Dos abandonadas

El portazo todavía retumbaba en sus oídos. Marisol seguía de pie en medio de la sala, con las llaves en la mano y el abrigo sin quitarse. «Necesito un tiempo, esto ya no funciona», había dicho David. Así, sin más. Ni una discusión, ni un grito. Solo esas seis palabras y la espalda de su esposo de cinco años desapareciendo escaleras abajo.

Se dejó caer en el sofá. El pecho le dolía como si alguien le hubiera clavado un puñal mellado y lo estuviera girando despacio. No había lágrimas todavía. Solo un vacío helado que le subía desde el estómago y le ocupaba todo el cuerpo.

En algún momento se levantó. Caminó hasta la cocina por inercia y se encontró con la cafetera programada para las siete de la mañana, con el termo que él siempre dejaba listo. Sobre la mesa, el plato de pozole que había preparado esa tarde, ya frío y con una capa de grasa cuajada. El olor a cilantro y chile se mezclaba con algo más amargo que no sabía identificar.

Abrió la nevera. Seis latas de Modelo que él nunca se iba a tomar. La mitad de un pastel de tres leches que habían comprado el domingo en la panadería de la Calle Ocho. Todo intacto, como si la vida se hubiera congelado en el instante justo antes del portazo.

Se miró en el reflejo de la ventana del microondas. Tenía treinta y dos años y de repente parecía una señora de cincuenta. Los ojos hundidos, el rímel corrido que ni siquiera recordaba haberse puesto, la boca torcida en una mueca que no era de llanto ni de rabia. Era otra cosa.

Esa mirada la reconoció al instante. La había visto antes, esta misma tarde.

La perra.

Desde hacía como dos semanas, cada día al volver del trabajo, Marisol veía a una perra callejera tirada junto al muro de la lavandería. Una cruza de pitbull con quién sabe qué, color caramelo, las costillas marcándole el lomo. Siempre en el mismo sitio, siempre con la cabeza apoyada en las patas, mirando hacia la esquina como si esperara a que alguien doblara ahí de un momento a otro. Ella pasaba de largo, aceleraba el paso porque le daba un poco de cosa, nunca falta el perro que se pone agresivo, y además llegaba tarde a hacer la cena.

Esta tarde la perra no estaba mirando hacia la esquina. Estaba mirándola a ella. Marisol venía hecha un ovillo, abrazándose a sí misma, sin ver el piso que pisaba. Y la perra levantó la cabeza y la siguió con los ojos, con ese mismo hueco en la mirada, ese agujero negro de criatura que no entiende por qué de pronto todo lo que era suyo dejó de serlo.

Dejaron a la perra amarrada a un poste, le contó doña Carmen, la de la lavandería, unos días atrás. Un muchacho en una camioneta blanca se bajó, la ató con un cable y se fue sin volver la cabeza. El perro no ladró, no aulló. Se quedó ahí, oliendo el cable, esperando.

Marisol se puso de pie tan rápido que la silla raspó el suelo con un chillido. Agarró el plato de pozole, lo vació en un táper, se echó el abrigo por los hombros y bajó los tres pisos sin esperar el elevador.

Fuera lloviznaba esa cosa finita y molesta que cala hasta los huesos sin que te des cuenta. Las calles del Pequeño Haití estaban vacías excepto por un par de muchachos en una esquina, encapuchados, que ni la miraron.

La vio desde lejos. Un bulto acurrucado junto al muro, que temblaba con cada gota.

Se acercó despacio, sin hacer movimientos bruscos. La perra levantó la cabeza de inmediato y la miró con esos ojos color ámbar que parecían contener todas las preguntas que ella misma se había hecho esa tarde. ¿Por qué? ¿Hice algo mal? ¿Se puede arreglar?

—Hola, chiquita —la voz le salió más rota de lo que esperaba.

La perra no se movió. No gruñó, no movió la cola. Solo la observaba, evaluándola con una desconfianza profunda y antigua. En dos semanas de calle ya había aprendido que no todo el que ofrece comida viene en son de paz. Algunas personas patean. Otras fingen cariño y luego llaman a la perrera.

Marisol destapó el táper y lo puso en el suelo, a medio metro de donde estaba la perra. Dio dos pasos atrás. La llovizna le pegaba en la cara y le corría por el cuello, pero ni se movió.

—No sé si te gusta el pozole, la verdad. Pero es lo que hay.

La perra olfateó el aire. Dio un paso. Luego otro. Bajó la cabeza hacia el táper sin dejar de mirar a la mujer, lista para salir corriendo.

—A mí también me dejaron hoy —dijo Marisol, y se quebró.

Se le soltó un sollozo seco, de esos que duelen porque salen sin permiso. Se tapó la boca con la mano, avergonzada, como si hubiera gente mirando.

Y entonces pasó.

La perra dejó el táper, caminó los dos pasos que las separaban y apoyó el hocico en la rodilla de Marisol. Solo eso. Un contacto tibio, mínimo. El peso de una cabeza que se rinde. O que elige confiar, que es otra forma de rendirse.

Marisol se quedó quieta. Apenas respiraba. Bajó la mano muy despacio, dejó que la perra la oliera. Un lametazo torpe en los dedos. Otro más.

Se sentó en la acera mojada. No le importó la ropa, no le importó el frío. La perra se le subió al regazo sin pedir permiso, un ovillo huesudo y mojado que le apoyó la cabeza en el pecho justo donde más dolía. Y se quedaron así, las dos temblando juntas, viendo cómo la lluvia se llevaba el resto de la luz del día.

