Tengo cincuenta y ocho años y el sábado pasado me puse un vestido rojo con la espalda descubierta para el aniversario de bodas de mi cuñada, en un salón de banquetes en Whittier, California. Mi hija Marisol me agarró del brazo en el estacionamiento, antes de que llegáramos a la puerta, y me dijo que ese vestido "no era para mi edad." Que la gente iba a hablar. Que su suegra, doña Consuelo, ya la estaba juzgando por todo desde la boda.
Le dije que se soltara de mi brazo porque me estaba arrugando la manga.
Esto viene de más atrás, aunque Marisol cree que empezó esa noche. Empezó hace once años, cuando enviudé. Mi esposo Rogelio manejaba un camión de mudanzas y murió en un accidente en la 605, cerca de Pico Rivera, un martes por la mañana mientras yo hacía tamales para vender el fin de semana. Después de eso pasé tres años vestida de gris y de negro porque así se supone que debe vestir una viuda decente, según mi propia madre, que en paz descanse. Ropa oscura, pelo recogido, nada de joyas grandes. Cocinaba, cuidaba a mis nietos los fines de semana, iba a la iglesia de Guadalupe los domingos y me sentaba siempre en la misma banca, la sexta desde el altar, del lado izquierdo.
Un día, mientras limpiaba el clóset para donar ropa al bazar de la parroquia, encontré una blusa amarilla que había comprado antes de que Rogelio muriera y nunca me puse. Todavía tenía la etiqueta. La medí frente al espejo del baño, ese espejo con el marco de madera que Rogelio mismo instaló un domingo de agosto, y me di cuenta de que llevaba tres años vistiéndome para el duelo de otras personas, no para el mío.
Empecé despacio. Primero fueron aretes más grandes. Después un lápiz labial rojo que compré en el Walgreens de Whittier Boulevard, casi a escondidas, como si estuviera comprando algo prohibido. Luego dejé crecer el pelo otra vez, porque a Rogelio le gustaba largo y a mí también, y nadie más tenía por qué opinar sobre mi propio pelo. Mis nietos, Emiliano y la pequeña Dulce, fueron los primeros en decirme que me veía bonita. Los adultos de la familia tardaron más.
Marisol es la que más se queja. Vive en Downey, trabaja en una oficina de seguros y tiene la costumbre de medir todo por lo que "la gente" va a pensar. Mi hijo menor, Ismael, no dice nada, pero cuando lo llamo por teléfono y le cuento que fui a bailar salsa un jueves con mis amigas del grupo de la iglesia, se ríe y cambia de tema rápido, como si mi alegría lo incomodara un poco.
La noche del aniversario, adentro del salón, con las luces de colores y la música de banda sonando fuerte, Marisol volvió a insistir. Me dijo que doña Consuelo la había visto entrar conmigo y le había preguntado, en voz baja pero no tanto, si yo no tenía "algo más apropiado" en el clóset. Marisol repitió esas palabras como si fueran un veredicto.
Le pregunté a mi hija una sola cosa: quién le paga la renta a doña Consuelo. Nadie. Quién le paga mis medicinas, mi carro, mi casa en Pico Rivera que terminé de pagar hace dos años después de trabajar quince años limpiando oficinas de noche en Montebello. Yo. Sola. Con mis propias manos y mi propio nombre en la escritura.
Ahí fue cuando saqué del bolso una carpeta azul que había llevado esa noche a propósito, porque ya venía preparada para esta conversación desde hacía semanas. Adentro estaba la escritura de la casa, a mi nombre completo, Rosaura Beltrán Villagómez, sin ningún otro nombre al lado. Y una carta que le había escrito a mi abogado, el licenciado Fonseca, de una oficina en Montebello, pidiéndole que agregara una cláusula al testamento: la casa se repartiría entre mis tres hijos en partes iguales solamente si, en los próximos diez años, ninguno de ellos me avergonzaba en público por mi forma de vestir, de bailar o de vivir. Si eso pasaba, mi parte de esa herencia iría completa a la fundación de niños con cáncer donde soy voluntaria los martes.
No lo hice por venganza. Lo hice porque estaba cansada de que mi libertad se discutiera en estacionamientos, en cocinas ajenas, en la puerta de un salón de fiestas.
Marisol se quedó viendo la carpeta sin decir nada. Doña Consuelo, que se había acercado fingiendo que buscaba el baño, escuchó lo suficiente para que el color se le fuera de la cara. Nadie volvió a mencionar mi vestido esa noche.
A la semana entró un cheque de la fundación agradeciéndome por una donación adelantada, la primera de varias que pienso hacer en vida, no después de muerta, para que nadie tenga que esperar a que yo falte para entender que mi dinero, igual que mi cuerpo y mi tiempo, es mío para decidir.
El domingo siguiente volví a mi banca, la sexta del lado izquierdo, con el mismo lápiz labial rojo. Marisol se sentó a mi lado sin decir una palabra sobre mi boca, mi pelo ni mi vestido. Al salir de misa me abrazó fuerte, más fuerte de lo normal, y me dijo que me había guardado un lugar para el café. Yo pedí el mío con dos de azúcar, como siempre lo he tomado, sin pedirle permiso a nadie.
