Bárbara Cortez lleva veintiséis años trabajando en la estación de Amtrak de Alamosa, Colorado, y dice que el otoño es la peor época del año. No por los resfríos ni por el frío que empieza a calar. Sencillamente, es cuando el andén se queda más vacío: dos trenes al día, cada vez menos gente que se baja, cada vez más que se va a Denver, a Albuquerque, a buscarse una vida mejor. Y ella se queda ahí, en la casetita del jefe de estación, con su termo de café y un horario de hace dos años que nadie se ha molestado en actualizar en el tablón.
Al perro lo vio por primera vez a mediados de octubre.
Un labrador grande, color miel, sentado justo en el borde del andén —no escondido, no pidiendo nada, sino ahí, en medio, de espaldas al edificio de la estación, con la vista clavada en las vías. Justo donde los rieles desaparecían tras la curva, entre la neblina. Como si de un momento a otro fuera a asomar un tren por esa curva, y de ese tren fuera a bajarse alguien.
—Qué perro tan bonito —dijo Bárbara en voz alta, aunque no hubiera nadie cerca. El perro giró la cabeza, la miró como calculando si valía la pena contestarle, y volvió a clavar los ojos en las vías.
Se asomó a la casetita Ramón Salcido, el señor de la tiendita de la esquina, donde ella compraba el periódico y los cigarros para su esposo.
—Ese es el perro de Zenón Vela —dijo, quitándose la gorra y sacudiéndole el agua—. Bueno, era de él. Zenón se fue hace tres semanas a Texas, a trabajar en construcción. Su hermano lo convenció, dizque pagan bien, como tres mil quinientos dólares al mes. El perro no tenía con quién dejarlo, así que lo trajo a la estación, le dijo que se quedara, se subió al tren para Denver y de ahí siguió en camión más al sur. Y ya.
—¿Y no volvió?
—Ni siquiera ha llamado. La gente es así, doña Bárbara. A lo mejor se le olvidó. O a lo mejor allá en Texas se armó otra vida.
El perro se quedaba ahí, día tras día. Bárbara empezó a sacarle sobras —un pedazo de jamón de su sándwich, a veces una lata de comida que compraba especialmente en la tienda junto a la farmacia. El labrador comía hasta la noche, cuando ya había pasado el último tren y quedaba claro que tampoco ese día se iba a bajar nadie.
Alguien le puso Ámbar, por el color del pelaje.
El perro, en efecto, no se había separado de Zenón en seis años. Zenón lo había encontrado cachorro en una zanja cerca del rancho, medio muerto de frío, y se lo había llevado metido dentro de la chamarra. Su esposa lo había dejado tiempo atrás, no aguantó la vida del pueblo ni los trabajos de medio tiempo, y el perro se había quedado como lo único fijo en su día: lo despertaba en la mañana, lo esperaba junto a la puerta en la noche, se echaba entre los surcos mientras Zenón trabajaba la tierra.
Y ahí, en ese andén, Zenón le había dicho por primera vez en la vida "quédate" —y no había vuelto.
La supervisora regional de la línea, la señora Elena Rosales, llegó a hacer una inspección en noviembre, con un abrigo cuyo dobladillo no llegaba a tocar el asfalto mojado.
—Señora Cortez, ¿qué hace este perro callejero aquí? Esto es una estación de tren, no un refugio.
—Está esperando a su dueño, señora Rosales.
—Su dueño no creo que vuelva. Para el viernes quiero que no esté aquí, o llamo al control animal para que lo recojan. Y le pido que deje de darle de comer.
Rosales se fue hacia su camioneta, taconeando, y Ámbar la siguió con la mirada, vacía como el andén a medianoche.
***
Ese sábado se bajó del tren procedente de Denver una mujer con una sola maleta.
Tenía treinta y cuatro años, se llamaba Andrea Vidal y volvía al pueblo de su familia después de once años en la ciudad. Volvía sin nada: la agencia de publicidad donde trabajaba había quebrado ese verano, su pareja de siete años se había ido con otra mujer, y el departamento que rentaban juntos en Denver había que entregarlo a fin de mes. La última noche la había pasado en casa de una amiga, en un colchón inflable, escuchando a través de la pared cómo los vecinos se peleaban por el control remoto de la tele.
Se sentó en una banca mojada, puso la maleta entre las piernas y se tapó la cara con las manos.
Algo pesado y tibio se recargó contra sus rodillas.
Abrió los ojos. Frente a ella estaba el perro, grande, color miel, mirándola desde abajo como queriendo comprobar algo. Le tocó la mano con el hocico.
—¿Y tú de dónde saliste? —Andrea le acarició el pelaje mojado. Bárbara se acercó, envuelta en su chamarra de trabajo.
—Ya no tiene dueño, se puede decir. Su patrón se fue a Texas y no se supo más de él. El perro espera. Ya lleva dos meses.
—Dos meses… —Andrea pasó la mano por la cabeza mojada del perro—. Yo también estuve esperando. Toda la vida esperé a que alguien llegara y me dijera que era necesaria para alguien. Nadie llegó.
Ámbar se echó junto a sus pies, apoyó el hocico sobre la punta del zapato.
—La supervisora amenaza con mandarlo recoger el viernes —dijo Bárbara en voz baja—. No sé qué hacer con él.
Andrea observó al perro. Este levantó la cabeza —con una última esperanza, desesperada, como cuando ya no queda nadie más en quién confiar.
—¿Se vendría conmigo?
—A ver, llámelo.
—Ámbar —dijo, insegura—. ¿Vámonos a casa?
El perro se puso de pie de un salto. Movió la cola —por primera vez en semanas. Y dio un paso hacia ella.
***
Pasaron tres años.
Bárbara Cortez sigue trabajando en la estación de Alamosa, sigue recibiendo dos trenes al día, y el horario finalmente alguien lo actualizó. El otoño ahora le gusta un poco más que antes.
Esa mañana se bajó del regional una mujer con una carriola, y a su lado, pegado a su pierna, caminaba con paso solemne un perro grande, color miel.
—¡Doña Bárbara! —gritó Andrea desde lejos—. Venimos de visita. Y a presentarle al nuevo pasajero.
Se acercó con la carriola. Bajo la sombrilla dormía un bebé de mejillas coloradas.
—¿Está dormido?
—A duras penas lo dormimos entre Ámbar y yo —se rió Andrea—. Ahora es como su niñera. No se despega de la carriola ni un paso.
Bárbara se agachó, le rascó al perro detrás de la oreja.
—Al fin te llegó lo tuyo, ¿verdad, bonito? —le preguntó bajito.
Ámbar la miró con esos ojos inteligentes, ladró una vez, suave. Luego se volvió hacia Andrea, hacia la carriola, hacia toda su nueva vida —y empezó a golpear la cola contra el andén.
Le llegó lo que estaba esperando. No a quien veía entonces, con los ojos fijos en las vías grises. Tal vez, después de todo, era a esto a lo que tenía que esperar.
