El último cliente del café

Trabajé ocho años en la cafetería de la calle César Chávez, en el este de Los Ángeles. La clientela es de paso: obreros a las seis de la mañana, oficinistas a las ocho, jubilados a las diez. Uno aprende a leer a la gente sin hacer preguntas. Pero hay personas que se te quedan grabadas aunque no sepas casi nada de ellas.

El señor Garza era de esos.

Venía siempre a las once menos cuarto, pedía un café negro y un pan dulce, y se sentaba junto a la ventana. No hablaba con nadie. Miraba la calle como quien espera algo que nunca llega. Llevaba overol con el logo de una planta empacadora y las manos llenas de cicatrices finas, de alambre y de cajas.

—¿Cómo va todo, don Ramón? —le pregunté una vez, cuando ya llevaba seis meses sirviéndole.

—Ahí vamos, mijo —dijo—. Cien cajas por hora. Luego a casa, a lo que sigue.

No dijo más. Pero yo le notaba algo. Un peso en los hombros que no venía de la fábrica.

Un martes de noviembre no apareció. Tampoco el miércoles. Pensé que andaba enfermo o que había cambiado de ruta. El jueves llegó al mediodía, ya no en overol sino en camisa blanca, y pidió dos cafés.

—¿Celebrando algo? —solté sin pensar.

—La vida, chamaco. La vida.

Pagó y se fue.

No lo vi en tres semanas. Cuando regresó, tenía los ojos hundidos y la piel pegada a los pómulos. Se le notaba una pena tan grande que casi no se podía mirar. Le puse el café sin preguntar. Él se quedó un rato largo frente a la ventana, sosteniendo la taza con las dos manos, como si se estuviera calentando con ella.

—¿Y el pan dulce, don Ramón?

Negó con la cabeza.

—No tengo hambre.

Esa fue la única vez que lo vi así.

Después volvió a su rutina, pero ya no era el mismo. Sonreía menos. A veces se quedaba mirando el teléfono y suspiraba. Una mañana lo oí hablar con otro cliente. Algo de un terreno. Algo de una casa que ya no iba a vender.

—Mi hijo insiste —decía—. Que en un depa es más fácil. Que ya no estamos para andar con la tierra, que la espalda, que los impuestos…

El otro cliente le daba la razón, pero él movía la cabeza.

—Ella no hubiera querido. Ella plantaba sus chiles, sus tomates, y decía que mientras uno tenga su pedazo de tierra, nada le falta. ¿Usted cree que uno puede vender eso así nomás?

Yo andaba limpiando la máquina del espresso, pero oía todo. La historia se fue armando sola: el señor Garza enviudó, el hijo quería vender la casa para comprar dos departamentos, y él se negaba. No por terco. Por algo más hondo.

Un sábado por la tarde andaba yo paseando por City Terrace de camino a casa de mi hermana, y lo vi. Estaba en la entrada de un lote, con una manguera vieja y un sombrero de paja. La casa era chiquita, de estuco amarillo, con un porche y macetas colgadas. Detrás se alcanzaba a ver un pedazo de terreno con milpas y una hilera de árboles frutales. La reja del frente tenía un letrero descolorido: «Se vende», escrito a mano en un cartón.

El letrero se caía de viejo.

El señor Garza me reconoció.

—El del café —dijo—. Pásale, mijo. ¿Quieres un agua de jamaica?

Entré por educación, pero me quedé una hora. El terreno era más grande de lo que parecía desde la calle: al fondo había un aguacate, dos limoneros y una parcela de chiles jalapeños. Todo cuidado. Me enseñó el gallinero que había construido con su esposa, las herramientas colgadas en el cobertizo, la mecedora donde ella se sentaba.

—Ella murió en octubre —dijo—. Se me fue rápido. Un aneurisma. En la mañana estaba regando las plantas; en la noche ya no estaba.

No supe qué decir. Uno se entrena para hacer café, no para recibir ese tipo de verdades.

—Mi hijo me dice que venda. Que con esto saco como cuatrocientos cincuenta mil, que me compre un condominio en Downey, y que lo demás es para él y su esposa. Que el banco le da el préstamo justo si yo pongo la mitad. Pero yo…

Se calló. Se quedó mirando el aguacate.

—Yo no puedo irme de aquí, chamaco. Aquí está todo lo que hicimos juntos. Hasta el olor del jabón de ella se quedó en el baño. ¿Cómo le explicas eso a un muchacho que cree que la vida es una aplicación en el teléfono?

Le di las gracias por el agua y me fui. No hablamos del letrero.

Dos semanas después llegó una mujer al café. No era cliente habitual. Llevaba bolsa de diseñador y el teléfono pegado a la oreja. Pidió un latte de avena y se sentó justo en la mesa del señor Garza. Yo estaba a punto de decirle que esa mesa siempre la ocupaba alguien, pero me callé. No era mi asunto.

Al rato entró un hombre joven, de unos veintitantos, con gorra de los Dodgers y actitud de quien llega tarde.

—¿Ya hablaste con él? —preguntó la mujer.

—Mañana. Me dijo que me esperaba en el lote a las diez. Que ya tomó una decisión.

La mujer sonrió. Pidió otro latte.

Al día siguiente era domingo. Yo no trabajaba, pero pasé por la calle César Chávez para comprar unos tamales donde doña Lupe. Y de puro curioso, subí hasta City Terrace. Eran las diez y veinte de la mañana.

