Mi chiquita

Me llamo Marisol Castillo y tengo cincuenta y nueve años. Hace seis, me casé con un hombre que en ese entonces tenía veintiocho. Alejandro Vargas, instructor de tango en el Centro Cultural del Este de Los Ángeles. Treinta y un años menor que yo.

Lo conocí un jueves de octubre, en una clase para principiantes. Yo acababa de jubilarme de la docencia en la secundaria Roosevelt y cargaba con un luto de tres años que ya no dolía, pero pesaba. Felipe, mi marido, había sido un arquitecto querido, de los que diseñan casas con aleros generosos y jardines de verdad. Me dejó la casa de Highland Park —artesonado de madera, un limonero en el patio y un reloj de pared con un gallo pintado que él trajo de Guadalajara— más un condominio en Santa Mónica con vista al mar y los ahorros suficientes para no tener que mirar precios. Mis amigas me advirtieron: “Ese muchacho te huele la chequera, Marisol. Veintiocho años… ¿qué va a querer contigo?”. Pero Alejandro nunca pidió un centavo. Durante tres meses, me llevaba flores del mercado de Grand Central, me cocinaba chiles rellenos y me decía “mi chiquita” con una voz que parecía envolverte en una bufanda tibia. Yo me sentía vista, no vigilada. Eso creía.

Nos casamos en la alcaldía de Pasadena un sábado sin ceremonia. Él se mudó a mi casa y, desde la primera noche, hubo un ritual: justo antes de dormir, me traía una taza de manzanilla con miel de abeja. Se sentaba al borde de la cama y me la ponía en las manos. “Bébetela completa, mi niña. Te ayuda a descansar. No puedo dormir si tú no duermes”. Y yo me la tomaba hasta la última gota.

Era dulzura pura, cuidado en cada gesto. Pero con el tiempo empecé a despertarme con la cabeza embotada, como si hubiese dormido doce horas en lugar de ocho. Se lo comenté una vez y él solo me apretó la mano: “Será la edad, chiquita. Tú tranquila”.

Una noche de martes, Alejandro me dijo que se quedaría hasta tarde preparando una infusión especial para los alumnos de su clase, algo con cúrcuma y jengibre. Me dio un beso en la frente y me pidió que me acostara. Yo asentí y apagué la luz. Pero el sueño no llegó. Algo me daba vueltas en el estómago, una inquietud sin forma. Me quedé quieta, oyendo los ruidos de la casa: el refrigerador, un ladrido lejano de Lupita, la chihuahua de los vecinos, que esa noche extrañamente solo soltó un aullido y después se calló.

Cuando oí el agua corriendo en la cocina, me levanté sin hacer ruido. El pasillo alfombrado ayudaba. Desde la entrada de la cocina, lo vi. Estaba de espaldas, tarareando un bolero. Preparó mi taza, le puso miel y la bolsita de manzanilla. Después abrió un cajoncito, sacó un frasquito de vidrio color ámbar y, con cuidado, inclinó el gotero: una, dos, tres gotas de un líquido transparente cayeron en la infusión. Revolvió y la dejó sobre una servilleta tejida. El reloj del gallo marcaba las once y doce.

Sentí frío en la nuca. Regresé a la cama más rápido que un gato. Cuando él subió, yo estaba enroscada en las cobijas, con los ojos entrecerrados. Me acercó la taza. “Aquí está, mi chiquita”. Bostecé forzado y farfullé: “Luego me la tomo, ahorita no puedo ni abrir los ojos”. La puse en la mesita. Él dudó un segundo —demasiado largo— y después se acostó.

Apenas su respiración se volvió acompasada, tomé la taza, fui al baño y vertí todo en un termo de viaje que guardé en la parte de atrás del clóset, entre cajas de zapatos. Esa noche no dormí.

