El gato que nadie quería

Mirna metió al gato en la transportadora y sintió un alivio tan pesado que le dio vergüenza. Cinco meses. Cinco meses peleando con una bola de pelos grises que no aprendía nada.

Lo había traído Daniel en enero. Llegó con una cajita de cerveza envuelta en una toalla vieja, todo mojado por la llovizna de Oakland. El bicho ese era puro hueso y ojos amarillos. Un ojo medio cerrado por una infección, la cola pelada en la punta.

—Mira qué cara —Daniel lo alzó como si fuera un trofeo—. Se va a llamar Simón.

Mirna se rio, le rascó detrás de la oreja y el gato ronroneó por primera vez. Un ruidito a motor descompuesto. Esa noche pensó que por fin tenían algo de los dos, algo vivo, no solo las facturas de la luz y el silencio que se instalaba entre ellos desde hacía meses.

A las tres semanas ya no se reía.

Simón arañaba el sofá. El nuevo, el que debían como ocho mensualidades en la Target. Se subía a las cortinas y las dejaba colgando como hilachos. Botaba la taza sobre la mesa del desayuno, y Mirna limpiaba café del piso a las seis y diez de la mañana con el uniforme de la clínica ya puesto.

Pero eso era lo de menos.

El gato no usaba la caja de arena. La caja estaba ahí, al lado del tanque del baño, con la arena limpia y sin perfume porque Daniel leyó no sé dónde que los gatos son delicados con esas cosas. Simón la olía, daba una vuelta, y se iba al rincón detrás del sofá.

—Simón, ¡ven aquí!

Daniel chasqueaba los dedos. Fuerte. El sonido rebotaba en la pared del pasillo. Simón se encogía, pegaba el cuerpo contra el zócalo y se quedaba tieso. Las orejas aplastadas, la cola rígida, las pupilas dos agujeros negros.

—Muévete, animal.

Nada. Daniel se paraba y lo cargaba. Lo llevaba a la caja, lo soltaba ahí como quien castiga a un niño. El gato temblaba y no soltaba ni una gota. Volvía al rincón media hora después, cuando Daniel ya estaba en el sofá con el teléfono y el partido de los Raiders a todo volumen.

—Es tonto, no entiende —soltaba Daniel, y se acababa la conversación.

Mirna intentó distinto. Se sentaba en el suelo del baño con un pedacito de jamón. Le hablaba bajito: «Simón… ven, mi amor». El gato miraba el jamón, miraba la mano, miraba la puerta. Retrocedía. Se metía debajo de la cama y no salía en horas.

—Por lo menos come —murmuraba ella, pero no. El jamón se quedaba en el suelo hasta que se ponía tieso.

Una noche Mirna llegó de un turno doble. Se quitó los tennis, pisó algo frío y húmedo. Meadas. Otra vez. En el tapete nuevo de la entrada, el que compró en el Ross de la Fruitvale.

—¡Ya no puedo! —gritó, con el pie en el aire y las medias mojadas.

Daniel salió del cuarto en bóxer, se paró en la puerta. Miró el tapete. Miró al gato, que seguía debajo de la mesa del comedor, aplastado como una tortilla.

—Esto se acabó, Mirna. Lo llevamos al refugio o lo ponemos en Facebook, pero mañana mismo.

Ella se quedó callada. La mano de Daniel en el marco de la puerta, el gato aplastado, el tapete oliendo a orines. Algo en esa escena no cuadraba, pero estaba tan cansada que no pensó más. A la mañana siguiente publicó en un grupo de la misión: *«Se regala gato. Macho, como de un año. No usa el cajón, no entiende órdenes, se esconde todo el día. Necesita a alguien con mucha paciencia.»*

La respuesta llegó al día siguiente. Una tal doña Elba. Voz tranquila, con pausas largas, como quien ya no tiene prisa para nada.

—¿Por qué dice que no entiende?

Mirna soltó la lista. No va al arenero. No viene si lo llaman. Le tiene pánico al microondas, al teléfono, a cualquier ruido fuerte. Se esconde doce horas seguidas. Caga donde no debe. No se deja tocar.

