—Si sales por ese perro, esto se acabó. No hay más vueltas.
Susana dejó la taza sobre la isla de la cocina con un golpe seco. El café se derramó sobre el mármol, pero ella ni lo vio. Tenía los ojos clavados en mí, y en ellos no había rabia, había un agotamiento tan espeso como el tráfico de Los Ángeles un viernes a las cinco de la tarde.
Me quedé parado a medio camino de la puerta, con la sudadera puesta y las llaves de mi camioneta en la mano. Afuera lloviznaba esa lluvia fina y sucia que a veces cae en Echo Park en noviembre, más niebla que agua.
—Susi, lo dejaron amarrado. Amarrado, ¿entiendes? —dije, buscando algo que hiciera eco.
—¿Y qué? Hay un refugio a menos de dos millas. ¿Por qué no llamas al control animal como haría cualquier persona normal? Llevamos dos meses atrasados con la tarjeta de crédito y tú quieres meter otro problema en esta casa.
—No es un problema.
—Diego. —Cerró los ojos un segundo, como si les pesaran los párpados—. El depósito del apartamento ya nos lo van a subir. El seguro de mi carro venció la semana pasada. No estamos para rescates.
Era un argumento sólido. Susana era contadora, no improvisaba. Cada palabra que decía estaba respaldada por una hoja de cálculo mental. Y yo… bueno, yo era un diseñador gráfico freelance que llevaba tres meses peleando con un cliente que no pagaba.
Pero la imagen no se me iba de la cabeza.
Lo había visto a las siete y media esa mañana, camino al supermercado de Sunset. En un callejón detrás de un taller de transmisiones, entre dos contenedores de basura, había una perra atada con un cable de batería a un tubo de gas.
Era flaca. De ese modo en que se les marcan los huesos de la cadera como si fueran a romper la piel. Tenía el pelaje café claro, tal vez canela, aunque era difícil saberlo bajo el polvo y la mugre de la calle.
No ladró. No gimió. Solo me siguió con la mirada mientras yo pasaba de largo.
Fui al súper, compré un café en el 7-Eleven y me fumé un cigarro entero en la banqueta. La gente pasaba a mi lado hablando por teléfono, con sus perros de raza en correas de diseñador, y yo solo pensaba en ese cable de batería alrededor del cuello.
Regresé.
Seguía ahí, ovillada bajo la llovizna. Me agaché a unos metros, saqué un pedazo de pan de molde de la bolsa y lo puse en el suelo.
No se movió en diez minutos. Diez minutos bajo el agua, conmigo en cuclillas, sintiéndome un estúpido. Luego, se arrastró. Literalmente, arrastró el vientre contra el asfalto, a centímetros, como si pidiera permiso para existir.
Comió el pan en un suspiro y me miró. No pedía más. Sólo miraba.
Ahí, en ese callejón oliendo a aceite quemado, supe que no iba a dormir esa noche si me iba sin ella.
Cuando llegué a casa y le conté a Susana, se hizo una pausa larga. De esas donde solo suena el zumbido del refrigerador.
—Diego —su voz era plana—. El veterinario de la esquina cobra doscientos dólares solo por abrir la puerta. ¿De dónde los vas a sacar? ¿De lo que ahorramos para el enganche de la casa?
—Resolveré.
—¿Cómo?
—No lo sé, Susi. Pido un adelanto, vendo la cámara, algo se me ocurre.
Ella soltó una risa sin humor y apoyó las manos en la isla de la cocina.
Teníamos seis años juntos. Nos conocimos en una fiesta en Silver Lake, cuando los dos estudiábamos. Sobrevivimos la pandemia en un estudio de trescientos pies cuadrados. Enterramos a su papá el año pasado. Creí que éramos de esos que ya no se rompen.
Pero Susana me miró y dijo la frase. La que no se puede retirar.
—Si sales por ese perro, entre nosotros se terminó. Y lo digo en serio.
No era chantaje. Yo la conocía: cuando Susana ponía un límite, no había retroceso. Era su manera de protegerse, una herencia de una infancia donde siempre fue la adulta del hogar. La quise justo por eso, por su firmeza.
—Me estás haciendo elegir —dije en voz baja.
—Yo ya hice mi elección hace rato. Tú haz la tuya.
Salí cerrando la puerta sin dar un portazo. Bajé las escaleras de dos en dos, arranqué la camioneta y manejé al callejón con las luces altas cortando la llovizna.
