Yo vivo cruzando la calle, en la casa azul con el porche torcido, y fui yo quien puso el anuncio en Nextdoor aquella tarde de julio. Escribí: "Se necesita comida para gatos, urgente." Nada más. No pedí dinero, no pedí que nadie viniera. Solo pensé que alguien tendría una bolsa de Purina de sobra en la alacena.
La que contestó fue Marisol Peña. Cuarenta y dos años, técnica de rayos X en el hospital Northwest de Amarillo, Texas, turno de noche. La conocía de vista, del Buc-ee's de la 40, nada más. Llegó esa misma tarde con dos bolsas de Meow Mix y una lata de atún que sacó de su propia despensa. Pudo haberme dado las bolsas en la mano y volver a su carro. Eso hacen la mayoría.
Pero Marisol no se fue.
Se quedó parada junto al terreno baldío detrás de mi cerca, el que da al canal de riego, y contó. Contó gatos entre la maleza seca, debajo de una troca abandonada sin llantas, dentro de un tubo de drenaje. No paró en diez ni en veinte. Cuando terminó de contar eran más de cien, repartidos en dos colonias separadas por apenas media cuadra.
—Esto no es un par de gatos callejeros —me dijo, con la bolsa de comida todavía en las manos—. Esto es una tragedia que nadie está viendo.
Yo le expliqué lo que sabía: que ahí había vivido una señora, doña Refugio, que les daba de comer todos los días, y que cuando murió el año pasado nadie siguió el trabajo. Los gatos se quedaron esperando un plato que ya no llegaba. Marisol se quedó viendo el terreno un buen rato y luego preguntó si podía volver al día siguiente.
Volvió. Y siguió volviendo.
En cuestión de tres semanas dejó de ser una vecina que trae comida para convertirse en algo más parecido a un compromiso. Empezó a buscar más colonias, porque una vez que uno mira de verdad, ya no puede dejar de ver. Detrás del Walmart de la Georgia Street encontró otra: veintitrés gatos viviendo entre los contenedores de cartón. En un lote vacío cerca de la iglesia bautista de la calle 34, encontró catorce más, la mayoría crías sin destetar.
Fue en ese lote donde conoció a Canela.
Canela era una gata color caramelo con la oreja izquierda hinchada al doble de tamaño, arrastrando una pata trasera, tan débil que ni siquiera intentó correr cuando Marisol se acercó con la trampa. Tenía una infección tan avanzada que el veterinario de la clínica Amarillo Animal Hospital, el doctor Reyes, dijo que dos días más y no habría llegado.
Marisol pagó la consulta de su propio bolsillo: ciento ochenta dólares, más ciento diez de la cirugía para drenar el absceso. Me acuerdo porque me lo contó una noche en mi cocina, tomando café instantáneo de un frasco que ya se le estaba acabando, con las manos todavía oliendo a desinfectante de la clínica.
—No podía dejarla así —dijo, y se quedó viendo el vapor que subía de la taza—. Pero tampoco puedo seguir pagando todo yo sola.
Ahí empezó de verdad. Marisol dejó de trabajar sola. Reclutó a dos compañeras del hospital, armó turnos, abrió una cuenta en Venmo para donaciones y empezó a llevar un cuaderno de espiral donde anotaba cada gato: nombre, colonia, si estaba vacunado, si estaba enfermo, si ya se había hecho la castración. A los seis meses el cuaderno tenía ciento tres nombres.
Yo la ayudaba cuando podía, sobre todo los sábados, cargando bolsas de croquetas desde mi cochera hasta el terreno. Un sábado de octubre, con el aire ya frío y oliendo a hojas quemadas de algún vecino que no respetaba la prohibición del condado, vi algo que no le he contado a nadie: Marisol se sentó en el pasto seco, sacó un sándwich de su lonchera —el que se había preparado para su propio turno de esa noche— y se lo dio, partido en pedazos, a una gata negra demasiado flaca para acercarse a la trampa. Se quedó sin cenar esa noche en el hospital. Nunca lo mencionó.
Para febrero, la colonia de la calle 34 se había reducido casi a la mitad, no porque los gatos hubieran muerto, sino porque Marisol y su equipo habían logrado esterilizar a treinta y un animales y encontrar hogar para nueve gatitos. Pero el problema no desaparecía: cada primavera nacían más camadas, y el dueño del lote —un tal Héctor Villalobos, que rentaba el terreno a una empresa de bienes raíces— amenazó con llamar al control animal para que se llevaran a todos de una vez.
Marisol no esperó a que llegara la citación. Un martes por la tarde se presentó en la oficina de la empresa, Prairie Land Realty, en la avenida Paramount, con una carpeta bajo el brazo: adentro llevaba el registro completo de vacunación, las facturas de esterilización de la Humane Society del Panhandle, y una carta firmada por el doctor Reyes certificando que la colonia estaba bajo un programa de control conocido como TNR, atrapar-esterilizar-regresar, reconocido por la propia ciudad de Amarillo.
—No les estoy pidiendo permiso —le dijo al gerente, un hombre que ni siquiera se levantó de su escritorio—. Les estoy informando que esta colonia está documentada y protegida. Si mandan a alguien a exterminarlos, va a haber un problema legal, y yo tengo los papeles para respaldarlo.
El gerente llamó al dueño de la empresa esa misma tarde. Villalobos, cuando se enteró de que había documentación oficial de por medio, prefirió no meterse en líos: dejó el lote en paz. La carpeta de Marisol se quedó ahí, en el archivero de la oficina, como prueba de que alguien sí estaba viendo lo que pasaba en ese terreno.
Hoy Marisol sigue saliendo todas las mañanas antes de su turno, con las mismas dos bolsas de comida que empezó a comprar aquel julio, ahora multiplicadas por veinte. Canela, la gata color caramelo, vive con ella en la casa de la calle Whitmire, durmiendo en el sofá de la sala, con la oreja todavía un poco torcida por la cirugía pero sana. Los otros ciento dos no tienen una casa con techo, pero tienen un plato lleno cada mañana y una mano que los revisa cuando se enferman.
Esta madrugada la vi cruzar el terreno baldío, con las dos bolsas colgando de los hombros y el cuaderno de espiral asomando del bolsillo de la chamarra. El pasto seco crujía bajo sus botas. De la maleza, uno por uno, empezaron a salir los gatos hacia el plato que ella ya había puesto en el suelo.
