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Trabajo en la lavandería del Hospital Regional de Kissimmee desde hace nueve años. Turno de noche, casi siempre. Uno ve pasar de todo por esos pasillos a las
—Mami, ¿por qué no llamaste antes? La voz de su hijo salió del intercomunicador seca, apurada, como si tuviera la boca llena de otra cosa. Rosario se ajustó
Bárbara Cortez lleva veintiséis años trabajando en la estación de Amtrak de Alamosa, Colorado, y dice que el otoño es la peor época del año. No por los
Ramón Elizondo colgó el papelito en el tablón de anuncios del Winn-Dixie de la calle Flagler, entre un aviso de clases de zumba y otro de un perrito
Miré el reloj del microondas: 11:47 de la noche, y todavía tenía puesto el uniforme de la clínica. Doce horas seguidas atendiendo pacientes en Reading, Pensilvania, y lo
Ochenta y cinco dólares. Eso costó el ramo que Herminia Reyes llevaba entre las manos, parada frente a la florería de la calle 8 en Miami, cerca de
Cuando murió mi papá, yo tenía treinta y cuatro años y todavía no sabía que el dolor más grande no iba a ser enterrarlo, sino lo que pasó
La enfermera Yesenia Marte llevaba nueve años trabajando en Casa Girasol, un asilo en Hialeah donde los pasillos siempre olían a café cubano y a alcohol en gel,
Yo limpio dos veces por semana en el edificio de Calle Ocho, cerca del Versailles, y la señora Ada era la única inquilina del 3B que me saludaba
Rosa Elena tenía sesenta y un años y una regla que nunca decía en voz alta: contar hasta diez antes de contestar cuando su nuera hablaba de dinero.