Silencio. Largo. Luego:

—Tráigamelo.

El sábado Mirna sacó la transportadora. Simón la vio y desapareció. Fue a meterse debajo de la cama, su refugio de siempre, el lugar del que no salía ni para comer. Mirna tuvo que tirarse al suelo y estirar el brazo hasta que los dedos tocaron pelo. Simón no peleó. Se quedó blando, como un trapo. Lo metió en la caja, cerró la rejilla y sintió un arañazo mínimo, sin fuerza, contra el plástico.

Doña Elba vivía en una casita bajita en la San Antonio, una de esas con reja verde y plantas en botes de yogur colgados. Afuera olía a tierra mojada y a cilantro fresco. Adentro, a café de olla y a algo dulce horneándose. Paredes amarillas, un Cristo de madera sobre la tele, fotos en blanco y negro en marcos dorados. En una se veía un hombre mayor con sombrero de vaquero y un perro chihuahua en brazos. El vidrio estaba limpio, sin una mota de polvo.

—Mi esposo —dijo doña Elba, y no explicó más. No hacía falta. La casa olía a duelo limpio, a ausencia recién barrida.

Simón estaba inmóvil dentro de la caja. Los ojos abiertos, pero sin ver. Como apagado.

—Aquí traigo la arena, el rascador… el platito.

—Déjelo ahí no más —doña Elba ni miró la bolsa. Se agachó frente a la transportadora con una lentitud que dolía. Las rodillas le crujieron. Apoyó las manos sobre los muslos y se quedó así. Sin abrir la reja. Sin estirar la mano. Solo estaba. Al rato, el gato pestañeó.

Mirna se movió, incómoda. Quería irse ya.

—Se puede pasar horas debajo de la cama. En mi casa no salía ni para comer.

—No importa —dijo la señora, sin levantar la vista—. Yo tampoco tengo prisa.

Mirna dejó la bolsa junto a la puerta y salió. Afuera, la llovizna típica del este de la bahía le mojó la cara. En el coche se quedó un minuto sin arrancar, las manos en el volante, el radio apagado. Luego encendió el motor y se fue pensando en el turno del lunes y en que Daniel iba a estar contento.

El silencio en casa ya no era el de antes. Sin las uñas arañando la base de la cama, sin el ruidito de la arena regada, sin el tintineo del platito cuando alguien tropezaba con él. Daniel aplaudió esa noche, literal. Dos palmadas.

—Al fin. Como gente normal.

Mirna sonrió con la boca, no con el resto de la cara. Se fue a la cocina y pisó un pedazo de linóleo vacío junto al refrigerador, donde había estado el platito del agua. El pie buscó el borde del traste que ya no estaba. Se quedó quieta, sintiendo el piso limpio, nuevo, sin una mancha. ¿Era eso lo que quería?

Doña Elba no llamó en una semana. Ni en dos. Mirna esperaba el mensaje, la queja, la furia. «Venga por su gato, esto no va a funcionar.» Pero nada. Una tarde, después de calentar un burrito en el microondas —el gato ya no salía corriendo al oír el pitido, y eso también dolía—, agarró el teléfono.

—Doña Elba, ¿cómo está el gato?

La respuesta tardó cuarenta minutos. Tres líneas. *«Durmió en la almohada. Ya viene cuando lo llamo. Hoy me trajo un calcetín.»*

Mirna leyó cinco veces. Un calcetín. Simón. El que no se movía ni por jamón. El que meaba el tapete porque le daba miedo el pasillo cuando Daniel gritaba los partidos. El idiota, el inservible, había recogido un calcetín y se lo llevó a una señora que hablaba sin gritar.

Los detalles llegaron después, por la muchacha de la tienda de mascotas de la International, que era sobrina de la comadre de doña Elba. Las noticias vuelan en el barrio.