Me tomó cuarenta minutos convencerla de subir. Me senté en el asfalto mojado, ya sin importarme la ropa, y le hablé sin parar. Le conté del sofá viejo que tenía en casa, del sol que entraba en la ventana a las tres, del pato de hule que encontré una vez en una mudanza y nunca usé para nada.
Al final, no sé si me entendió o simplemente se rindió al frío. Apoyó la cabeza en mis rodillas y se quedó ahí, con los ojos cerrados, respirando despacio.
La cargué hasta la camioneta. No pesaba nada. Olía a diésel y a abandono.
Cuando volví al apartamento, el coche de Susana ya no estaba en el estacionamiento. Sobre la mesa de la cocina, junto a la taza de café todavía tibia, había una nota de su puño y letra. Decía: «Espero que lo valga.»
No la guardé.
Esa primera noche dormí en el suelo del baño, junto a la tina. La perra no quería entrar a la sala. Se quedó en una esquina, sobre una toalla vieja, con las patas recorridas por temblores que no eran del frío.
Le puse Canela, porque bajo la luz amarilla del baño, la mugre de su pelo dejaba ver ese tono rojizo, como de especias viejas.
Las primeras semanas fueron un desastre. Canela se escondía debajo de la mesa cuando yo levantaba la mano para agarrar una taza. Se orinaba si movía una silla muy rápido. Comía solo si yo fingía no mirarla, y a veces ni así. El veterinario dijo que tenía desnutrición crónica, principios de sarna en una pata y un principio de infección en ambos oídos. El cheque que le tuve que firmar fue tan grande que me dio escalofríos.
Tuve que vender mi cámara. Una Sony que compré en cuotas cuando pensé que iba a ser fotógrafo de bodas. La publiqué en Marketplace a las once de la noche y a las ocho de la mañana ya estaba en manos de un chico de Culver City. Con eso pagué las medicinas y un saco de alimento especial.
Agarré un turno de barista en un café de Westlake. De seis de la mañana a mediodía, antes de mis trabajos de diseño. Aprendí a hacer latte art con una mano mientras con la otra respondía correos del cliente moroso. Dormía cinco horas. Cenaba cereal con agua cuando olvidaba comprar leche.
Pero al mes, algo cambió.
Fue una mañana de sábado. Yo estaba en el sofá con la laptop, y sentí un golpe suave en el muslo. Canela había saltado, con torpeza, como quien no sabe bien cómo funcionan sus patas, y se había enroscado a mi lado. Con el hocico sobre mi pierna. Sin pedir permiso, por primera vez.
Se me rodaron dos lágrimas que nadie vio. Ni siquiera yo quise admitirlas.
A los tres meses, la perra correteaba ardillas imaginarias en nuestro pequeño patio trasero. A los seis, ladraba al cartero con una indignación profesional. Su pelaje se volvió espeso y brillante, de un color miel oscuro con puntas negras en las orejas. Una oreja siempre tiesa, la otra caída, como si siempre estuviera haciendo una pregunta.
Susana me la encontré un año después en el pasillo de los lácteos de un Trader Joe's en Los Feliz. Iba con un tipo de lentes gruesos y camisa de franela, alguien que evidentemente leía las etiquetas nutricionales antes de comprar.
—Hola —dijo ella.
—Hola —dije yo.
Canela estaba sentada afuera, amarrada a una banca, mirándonos fijamente a través del vidrio. No se quejó. Sólo esperó.
—Se ve bien —dijo Susana, señalando vagamente hacia afuera.
—Gracias. Y tú… tú también te ves bien.
Hubo un silencio largo, de esos que ya no quieren llenarse con nada.
—Supongo que tomaste tu decisión —murmuró, con una media sonrisa triste.
—La perra me eligió a mí —respondí, señalando hacia afuera con la cabeza.
Ella asintió, como quien ya hizo las cuentas mucho tiempo atrás y el resultado le sigue dando el mismo. Agarró su carrito y se fue hacia las cajas. El tipo de la franela ni se enteró de lo que acababa de pasar.
Esa noche, en casa, Canela se subió a la cama y se echó a mis pies, algo que no hacía normalmente. Me miró con esos ojos color caramelo que no pedían nada, pero lo sabían todo.
Afuera, otra vez caía esa llovizna tonta del sur de California, que parece no mojar pero lo cala todo hasta los huesos. Adentro, el edificio estaba en silencio, solo se oía el viejo calentador encendiéndose.
Sonreí, apagué la lámpara y me dejé llevar por el ritmo de su respiración. Mañana había que madrugar para el turno del café. Y ella, lo sabía, me despertaría a lengüetazos justo antes de que sonara el despertador, como siempre.