A la mañana siguiente, apenas él se fue a dar su clase de ocho en Boyle Heights, salí hacia una clínica sobre la avenida César Chávez. Le entregué el termo a la técnica, una muchacha con coleta que me miró raro, pero no hizo preguntas. Dos días después, el doctor me llamó a su consultorio. No se anduvo con rodeos: “Señora Castillo, lo que hemos encontrado en la muestra es un sedante de acción prolongada. De los que se venden en el mercado negro. Tomado a diario provoca somnolencia, lagunas mentales y, con los meses, una dependencia silenciosa. Quien le haya suministrado esto no buscaba ayudarla a dormir. Buscaba apagarla”.

Se me fue el aire. Seis años. Seis años de caricias programadas y buenas noches con veneno. Salí de la clínica y me senté en el auto diez minutos sin encender el motor.

En casa, fui directo al cajón de los cubiertos. Ahí estaba, el frasquito sin etiqueta, todavía a la mitad. Lo metí en una bolsa de plástico y llamé a mi abogada, Marta. En una semana, moví los ahorros a otra cuenta, cambié las cerraduras del condominio de Santa Mónica y puse la casa de Highland Park en manos de una inmobiliaria.

Esa noche, cuando Alejandro llegó y vio la mesa puesta con la bolsa encima, supo que algo no cuadraba. Preparé café bien cargado y lo senté frente a mí.

—El doctor analizó tu té de manzanilla —le dije sin rodeos—. Tiene un sedante que quita la memoria. Seis años, Alejandro.

Él estiró los dedos sobre la mesa. Por un momento no dijo nada. Luego soltó un suspiro que no era de culpa ni de tristeza, sino de fastidio, como quien ve que se le cayó una torre de naipes que había tardado una vida en construir.

—Mi chiquita, no entiendes… —su voz era la misma de siempre, suavecita—. Tú piensas demasiado, te preocupas por todo. Yo solo quería que estuvieras tranquila, que no te envejecieras con el estrés. ¿Ves cómo haces un drama de cualquier cosita?

—¿Llamas “drama” a drogarme seis años?

—No es droga. Es un relajante natural. Bueno, casi. No te hace daño. Al contrario, te protegía.

La cafetera pitó en ese instante. El sonido llenó la cocina y él giró a mirarla. Aproveché para levantarme y abrir la puerta de la calle.

—Quiero que te vayas ahora mismo. No duermes una noche más bajo este techo.

Su cara cambió. Ya no era el muchacho tierno del tango. Los ojos se le afilaron, pero no dijo más. Recogió un par de cosas, me dejó las llaves sobre la mesita de la entrada y se fue. El frasquito se lo llevaron las autoridades como evidencia y, una semana después, obtuve una orden de alejamiento.

Anulé el matrimonio. Alejandro desapareció no solo de mi vida, sino del centro cultural; alguien dijo que se había ido a Texas. Nunca lo busqué.

Al principio lo más duro no era la ausencia, sino deshacer seis años de confianza tejida con mentiras. Me despertaba de madrugada, segura de oír pasos en la escalera. Pasé noches enteras con todas las luces encendidas. Después, poco a poco, la casa dejó de sentirse amenazante y empezó a ser un espacio vacío que podía volver a llenar.

Vendí la propiedad de Highland Park y me mudé al condominio frente al Pacífico. Desde el balcón veo el mar cambiando de color cada amanecer y un colibrí de garganta roja que llega puntual a las siete al bebedero que colgué junto a la ventana. Formé un grupo de tango para mujeres de más de cincuenta años en el parque de la playa. No cobro nada, solo pido que traigan zapatos cómodos y ganas de mover el cuerpo sin miedo. Lo llamamos “Tango sin Dueño”, porque ninguna de nosotras necesita pedir permiso para bailar.

Alguna que otra señora nueva me pregunta si todavía creo en el amor. Yo le cuento del colibrí, del té y de lo que aprendí a distinguir entre cariño y control. Y luego, si se queda a tomar algo, le preparo una manzanilla con miel, como la de antes pero sin frasquitos escondidos.

Todas las noches, antes de dormir, repito el mismo gesto. Caliento agua, exprimo miel de un frasco que compré en el mercado de agricultores y me siento frente al espejo que tengo en el recibidor. Levanto la taza a la altura de mi reflejo y digo en voz baja, casi para mis adentros:

—Salud, mujer que despertó.

Y me la bebo entera.

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