Julián se paró en medio de la cocina con el plato hondo en la mano, mirando los macarrones como si le hubieran servido sopa de agua.
—¿Otra vez esto? ¡No tiene ni una pinche albóndiga, Marisol! Yo trabajo como burro todo el día para llegar a la casa y cenar puro cartón.
Marisol seguía frente a la laptop en la mesa del comedor, sin levantar la vista. Estaba editando un proyecto de diseño, con los audífonos puestos, pero se los bajó al cuello cuando lo oyó respirar fuerte. Le dio un mordisco a una barra de granola y apenas entonces le contestó:
—Adivina por qué. El burro gastó ochocientos dólares en un sistema de sonido para la troca el viernes, y los únicos burros que pagan las cuentas de servicios y el mandado fui yo.
El plato rebotó contra la cubierta de granito. Un poco de salsa de tomate salpicó el mantelito de plástico que ella le había puesto debajo justo por eso.
—¡No es lo mismo, yo sí salgo a trabajar! Tú nomás estás en la compu todo el día, no sudas la gota gorda como yo en la obra.
—Claro que sudo. Cargo perros que pesan más que tú y trabajo turnos de doce horas en la clínica veterinaria del Westheimer. Ganancias mías, las mismas que las tuyas, cada quincena. —Marisol cerró la laptop y se levantó. Iba a buscar más salsa, pero se frenó y lo miró de frente—. Y si te parece, mañana mismo vamos con tus papás y les cuentas lo mal que te trato.
Julián se quedó callado un segundo, agarró la cuchara y removió los macarrones. Una bombilla del pasillo parpadeó dos veces. El chihuahua de la vecina ladró afuera y él aprovechó el ruido para dar por terminada la conversación. Pero al día siguiente, después del trabajo, se subió a su troca y no tomó el desvío a casa. Se fue derechito a la de sus papás, en Magnolia Park, sin avisarle a nadie.
La casa olía a menudo y a tortillas de harina. Su mamá, doña Elvia, estaba en la cocina calentando la plancha, pero apenas lo vio entrar con esa cara, supo que algo andaba mal y le sirvió un plato de menudo sin que él pidiera nada.
—¿Qué pasó, mijo? Ven, siéntate.
Julián soltó la queja completa: que si Marisol no cocina como debería, que le anda reclamando por gastar en su troca, que ella trabaja pero su obligación no es andar de superwoman, que él llega y no hay una comida decente. Que las mujeres de antes sí atendían a su marido.
Su papá, don Raúl, llegó del patio en chanclas, limpiándose las manos con un trapo lleno de grasa. Acababa de arreglar el carburador de una camioneta vieja que tenía arrumbada. Se sentó en la mesa sin prender la televisión, cosa que casi nunca hacía. Escuchó el desahogo completo de su hijo, removiendo el menudo con la cuchara pero sin probarlo.
Cuando Julián terminó, don Raúl se quitó la gorra de los Astros y la puso boca abajo sobre la mesa.
—¿Y qué dice la muchacha?
—¿Quién?
—Tu esposa. ¿Ella qué dice de todo esto?
—No sé, papá. Dice que yo no ayudo, que ella también trabaja. Pero tú sabes cómo son las cosas. Antes la mujer se ocupaba de la casa y punto.
Don Raúl asintió despacio. Doña Elvia, que estaba parada junto al fregadero, soltó una risita bajita y siguió lavando los trastes.
—Pues tráela mañana, Julián. Quiero oírla yo también. Pero a solas.
Julián frunció el ceño, pero no tuvo tiempo de protestar. Su mamá le puso más menudo en el plato y le cambió el tema hablando del tío Chuy y de lo caro que está el queso.
Al día siguiente, Marisol llegó con él a la casa de los suegros. Venía con una macetita de geranios —un regalo para doña Elvia— y las uñas recién pintadas de un color azul oscuro que a doña Elvia le encantó. Don Raúl le pidió que lo acompañara al porche de atrás. Julián se quedó en la sala viendo al noticiero sin poder concentrarse, oyendo los murmuritos de la conversación y alguna que otra risa de su papá.
En el porche, don Raúl le señaló una silla de lona.
—Mijita, yo sé que mi hijo habló de más ayer. Pero no soy ningún tonto. Llevo cuarenta años casado con la mujer que le aguanta sus berrinches de niño chiquito y sé que la mitad de lo que dice un marido es puro coraje. Ahora cuéntame tú: ¿cómo está la cosa por allá?
Marisol repasó los números con los dedos sobre la mesita de plástico: le contó de aquel bonus que Julián recibió en marzo y que desapareció en bocinas y faros LED antes de que ella pudiera pagar el seguro médico del perro. Le habló del fregadero lleno, de la ropa sucia en el baño, de que ella también llega a las nueve de la noche oliendo a antiséptico y pelo de mascota y no encuentra ni una taza limpia. Pero lo que más le dolió, dijo, fue que Julián nunca preguntó cómo le fue.
—Yo también quiero un plato de macarrones con albóndigas, don Raúl. Pero más quiero que alguien me los prepare a veces. O aunque sea que ponga la mesa.
Él se quedó mirando la maceta de geranios que ella había dejado en el borde del porche. Luego se paró y le tocó el hombro.
—Vamos para adentro, que hace hambre.
Esa noche, don Raúl se sentó a la cabecera de la mesa y le pidió a Julián que se pusiera de pie como si tuviera doce años. No le gritó. Le hizo leer en voz alta una lista: los gastos del mes que Marisol había anotado en una hoja de cuaderno, con fechas y montos exactos. Veintisiete de abril: sistema de audio, ochocientos treinta. Tres de mayo: pago de luz y agua, doscientos doce. Y así.
—A tu mamá yo le hice lo mismo los primeros diez años de casados —dijo don Raúl—. Hasta que un día encontré sus maletas en la puerta. Casi me quedo sin esposa por pendejo. Tú apenas llevas tres años y ya andas con la misma tontería. Así que ahora mismo te vas a levantar, te vas a tu casa, y le vas a hacer a tu mujer una cena con todo y carne, con tus propias manos. Y de hoy en adelante, si la troca te pide otro juguete, primero le preguntas a ella si la cuenta del mandado está cubierta.
Julián miró a su mamá. Doña Elvia no dijo nada. Sólo le pasó a Marisol un plato con tres tacos de bistec y una sonrisa que valía más que cualquier sermón.
De camino a casa, Julián paró en el H-E-B de la 45 y compró carne molida y un sobre de sazón para albóndigas. Marisol, sentada en el copiloto, sacó el teléfono y fue dictando la receta que le había dado su suegra en un mensaje de texto. Por primera vez en mucho tiempo, entraron juntos a la cocina.
La bombilla del pasillo seguía parpadeando, y mañana la cambiarían entre los dos.
