El frío ya no se sentía. O quizá sí, pero el cuerpo de Carmela había dejado de protestar. Llevaba tres días sin comer nada caliente. La pequeña estufa de gas se apagó el martes y el tanque vacío seguía junto a la puerta como un recordatorio de su soledad.
Negra, su gata, ronroneaba pegada a su pecho debajo del montón de cobijas. Había dejado de maullar por comida esa mañana. Ya ni los ratones del altillo se escuchaban.
—Mira, mi niña —susurró Carmela acariciando el lomo de la gata—. Si nos dormimos un ratito, a lo mejor cuando despertemos ya pasó todo.
El trailer olía a humedad y a los periódicos viejos que tapaban las ventanas rotas. En la calle Palermo, donde vivía desde hacía cuarenta años, nadie se acordaba ya de la viejita del número diecisiete. Sus hijos vivían en Texas, pero el teléfono llevaba cortado desde septiembre.
Afuera se acercaba la Nochebuena. Carmela lo sabía porque el vecino de enfrente había colgado unas luces azules que se filtraban por las rendijas de las cortinas como pequeños fantasmas eléctricos.
El golpe en la puerta sonó como un disparo. Negra saltó de la cama bufando y se escondió detrás del refrigerador vacío.
—¿Señora Carmela? ¿Está en casa?
Las voces venían de afuera. Hombres jóvenes. Risa contenida y el motor de una camioneta que seguía encendido.
Carmela se incorporó con dificultad. Las rodillas le crujieron como ramas secas. Buscó sus pantuflas de lana —las que había tejido ella misma veinte años atrás— y se arrastró hasta la puerta. La abrió apenas una rendija.
El frío le golpeó la cara como una bofetada, pero lo que vio no lo podía creer.
En la entrada de tierra apisonada había una Silverado roja cargada hasta el tope con leña. Junto a ella, tres muchachos con chamarras de trabajo y gorros de lana. Uno de ellos sostenía una caja de mandado. Otro cargaba dos garrafones de agua.
—Buenas tardes, señora —dijo el más alto, un joven de bigote ralo que no pasaba de los veinticinco—. ¿Dónde quiere que pongamos la leña?
Carmela parpadeó. Miró la camioneta. Miró a los muchachos. Volvió a mirar la camioneta.
—Mijo, han de estar confundidos. Yo no pedí nada. No tengo con qué pagar.
—No se preocupe por eso, señora. Venimos de parte del grupo de apoyo comunitario de la parroquia. Alguien nos avisó que aquí hacía falta una manita.
—¿La parroquia? —Carmela frunció el ceño. Ella no pisaba una iglesia desde el entierro de su marido, quince años atrás—. Pero si yo ni voy a misa.
El joven sonrió. Tenía los dientes chuecos y los cachetes colorados por el frío.
—No importa. ¿Por dónde metemos la leña?
Media hora después, Carmela estaba sentada en su sillón mirando la estufa encendida. Las llamitas bailaban detrás del vidrio y por primera vez en semanas el trailer empezaba a oler a algo que no fuera tristeza. Negra se había acomodado panza arriba justo al lado del calor.
Los muchachos —Édgar, José Luis y un güero callado que todos llamaban Güero— terminaron de meter las últimas tandas de leña en el cobertizo y entraron a calentarse las manos.
—Señora, ¿y no tiene un cafecito? —preguntó Édgar—. No por molestar, pero con este frío hasta los huesos duelen.
Carmela sintió vergüenza. No tenía café. No tenía azúcar. Apenas le quedaba media bolsa de arroz y un frasco de café soluble que guardaba para las visitas que nunca llegaban.
—A ver, espérenme —dijo, levantándose con una energía que no sabía que tenía.
En la alacena encontró el frasco con las últimas tres cucharadas de Nescafé. En el congelador, envuelta en papel aluminio, una bolsita con pan dulce que le había regalado la vecina para su cumpleaños en marzo y que, milagrosamente, seguía en buen estado.
—No es gran cosa, pero está hecho con cariño —dijo, poniendo las tres tazas desparejadas sobre la mesa.
Hablaron casi una hora. Édgar le contó que el grupo se llamaba «Manos al Pueblo» y que recorrían las colonias del sur de Las Cruces buscando gente mayor que necesitara ayuda. Alguien del banco de alimentos había reportado que Carmela llevaba meses sin recoger su despensa.
—Es que no tengo quien me lleve —explicó ella—. Y en el bus no me dejan subir a la gata.
El Güero soltó una carcajada.
—Pues la próxima semana le mandamos un aventón, señora. No se preocupe.
Antes de irse, José Luis sacó una caja envuelta en papel verde con un moño dorado.
—No se asuste. Es un detalle de todos nosotros. Feliz Navidad, doña Carmela.
La anciana abrió la caja con dedos temblorosos. Dentro había un televisor de pantalla plana, de esos chiquitos pero modernos, con antena digital incluida.
Carmela sintió que algo se rompía adentro, pero bien. Como cuando uno abre una ventana en un cuarto cerrado por meses.
—Espérense —dijo, con la voz más firme que había tenido en años.
Fue hasta el armario del pasillo y rebuscó entre las cosas que guardaba casi como reliquias. Sacó una bolsa de plástico con un rebozo blanco bordado a mano. Era lo último que le quedaba de su mamá. Lo había estado guardando para una ocasión especial, y ahora entendía que la ocasión no era para ella.
—Mañana van a visitar a otra señora como yo, ¿verdad?
—Sí —dijo Édgar—. En Doña Ana. Una abuelita que también está muy solita.
—Pues llévenle esto. Y díganle que es de mi parte. Que una señora que no la conoce le manda un abrazo de Navidad.
Édgar tomó el rebozo con cuidado, como si sostuviera un objeto sagrado. El Güero apartó la mirada un segundo y José Luis se aclaró la garganta.
—Se lo entregamos. Palabra.
Cuando la camioneta roja se perdió por la calle de tierra levantando polvo, Carmela cerró la puerta despacio. Negra estaba ovillada sobre la caja de cartón del televisor, como tomando posesión.
La estufa seguía encendida. El termómetro del pasillo marcaba sesenta y dos grados Fahrenheit y seguía subiendo.
Carmela llenó el pocillo con agua del garrafón nuevo y le echó una cucharada de café al ras. Afuera ya había oscurecido. Las lucecitas azules del vecino parpadeaban como si le estuvieran guiñando un ojo.
—Mira nada más, Negra —dijo, sentándose otra vez en el sillón—. Resulta que no estábamos tan solas.
La gata levantó la cabeza, bostezó, y volvió a cerrar los ojos.