Durante los tres días siguientes, la perra —ya le había puesto Canela, por el color y porque fue lo primero que se le ocurrió— dormía en una manta junto a su cama. No tocaba los muebles, no pedía nada. Solo la seguía a todas partes con esa mirada atenta, como asegurándose de que la mujer seguía ahí.

El cuarto día sonó el teléfono.

Marisol estaba en el baño, intentando domar el pelo que llevaba una semana sin ver un cepillo. Canela dormía en la entrada, atravesada en la puerta como una barricada viva.

El celular vibró sobre la mesa de noche. Vibró, vibró, vibró.

Y Canela empezó a gruñir.

Un gruñido bajo, gutural, que le subía desde el pecho flaco y le hacía vibrar todo el cuerpo. Marisol salió del baño y se quedó helada. El número en la pantalla era el de David.

—Canela, tranquila, es solo… —pero no terminó la frase.

Porque Canela se puso de pie. Se plantó entre la cama y la puerta, los pelos del lomo erizados, los ojos fijos en el teléfono como si de ese aparato fuera a salir en cualquier momento una camioneta blanca a amarrarla con un cable.

No era rabia. Era miedo.

Marisol lo entendió entonces. La perra no le gruñía al teléfono. Le gruñía a la idea de que ese sonido significara que ella se iba a levantar, ponerse el abrigo y salir corriendo detrás de alguien que ya se había ido una vez.

El teléfono dejó de sonar.

Marisol se sentó en la cama. Se quedó mirando la pantalla apagada, el nombre que aparecía en la notificación perdida: David (3 llamadas perdidas). Canela seguía de pie, toda tensa, mirándola fijamente.

—No voy a contestar —dijo en voz alta, más para ella misma que para la perra—. No voy a contestar, Canela. No voy a salir corriendo.

Como si entendiera cada palabra, la perra relajó los hombros. Dejó de gruñir. Se acercó a la cama, apoyó el hocico en la rodilla de Marisol y soltó un suspiro largo, cansado, de esos que parecen sacar todas las penas del cuerpo.

Al quinto día, David apareció en persona.

Marisol lo vio desde la ventana. Venía caminando por la acera de enfrente, con la misma chaqueta de siempre y ese andar relajado que a ella antes le parecía lindo y ahora le parecía puro teatro. Traía algo en las manos. ¿Flores? No. Peor. Una caja de esos chocolates baratos que compraban en la gasolinera, los que a ella nunca le gustaron.

Timbró. Una vez. Dos veces.

Canela trotó hasta la puerta de entrada y se quedó ahí, plantada, rígida. Aquí no, parecía decir. Aquí no entras.

Marisol se miró al espejo del pasillo. Vio a la mujer que estaba mirando al vacío en la parada del autobús con un táper de pozole frío en las manos. La de las ojeras. La de los dedos mordidos.

Y de pronto se vio también al perro callejero que llevaba semanas esperando, oliendo un cable.

—Ya voy —murmuró. Pero no hacia la puerta.

Caminó a la cocina. Agarró la bolsa de basura que llevaba tres días sin bajar, metió la caja de chocolates de la gasolinera —la recordaba perfectamente ahí, en la repisa, desde hacía quién sabe cuánto— y la cerró con un nudo apretado.

Abrió la puerta.

David estaba ahí, con su media sonrisa de «ya se me pasó el berrinche, volví». Olía a su colonia de siempre y al chicle de menta que mascaba cuando estaba nervioso.

—Mari, podemos hablar, esto ha sido una tontería, los dos dijimos…

—No vamos a hablar, David.

—¿Cómo que no? Cinco años, Mari, no me puedes…

—Claro que puedo.

La voz le salió firme. No estaba temblando. Eso la sorprendió más a ella que a él.

—¿Quieres que me vaya?

—Quiero que lleves esto al contenedor de reciclaje de camino a donde sea que vayas. —Y le puso la bolsa de basura en las manos.

David se quedó parado en el descansillo, con la bolsa colgando, la boca entreabierta. Detrás de Marisol, Canela dio dos pasos al frente y se quedó a su lado, sin gruñir, solo mirando.

—¿Desde cuándo tienes perro?

—Desde el mismo día que me dejaste.

Él quiso decir algo. Abrió la boca, la cerró. Miró a la perra, miró a Marisol, y debió ver algo ahí porque dio media vuelta y bajó las escaleras con la bolsa de basura rebotándole en la pierna.

Marisol cerró la puerta.

Se recargó contra la madera y se quedó un rato así, escuchando los pasos de David alejarse calle abajo. Canela le lamió la mano.

Esa noche, por primera vez en semanas, ninguna de las dos lloró.

Tumbadas en el sofá —Canela ocupando tres cuartos del espacio y Marisol encogida en un rincón—, se comieron medio pastel de tres leches directo de la caja. Se mancharon el sofá. Les importó un rábano.

A la mañana siguiente, cuando Marisol salió a comprar el pan, la perra no entró en pánico. No se quedó en la puerta esperando ver si ella volvía. Simplemente se subió al sofá —al fin se atrevía— y se acomodó en el lugar caliente que la mujer acababa de dejar.

Cuando Marisol regresó diez minutos después, Canela abrió un ojo, movió dos veces la cola y siguió durmiendo.

No necesitaba cable que la atara.

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Odissea
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