadas por el aire acondicionado, hasta que alguien —nadie supo quién— la volvió a fijar con cuatro tachuelas nuevas para que no se cayera.

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Odissea
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