Los primeros tres días Simón no salió del clóset. Doña Elba puso agua y un plato con croquetas junto a la puerta y se fue a tejer. El gato sacó una pata, tocó el suelo, la metió otra vez. Horas después salió entero. Se quedó contra la pared, el cuerpo pegado al muro.

—Buenas, Simón —dijo ella desde su silla, sin dejar el tejido, sin mirarlo.

El gato levantó la cabeza. Una oreja se movió, apenas.

Ella repetía el nombre cada día. Bajito. Como quien saluda al vecino, no como quien manda. Sin esperar nada. Simón empezó a salir del clóset cuando ella estaba en el cuarto de al lado. Luego, cuando ella estaba en el mismo cuarto, pero de espaldas. Luego, se sentó a metro y medio de sus pies y la miró tejer. El ruidito de las agujas, *clic, clic, clic*, lo tranquilizaba en vez de asustarlo.

Un jueves se subió al sofá. Apoyó la frente contra el muslo de doña Elba. Ella no se movió. Dejó el tejido, despacio, y puso la mano abierta sobre el sofá, a dos dedos del gato. Simón olfateó los nudillos. Cerró los ojos. Apoyó la cabeza.

El tema del arenero se resolvió solo. Desde la primera noche, Simón usó la caja. Sin un regaño, sin un golpe en la mesa, sin un «¡Simón, te dije!». La misma caja, la misma arena. Lo único que cambió fue el ruido de la casa alrededor.

Una mañana sonó el teléfono. El ring de la casa, ese viejo, estridente. Simón no corrió. Se quedó en el tapete de la cocina, lavándose la pata. Doña Elba contestó, colgó, y el gato seguía ahí. Pestañeó y siguió lavándose.

Simón aprendió a sentarse a la tercera vez que ella le mostró, no a la fuerza, sino con pedacitos de queso panela y paciencia de años. La cola quieta, los ojos en la mano de ella. Luego aprendió «ven» y «quieto» y «baja». Venía trotando, no arrastrándose. Frotaba el lomo contra sus piernas y ronroneaba fuerte, con un motor que ya no sonaba descompuesto.

Mirna los vio un sábado en el pasillo del Albertsons de la Foothill. Doña Elba empujaba el carrito con una mano y con la otra revisaba una lata de frijoles. Simón iba sobre su hombro, envuelto en un chal gris. La cola colgando, la punta pelada meciéndose tranquila.

El gato giró la cabeza. Vio a Mirna. Se quedó quieto un segundo, los ojos amarillos fijos en ella. Luego bostezó. Apoyó la frente contra la mejilla de doña Elba y cerró los ojos. Eso fue todo. Ni un maullido, ni un salto, ni un temblor.

Mirna se quedó parada con una bolsa de manzanas en la mano. La señora avanzó por el pasillo y dobló en los lácteos sin haberla visto. En el radio del súper sonaba una de Juan Gabriel, de esas que hablan de amor y pérdida.

Esa noche Mirna se sentó en la cocina. Daniel estaba en el sofá gritándole a la tele, y el sonido atravesaba la pared como un tren. Ella miraba el piso limpio junto al refri. Ni un pelo gris. Ni una mancha. Todo brillante, todo en orden.

El gato no era tonto. El gato tenía miedo. Miedo del portazo, del grito, del chasquido de dedos, del «ven aquí» que sonaba a amenaza. Había vivido cinco meses aplastado contra el suelo porque el suelo era lo único que no gritaba. Y ellos dos, ella y Daniel, medían al gato con la misma vara con que se medían el uno al otro: a ver quién se cansa primero, a ver quién grita más fuerte, a ver quién se esconde debajo de la cama.

Mirna apagó la luz de la cocina. Se quedó en la penumbra, los pies descalzos sobre el linóleo frío. Al otro lado de la pared, Daniel vociferaba. Ella estiró la mano en la oscuridad, hacia el espacio vacío junto al refrigerador, y tocó el aire. El platito ya no estaba. Ni el gato. Ni el ruidito a motor descompuesto que una vez le había hecho pensar que eso era una casa.

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Odissea
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