El portón del lote del señor Garza estaba abierto. En la entrada había un carro Nissan nuevo, con placas de papel, y junto a él estaba parado el joven de los Dodgers. A su lado, la mujer del latte. Hablaban entre ellos. No alcancé a oír qué decían, pero la mujer gesticulaba mucho y señalaba hacia adentro.

Me asomé.

El señor Garza estaba en el centro del terreno, dándoles la espalda a los dos. Tenía una pala en las manos. No estaba cavando. Estaba quieto. Quieto de una manera que pesaba. A su lado, sobre una mesa vieja de plástico, había una carpeta azul. De esas que se usan para papeles importantes.

El hijo dio un paso.

—Papá, ya estamos aquí. Como quedamos. Traje lo del banco, el papel ya está firmado, nomás falta que tú…

El señor Garza no se dio la vuelta.

—¿Ves esa hilera de chiles? —preguntó.

—Papá…

—¿Los ves o no?

—Sí, los veo. ¿Qué tienen que ver los chiles ahora?

—Tu mamá los plantó en marzo. Son los últimos que sembró. Ya están maduros.

El hijo soltó un suspiro ruidoso, de esos que quieren decir «aquí vamos otra vez». La mujer —la nuera, supongo— avanzó un par de pasos. Traía el teléfono en la mano.

—Don Ramón —dijo—, con todo respeto. Usted ya está grande. Esto es demasiado trabajo. Nosotros le estamos ofreciendo una solución. Un condominio moderno, climatizado, con alberca. Y a nosotros nos cae bien la ayuda para el enganche. Mateo ya habló con el banco, la tasa está baja, pero tenemos hasta el viernes para firmar. ¿Qué más quiere?

El señor Garza se giró. No miró a la nuera. Miró a su hijo.

—¿Tú fuiste el del cartón?

Mateo se puso rojo. No respondió.

—Te pregunto si tú pusiste el cartelito de «Se vende» en mi reja.

—Papá, lo puse porque hay que moverse. Ya tenemos la oferta, los papeles listos, los del condominio nos están esperando. Cuatrocientas cincuenta mil, te lo dije, y alcanza para los dos…

—Yo no te pedí que pusieras nada.

Se hizo un silencio de esos que duelen. La nuera se guardó el teléfono. Mateo abrió la boca para decir algo y la volvió a cerrar.

El señor Garza dejó la pala sobre la mesa, junto a la carpeta azul. La abrió. Sacó un fajo de hojas grapadas.

—Esto me lo dejó tu mamá —dijo—. Es el plano del terreno. ¿Sabes por qué lo guardó? No por el banco. Lo guardó porque aquí, en esta esquina —señaló con el dedo—, está marcado dónde íbamos a plantar el durazno. Y aquí atrás, la bodeguita. Nunca la hicimos. Pero cada año ella sacaba el plano y decía: «El otro año sí, Ramón.»

El hijo no dijo nada. La nuera miraba los chiles como si fueran un obstáculo de tránsito.

—Tú quieres tu depa —siguió el señor Garza—. Está bien. Yo a tu edad también quería lo mío. Pero no lo vas a pagar con esto. Aquí no se vende nada. Aquí se queda todo como está. Y cuando yo ya no esté, decide tú. Pero mientras yo respire, esta tierra es de tu madre. Y mía.

—Papá, irracional… —empezó Mateo.

—Irrracional será para ti. Para mí es lo único que tengo claro desde octubre.

La nuera lo jaló del brazo.

—Mateo, vámonos. No vamos a sacar nada hoy. Ya hablamos luego.

Pero el señor Garza no había terminado. Tomó la carpeta, la puso contra el pecho y caminó hacia la casa. Abrió la caja de fusibles, que estaba junto al porche, y bajó la palanca principal. El refrigerador dejó de zumbar. Se hizo un silencio raro.

—¿Qué haces? —preguntó el hijo.

—Cortar la luz.

—¿Para qué?

—Porque voy a cambiar el medidor. Y el contrato está a mi nombre. El de la CFE, el del agua, el del predio. Todo. Así que nadie va a venir con papeles a meterme prisa. El viernes puedes ir al banco y decirles que no hay trato. Se canceló.

Sacó del bolsillo un juego de llaves. Lo puso sobre la mesa, junto a la pala.

—Estas son las de la casa. Por si un día quieres venir sin pedir nada. La puerta de atrás siempre está abierta. Pero lo que está aquí adentro no se parte. Se cuida. Como cuidó ella.

Mateo se quedó parado en la tierra, con las manos vacías y la gorra torcida. La nuera ya iba de regreso al Nissan, taconeando sobre el cemento. El sol daba fuerte, de esos domingos de febrero que en Los Ángeles queman aunque sea invierno.

El señor Garza se metió a la casa. Salió con una caja de herramientas, de esas de metal, con calcomanías viejas de una ferretería que ya no existe. La puso en el porche. Agarró la manguera retorcida del suelo y empezó a regar los chiles.

Yo me hice a un lado para que no me viera. No quería estorbar.

Cuando arrancó el Nissan y se perdió calle abajo, el señor Garza seguía regando. El agua brillaba contra las hojas verdes. El cartón de «Se vende» se había caído de la reja y estaba tirado en la banqueta, bocabajo, con la tinta corrida.

No lo levantó.

Yo tampoco.

Me fui caminando a casa de mi hermana. Por el camino pensé en la carpeta azul. En los cuatrocientos cincuenta mil. En el durazno que nunca se plantó. Y en el pedazo de cartón mojado que nadie se molestó en recoger.

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